
El renovado interés por las ciencias en España involucra directamente a figuras como Argumosa Obregón (1792-1865), personaje sumamente célebre en el escenario de la medicina del XIX.
Muy oscurecido por guerras y turbiedades políticas, nuestro siglo XIX halla en figuras como la de este galeno cántabro una expresión más exacta de ese perfil ilustrado, ajeno a las presiones del entorno y a la sangre que bulle, y sobre todo, capaz de construir un nuevo significado de nuestra identidad, adjudicando un sentido intelectivo al común devenir de los ibéricos.
Hay de hecho, un detalle idiosincrásico que este sabio encarna de una sola vez: la originalidad y frescura de los hispanos. Claro que el cliché impone su fuerza, y al quijotismo de nuestro cirujano se oponen la envidia y la errática atención de sus contemporáneos. Por todo ello, no es fácil mejorar su biografía con fines novelescos.
Al fin y al cabo, sus rasgos convergen hacia el modelo más común entre los científicos españoles: el del ilustrado infatigablemente inquisitivo, que comparte asiento contiguo con pícaros, pedantes y falsarios.
Con admirado rigor, José M.ª López Piñero y José M.ª Bujosa estudiaron los quehaceres de Argumosa Obregón en esa monografía que titularon Clásicos españoles de la anestesiología (Cátedra de Historia de la Medicina, Valencia, 1981). De López Piñero, responsable de su biografía, obtenemos los datos curriculares y hemerográficos que nos permiten construir este brevísimo perfil. Aún más: a través de esa fuente conocemos su Resumen de Cirugía (1856) y sabemos de otros escritos de Argumosa publicados por el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia.
A saber: Nuevo método de circuncisión (1834), Curación radical del hidrocele por el método de los bordones (1847), Observación de un sarcocele: nuevo procedimiento para curarlo mediante la ligadura subcutánea del cordón espermático (1848) y Úlcera cancerosa del labio inferior (1849).
Pero que no decaiga el ánimo entre los desconocedores de la anatomía, pues tales rótulos, tan arcanos como propensos al misterio, exigen un manejo divulgativo, capaz de hacer comprensible el talento que en ellos se encierra.
Vayamos, pues, al detalle vital. Aunque ya administró la cirugía durante la Guerra de la Independencia, nuestro personaje no se doctoró en esa disciplina hasta 1820, en el madrileño Colegio de San Carlos. Nueve años después ya era catedrático de dicha institución, dando muestras de su erudición y, en consecuencia, de sus líneas de afinidad con los más modernos médicos de Europa.
Por otro lado, su ideario liberal se plasmó en la vida pública, pues fue diputado y asimismo impulsor de no pocas novedades en el campo de la asistencia médica.
En enero de 1847, a los tres meses de que la aplicaran por vez primera John C. Warren y William Thomas Green Morton, Argumosa introdujo en España la anestesia por inhalación de éter sulfúrico. Atento a cualquier novedad en este campo, fue asimismo quien trajo a estas tierras los sopores del cloroformo.
No obstante, aunque se lo considera un brillantísimo innovador de las cirugías plástica y vascular, lo cierto es que el santanderino acabó sufriendo las repercusiones de un entorno adverso a este tipo de saberes.
Su talante, tan tempestuoso como sensible, lo llevó a adoptar una posición dolorida con los síntomas de una patria que a veces era bárbara y ruin. Citemos un par de ejemplos: al aplicar su efectiva terapia a la religiosa M.ª de los Dolores Quiroga y Capodardo (1811-1891), llamada popularmente Sor Patrocinio, eliminó de golpe sus estigmas, sin caer en que éstos eran un signo de santidad muy apreciado en Palacio.
De ese modo, acaso sin pretenderlo, Argumosa ponía en cuestión a esta vidente, autora de un Ejercicio mensual a María Santísima del Olvido, Triunfo y Misericordias (1860). Tras este incómodo episodio con la Monja de las Llagas, fue atacado con saña por un antiguo discípulo, José Alarcón Salcedo, y más adelante se enemistó con sus colegas Joaquín Hysern, José María López y Manuel Soler.
Sintiendo el rechazo de su propio alumnado, el cirujano se apartó de la docencia en 1853, y buscó un consuelo en las soledades de Torrelavega, donde al fin pudo reencontrase con los paisajes de su niñez. Aunque matizable, el argumento de ese abandono es obvio, y no hay razón para pensar que aún hoy podría esgrimirlo más de un científico español. Aún mejor lo expresó Machado: «Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía / que dio a cascar al diente de la sabiduría».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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