
La ciencia española, fuera del hallazgo sensacional y del ademán quijotesco, ofrece a nuestra mirada un campo en perpetuo barbecho, donde, por decirlo así, crece una promesa que siempre parece incumplirse. De ello no hay duda: repetimos aquí un lugar común, parcial e inexacto como casi todos los clichés, pero no exento de siluetas verosímiles. Con indudable injusticia, son bien pocos los sabios que retienen la atención de los ibéricos, y aunque la influencia de los doctores más distinguidos ha sido grande, ello no suele interesar ni a reporteros ni a publicistas. Por eso es tan llamativo el caso de Santiago Ramón y Cajal: un científico inusitadamente famoso entre sus paisanos.
Mucho se sabe de la vida de Ramón y Cajal (Petilla de Aragón, 1854-Madrid, 1934), en buena medida gracias a la difusión de su propia autobiografía, que él tituló Recuerdos de mi vida. Dicho en síntesis, no sólo fue don Santiago un precursor en ese campo abierto que —aún hoy— es la neurología, sino también un meritorio fotógrafo, un epistemólogo de la ciencia y un narrador de cierto mérito, tal y como queda de manifiesto en sus dos colecciones de relatos: Cuentos de vacaciones y Charlas de café.
No obstante, aunque esta abundancia de saberes inspira admiración, los motivos por los cuales le fue concedido el Premio Nobel en 1906 corresponden a su más genuina especialidad: la medicina.
La influencia combinada de su padre, un esforzado cirujano, y de ese vigor del cual siempre dio muestras desde niño, impulsaron a Cajal hacia los saberes terapéuticos: obtuvo la licenciatura en 1873, llegó a Cuba como médico militar, y a su regreso, comenzó unos cursos de doctorado en la Universidad de Madrid que pronto le sirvieron para derivar sus intereses hacia la histología.
Desde 1883 fue catedrático de Anatomía por la Universidad de Valencia y paulatinamente centró sus investigaciones en el objetivo mencionado.
La más interesante de las metodologías que aplicó en sus pesquisas fue la impregnación cromoargéntica diseñada por Camilo Golgi, substancial para iluminar la mirada microscópica. Por medio de dicha técnica, las arborescencias del sistema nervioso se convirtieron en una suerte de plano cartográfico, cuyas variables rebuscó nuestro personaje con admirable intuición.
Ya se habían divulgado sus hallazgos cuando Ramón y Cajal propició la creación de la primera Cátedra de Histología en 1887. Durante el consecuente intervalo de celebridad, pasó a dirigir el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, tiempo después transmutado en Instituto Ramón y Cajal.
Un homenaje merecido, tanto por la gloriosa trayectoria del maestro como por su habilidad para encarnar, casi con exclusividad, la imagen de la ciencia en España. Nadie duda ya de sus méritos para convertirse en mito.
Y sin embargo, él mismo hubiera deseado que sus compatriotas apoyasen con mayor decisión a otros compañeros de gremio, igualmente capaces a la hora de obtener prodigios con muy escasos medios y sin apenas aliento popular.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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