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The-Cult-revista

Entrevistas

Diálogo con Cameron Díaz

Cameron Díaz

Así es como se supone que se desarrollarán las cosas: primero, la sesión fotográfica, luego, el turno de preguntas, y de paso, un refrigerio dispuesto para los chicos de la prensa.

Todo es cuestión de orden, y los organizadores saben administrarlo con eficacia. Un raro triunfo en un mundo como el nuestro, zarandeado por la improvisación. Consciente de ello, miro hacia el jardín y veo cómo varios encargados de seguridad intercambian señas y orientan a los rezagados.

Una aureola estimulante de poder, rebanadas humeantes y camisas hechas a medida impregna este edificio, diseñado para asegurar el descanso de amantes del vino francés y jugadores de póker. Es extraordinario, porque aquí el estatus parece una norma de cortesía.

Todo esto me seduce, pero apenas tengo tiempo para pensar sobre ello. “Lamentablemente −nos dicen−, Jude Law tiene gripe, así que sólo podrán atenderos Cameron Díaz y la directora de la película, Nancy Meyers”.

Cameron Díaz

Olvidaba decirles que hoy he venido hasta un resort de La Moraleja para estar cerca de ambas. De hecho, ya se han situado frente a un cartel de la película que presentan, The Holiday. Con sus narices alineadas, dan la sensación de pertenecer a mundos distintos. Nancy es una intelectual, y uno puede percibir su gusto por las palabras bien elegidas. En contraste, Cameron ha tomado prestadas muchas cosas, menos el encanto. Sus ojos se encienden, su sonrisa crece y consigue que los demás parezcamos ángeles caídos.

Mi primera pregunta es para Meyers. A decir verdad, The Holiday me ha resultado felizmente anacrónica, muy próxima a un subgénero que amo: las screwball comedies de los años treinta y cuarenta. La directora da un respingo cuando pongo en duda el apoyo del público juvenil a su propuesta. “¿Y tú qué crees que pasará?”, me dice. “Pienso que funcionará”, respondo. Cameron se ríe. La suya es una risa escandalosa, desbordante, propia de una colegiala que dijera: “¿Y a ti de todas formas, qué más te da?”. “Desde luego −apostilla la directora−, no fui consciente de haber escrito el guión con ese clasicismo. Admiro las producciones de aquella época y las he estudiado. Quizá hayan influido en el estilo de la película”.

Meyers habla del humor que destila su risueña protagonista: “Tiene algo común con Carole Lombard y Goldie Hawn. Fue eso lo que tuve presente a la hora de perfilar su papel”. Servidor de ustedes, que admira a esas dos actrices, no puede estar más de acuerdo con el paralelo. Cameron exhibe su coquetería, hace un mohín y luego intenta no creerse el halago: “Nancy es la única que me compara con Goldie Hawn −dice−. Goldie es una actriz hermosa y divertida. Crecí viendo sus películas, y me gusta su forma de ser e interpretar. Por ese motivo me alegra tanto la comparación”.

Alegría. De nuevo esa palabra. No hay otra mejor para definir el aspecto de Cameron y el sentimiento que transmite Amanda, su personaje. “Es una mujer que se hasta completamente de su situación y decide dar un cambio drástico. ¿Que si me parezco a ella? −hace una pausa valorativa−. Bien, a mí me encanta mi actividad, pero a veces necesito decir basta. Por eso, entre rodajes, procuro tomarme un tiempo”.

Hablar hoy de un descanso implica cierta apariencia de normalidad. Ya conocen el tópico: cuando cierra la puerta del camerino, la estrella inventa algo que se parece a un hogar. Con todo, Cameron resulta sincera, aun sin destapar las cartas de su intimidad. Su respuesta es propia de una rica heredera: “Me gusta mucho tener vacaciones −dice−. Siempre tengo la oportunidad de aprender cosas nuevas. Practico surf y snowboard, estoy con la gente que me agrada y, en particular, con mi familia”.

Aunque Hollywood es un negocio delicado, la actriz vibra según la intensidad del momento. Sin encasillarse del todo, ha obtenido una fortuna sorprendente. El patrimonio es la obsesión favorita de ciertos analistas, y a mi pesar, creo que no les falta razón. Desde el nacimiento de esta industria, anotar la conducta de una estrella equivale a medir los ingresos que genera en taquilla. Visto de ese modo, el sueldo de Cameron no es una anomalía. “Suena a locura, pero es así −aclara−. El dinero no lo es todo. Me siento agradecida y honrada por cómo evoluciona mi carrera. Hago lo que me gusta y amo mi trabajo, pero podría dejar todo atrás cuando quisiera”.

