
A Bravo de Sobremonte, hombre de ciencia y de saberes que iban más allá de ésta, le debemos obras que pasan a formar parte de la Historia de la Medicina en España. Por ejemplo: Resolutiones Medicae (1649), Praelectiones Vallisoletanae de purgandi ratione (1651), Disputatio apologetica pro Dogmatica Medicina prestantia (1669), Resolutiones ac Consultationes Medicae (1671-1674) y Opera Medicinalia (1654-1684).
Dos galenos de renombre, Hillemand y Gilbrin, se preguntan lo siguiente: “¿Merecieron los médicos las burlas que les prodigaron Molière con el doctor Diaforius, Boileau en su Detención burlesca, y Madame de Sévigné en sus cartas, durante el Gran Siglo?
Hay que reconocer que por entonces el conocimiento médico se hallaba en suspenso, si se lo compara con la brillantez excepcional de la literatura. Pero los progresos en el arte médico fueron, como observa Marcel Sendrail, muy subestimados” (Historia cultural de la enfermedad, traducción de Clara Janés, Madrid: Espasa Calpe, 1983, pág. 329.)
Aún más: aunque el estudio de esta disciplina científica durante aquel periodo merecería una bibliografía todavía más copiosa, no escasean los textos que resaltan los hallazgos e intuiciones de sus representantes más estimables.
Elegimos para introducir al personaje que motiva estas líneas la cita de Jean Starobinski, en cuya opinión, los fisiólogos del siglo XVII vienen a heredar el «interés por el movimiento, que es propio del barroco» (Histoire de la Médecine, Lausana: Éditions Rencontre, 1963, pág. 43).
No hay duda de que en esa corriente profundiza el palentino Gaspar Bravo de Sobremonte, nacido en San Cristóbal de Sobremonte en 1603 y muerto en Madrid en 1683. Para contornear su trayectoria, recurrimos a la obra de José María López Piñero, quien ha confeccionado un perfil biográfico del terapeuta español (Enciclopedia universal multimedia, 1999) y se vale de la misma figura en Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII (Barcelona: Labor, 1979) y en un artículo que él mismo cita a modo de antecedente: «Paracelsus and his Work in 16th and 17th Century Spain» (Clio Medica, núm. 8 (1973), págs. 113-141).
Advertencia: nos hallamos ante un analista precoz, pero no inmune al dogma y a la contradicción.
Como veremos, lo explica claramente su biografía. Luego de estudiar en Aguilar de Campóo, nuestro sabio obtuvo en las aulas de la Universidad vallisoletana el grado de bachiller en medicina en 1630, y alcanzó el de doctor en 1637. En 1632 era ya catedrático de la Facultad de Artes, y entre 1637 y 1659, fue honrado en nuevas cátedras.
De su fama es testimonio el hecho de que desempeñase el cargo de médico real con Felipe IV. Acaso con peores resultados en la terapia, cumplió la misma función para Carlos II el Hechizado. Menciona López Piñero varias monografías que, al paso de los años, ampliaron el renombre de maese Gaspar: Resolutiones Medicae (1649), Praelectiones Vallisoletanae de purgandi ratione (1651), Disputatio apologetica pro Dogmatica Medicina prestantia (1669), Resolutiones ac Consultationes MedicaeOpera Medicinalia (1654-1684). (1671-1674) y
A medio camino entre la medicina más conservadora y el revolucionario porvenir científico abierto por algunos de sus contemporáneos, Bravo de Sobremonte se caracterizó por defender ciertos principios del galenismo tradicional, ensalzando a un tiempo los hallazgos de Jean Pecquet, de Nathaniel Highmore y, en especial, de William Harvey (1578-1657). A la hora de ponderar los experimentos de este anatomista y fisiólogo de Folkenstone, asimismo médico de cámara de Jacobo I y Carlos I, está claro que el sabio español alabó los planteamientos de Harvey, descritos en On the Motions of the Heart and Blood (1628), donde el inglés anticipaba que la sangre, regulada por los ciclos del corazón, fluía por todo el organismo.
Si bien el profesor castellano insistió en la realidad de la circulación sanguínea y linfática, lo cierto es que esa postura novedosa contrasta con la reiteración de ciertos principios heredados de Galeno, ofreciendo así, como capítulo menor en su obra, una lección altamente contradictoria, de aliento poco impulsivo.
Con todo, pese a este segundo movimiento de significativo eclecticismo, es cierto que Bravo de Sobremonte alternó ese fervor por la disciplina galénica con un programa moderno de estudios. Al tiempo que asumía el empleo del antimonio, rechazaba los dictados de Paracelso y también la patología iatroquímica, que explicaba los arpegios de la vida como el resultado de procesos químicos.
La controversia en torno a esta última cuestión nos sirve para cerrar esta entrega, no sin antes remitir a otro escrito de López Piñero donde la materia de la iatroquímica se desenvuelve con mayor disciplina y amplitud: Medicina moderna y sociedad española: siglos XVI-XIX (Valencia: Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, 1976).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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