
Antropólogo tan popular como respetado, Juan Luis Arsuaga Ferreras (Madrid, 1954) saltó a los medios al frente del Equipo de Investigaciones de los Yacimientos Pleistocenos de la Sierra de Atapuerca (Burgos, España). Pero su testimonio más directo y fiable no se encuentra en los periódicos, sino en libros como El collar del Neandertal (1999), El Enigma de la Esfinge (2001), Los aborígenes (2002), El mundo de Atapuerca (2004) y La saga humana (2006).
A estas alturas, parece difícil hallar a quien no sepa de la existencia de los fósiles de Atapuerca. Un yacimiento de estas características, aparte de fortalecer la imagen exterior de la ciencia española, sirve para que la Paleontología en su conjunto reivindique su importancia, dando de paso a conocer un acervo de conocimientos que no debe permanecer encerrado en los armarios universitarios.
De otro lado, los restos encontrados en ese enclave burgalés tienen su hueco particular en la genealogía de nuestra especie, y quizá sirvan para descarriar a los investigadores menos audaces. Véase por qué: tienen ochocientos mil años y cuadran con un modelo humano anterior a la diferenciación de las estirpes Cro-Magnon y Neandertal. A juicio de los sabios, ambos linajes provienen de un antepasado común, y ese predecesor debió de iniciar su andadura hace alrededor de un millón de años. Como ya habrá adivinado el lector, los únicos fósiles de esa época que hoy nos brinda la zona euro-africana son los pertenecientes al cordial Homo antecessor de Atapuerca.
Al decir del doctor Juan Luis Arsuaga, uno de los descubridores de tan fascinante criatura, lo superlativo a la hora de establecer sus características “es que ocupa un lugar intermedio entre varias especies. Lógicamente, es más antiguo que cromañones y neandertales, y las especies africanas como el Homo ergaster son más primitivas que él. Así, pues, el único grupo alojado en un periodo relativamente próximo es el Homo heidelbergensis, que vivió desde hace medio millón de años hasta hace un cuarto de millón de años. Estirando su cronología, hay autores que identifican al antecessor con el heidelbergensis, pero nosotros creemos que lo más razonable es dar un nombre propio a la especie”.
Naturalmente, aun desconociendo los rudimentos de la ciencia paleontológica, confiamos en Arsuaga cuando honra a nuestro antecesor con un nombre propio e incluso describe su posible cultura. De ahí que lo hagamos protagonista de estos párrafos, elogiando, a través de su peripecia personal, a los demás investigadores que sondean el mismo yacimiento y a tantos otros paleo-antropólogos que cumplen con su labor en diversos rincones de España, seguramente menos privilegiados en la primera plana por los medios masivos.
A partir de 1978, la extracción de fósiles ocupó enteramente al equipo desplazado en la sierra de Atapuerca. Bajo la dirección de Emiliano Aguirre, ese grupo de investigadores —Arsuaga entre ellos— decidió arrojar un haz de luz sobre los homínidos que poblaban el área. Tanto por su tenacidad como por su fortuna, las gentes de Aguirre —sus herederos, en cierta medida— acabaron protagonizando una de esas hazañas que conmueven al público no especializado. El asunto adquirió forma a partir de 1991, cuando Arsuaga pasó a codirigir el proyecto científico junto a José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell.
Pertrechados cual si se tratara de mineros o espeleólogos, los estudiosos que seguían las indicaciones de estos tres profesores cavaron con todo cuidado los estratos de los yacimientos principales, llamados, respectivamente, Galería, Gran Dolina y Sima de los Huesos. La sorpresa fue mayúscula cuando en 1992, bajo la tierra y las rocas de la Sima de los Huesos pudieron palparse tres cráneos bien conservados. Uno de ellos, el denominado Cráneo 5, presentaba un estado excelente y era sólo el primero de los tesoros, pues no lejos de él descansaban treinta y dos cadáveres de Homo heidelbergensis. En suma, un panteón prehistórico que de inmediato despertó el interés de la comunidad científica.
En 1994, nuestros científicos descubrieron en esas cuevas la cadera más completa que se conoce de un hombre pre-neandertal. Pero lo mejor estaba aún por llegar.
Tres años después, los fósiles humanos de la Gran Dolina, datados en unos ochocientos mil años de antigüedad, deslumbraban al mundillo paleontológico por sus cualidades únicas. Como ya apuntábamos al principio, Arsuaga, Bermúdez de Castro, Carbonell, Antonio Rosas, Ignacio Martínez y Marina Mosquera bautizaron a esa nueva especie como Homo antecessor, y dieron por cierto que se trataba de un predecesor de las estirpes neandertal y humana moderna. En suma, un viejo pariente, creador de cultura y vehículo de un patrimonio genético que también nos pertenece.
A partir de esa novedad, Juan Luis Arsuaga difundió con enorme habilidad sus conocimientos de biología y paleoantropología. De inmediato, cumplió con sus primeros compromisos editoriales y mostró unas envidiables virtudes como conferenciante. No en vano, se había curtido durante años como profesor de Paleontología humana. Por otro lado, gozó de los honores brindados al Equipo de Investigaciones de los Yacimientos Pleistocenos de la Sierra de Atapuerca, particularmente cuando éste recibió en 1997 el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, y el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades.
Buen escritor, hábil en las relaciones públicas y excelente divulgador, este profesor universitario, simpático y también juicioso, ha pasado a ocupar las listas de los ensayistas más populares, lo cual, dicho sea de paso, es siempre saludable para la ciencia española en su conjunto. Si en un plano minoritario ya era conocido como editor asociado de la revista Journal of Human Evolution y como colaborador de cabeceras como Nature, Science y American Journal of Physical Anthropology, no hay duda de que el renombre de Arsuaga se debe a textos como El collar del neandertal: En busca de los primeros pensadores (1999), La especie elegida: La larga marcha de la evolución humana (1998) y Atapuerca: Un millón de años (1999) [estos dos últimos, escritos en colaboración].
A partir de dicha trilogía, lo cierto es que cada año llegan a las librerías nuevas entregas firmadas por él, y ello es algo que nos preserva de la frivolidad de las seudociencias —particularmente activas en el ámbito de la prehistoria— y nos abre nuevas perspectivas en el entendimiento de nuestro pasado más lejano. Por lo demás, en un país tan magro en sabios famosos, conviene decir que, lejos de criticar esa fórmula de difusión, hemos de elogiarla con gesto decidido.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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