Dios sabe que a veces los malinterpretamos, pero los actores de este nivel tienden a suavizar las asperezas del rodaje. ¿Será cierto que Nancy Meyers estimula o alivia las tensiones mediante la música? “Escuchamos CDs durante el rodaje −dice Cameron−. Ella tiene un gusto muy cultivado y emplea la música constantemente”. ¿Y qué decir de Jude Law? ¿Hay alguien más indicado que él para establecer una relación laboral? “Jude es maravilloso −sentencia la actriz−. El personaje de Graham fue escrito a su medida y permite que descubramos otra faceta suya. Se trata de alguien amable, divertido, carismático, muy abierto con todo el mundo. No hay duda de que cualquier mujer podría enamorarse de Jude. Todas las compañeras del rodaje lo estábamos”.

Créanme, nunca han hablado de quien esto escribe en esos términos. Aturdido por esta certeza, opto por plantear a Nancy Meyers una cuestión puramente técnica, en la que no quepan los elogios ni las complicidades. ¿Rodaron con un libreto en firme o hubo añadiduras durante la filmación? “Me desagradan las improvisaciones −responde−. Cuando se ponen frente a la cámara, los actores afrontan una gran responsabilidad, y es preferible que todo esté bien definido. En todo caso, fue Jack Black el que añadió pequeñas cosas a su papel. Está en su naturaleza y resulta gracioso”.

Mientras Meyers estampa mi cuaderno una dedicatoria (en español), Cameron Díaz se marcha, tan risueña como llegó. Tiene prisa, como si todos los relojes fueran a detenerse.

Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2006. Reservados todos los derechos.


Entrevista con Corey Feldman

The Birthday

Corey Feldman, compañero de la infancia para muchos espectadores de cierta edad, vuelve como protagonista de The Birthday, una de las películas más inclasificables del reciente cine español.

Le vimos eliminando Gremlins con el tirachinas, aterrorizar a una asistenta en Los Goonies, luchar contra los vampiros de Santa Clara en Jóvenes Ocultos o irse de excursión para ver un cadáver en Cuenta Conmigo.

Ha charlado con nosotros Corey Feldman, acompañado del director de The Birthday en el papel de traductor de preguntas-contertulio y de Susie, la explosiva esposa del actor, en el papel de presencia silenciosa y agradable.

The Birthday es una película inusual. ¿Cómo la ves ahora, dos años después de haberla rodado?

Esta es una película de la que estoy muy orgulloso porque, en primer lugar, creo que es mágica y representa muchas cosas. Y sobre todo porque es arte.

Mucho de lo que se ve hoy en día está precocinado, comercializado y no tiene sustancia. The Birthday es una aventura y una experiencia. Puede que no sea algo que le encante a todo el mundo. No es para cualquiera, unos la amarán y otros no, pero de cualquier modo si la ves tienes una experiencia, y eso la convierte en arte, porque obtendrás una reacción.

Tu carrera está llena de películas de culto.

Bien, tengo mucha suerte.

(En este preciso instante Corey Feldman da un manotazo involuntario a su vaso de Coca-Cola, derramando su contenido de manera aparatosa, en lo que constituye un gag propio de sus antiguas películas. Por fortuna no había ningún mogwai cercano.)

He sido extremadamente afortunado a lo largo de los años. Ni siquiera puedo adjudicarme el mérito, aunque todo en esta vida pasa por alguna razón, así que siempre estás donde debes estar.

He tenido muchos éxitos y momentos altos en mi carrera, y al mismo tiempo he tenido bajones y equivocaciones. Por fortuna, creo que los éxitos han sido más fuertes que los errores.

Además de ser fan del cine juvenil de los 80, eres uno de los máximos representantes del mismo. ¿Cómo se lleva eso?

Como espectador sería muy vanidoso viendo aquellas películas y diciendo "¡Oh, las mías eran las mejores!", pero no pienso así.

Personalmente aprecio al arte de otra gente, me gusta ir al cine. Soy un fan de las películas.

Cuando voy a ver al cine y digo: "¡Esa ha sido buena!", generalmente no es mía. Si es mía y oigo a la gente hablar de ella yo no puedo valorarla igual que ellos.

Me dicen "¡Goonies, Goonies! ¡Es la mejor película de todos los tiempos!" y yo digo "Sí, bueno, no está mal".

Estoy agradecido de que la gente las guarde en su recuerdo, pero no significa que yo las aprecie de igual manera, porque yo he trabajado en ellas.

No es que no las disfrute, hay unas cuantas que me gustan como Jóvenes Ocultos (la cual no he visto en tres años, desde que hice el audiocomentario) o Sueña un pequeño sueño, que son un par de mis favoritas.

Pero Cuenta Conmigo es un buen ejemplo, nunca me gustó demasiado. Cuando era un chaval la veía, y no era una película para chavales, era para adultos rememorando su pasado en los 50.

Así que para un crío era un poco lenta y aburrida, no el tipo de peli que me gustaba ir a ver.

Sin embargo, adoraba películas como El Club de los Cinco, Superman, Indiana Jones o El Color Púrpura.

¿Te molesta ser considerado un icono de los 80?

Estoy agradecido de tener fans en todo el mundo, es alucinante. A cualquier país que voy la gente me reconoce. Es bastante agradable llegar a la gente en todo el mundo.

La mejor parte de todo esto es que puedo usar mi fama para divulgar un mensaje positivo, hacer llegar a las mentes de los demás ideas que son tanto políticas como espirituales.

Cosas en las que creo como los derechos de los animales, el medio ambiente o la ecología, que son muy importantes para mí. Usar mi fama para eso es la parte buena.

Lo de ser una "figura icónica", no lo veo tan claro. La prensa ha sacado de contexto cosas que he dicho a causa de aquel terrible programa de televisión, The Surreal Life, inventando una frase que nunca dije.

Yo no lo veo así: yo soy un actor, soy un artista y espero que mi arte sea apreciado. No me gusta etiquetarme como un icono, porque eso tiene que ver con la imagen y no con el trabajo, y prefiero que se me aprecie por el trabajo que hago.

Por ese culto a la celebridad Arnold Schwarzenegger va a ganar otras jodidas elecciones. ¿Sabes lo que ha dicho en un discurso? "Me encantan las secuelas, esta es la mejor secuela". ¡Anda y vete!

¿Proyectos?

¡Buena pregunta! Estoy trabajando en una serie de animación en Toon Disney desde hace tres años, se llama Super Robot Monkey Team Hyperforce Go!, que espero un día veáis aquí, aunque no oiréis mi voz.

Además estoy trabajando en un show de televisión del que seré productor ejecutivo y que protagonizaré junto a mi viejo compañero Corey Haim. Mi mujer Susie aparecerá en el show conmigo. Después de eso, protagonizaré, dirigiré y produciré una nueva película llamada The Straight Man.

Además estoy tratando de acabar mi próximo álbum, así que la agenda está llena.

Copyright del texto © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.


Entrevista con el actor Ricardo Darín

Ricardo Darín

El protagonista de Nueve reinas (2000), de Fabián Bielinsky, y El hijo de la novia (2001), de Juan José Campanella, nos visitó el 25 de noviembre de 2002, para promocionar Kamchatka, de Marcelo Piñeyro.

Aquel día, durante un encuentro posterior a la rueda de prensa, le propuse una serie de preguntas que él respondió con interés y cordialidad.

A ojos de los españoles, hay quien dice ver en ti a un representante sentimental del argentino medio.

Quizá sea el reflejo de lo que significó José Sacristán en Argentina. Pero no es cierto. Es un saco que me queda demasiado holgado.

La fortuna te acompaña.

Crecí en el barrio del Once y soy hijo de un matrimonio de actores, buenos aunque sin suerte. En todo caso, quizá la poca fortuna de mis padres propicie que me hayan llegado todas estas oportunidades por acumulación de karmas.

¿Eres individualista o te identificas con algún colectivo?

Volviendo a esa idea de la representatividad, hay un concepto que arrastro desde que tengo uso de razón. Se trata de un concepto que ahora observo con algo más de claridad, y es que nunca me sentí muy identificado con lo que le pasa a todo el mundo.

Por eso, cuando digo algo, lo digo en función de mi persona, sin apoyarme en grupo alguno. Resumiendo: siempre me he sentido una mosca blanca en todos los ambientes.

¿A qué se debe?

Es fruto de la educación que recibí –una enseñanza que no sabría describir con exactitud– y que me libró de toda suerte de fanatismos, fueran éstos religiosos, políticos o deportivos.

De ahí que evite los actos multitudinarios. El hombre-masa, en números inabordables, siempre me causa una sensación arrolladora.

Por eso prefiero considerarme un artesano y no un artista, porque este último es un término demasiado enfático. Y por encima de todo ello, mi temperamento no puede ser representativo cuando el sentimiento generalizado se aleja tanto del optimismo.

¿Pierdes alguna vez ese optimismo?

A pesar de las circunstancias, deseo no apartarme del sentido del humor y trato de mantener el espíritu lo más elevado posible.

¿Cómo te sientes cuando vuelves la vista atrás en tu trayectoria, y recuerdas esa primera etapa en la cual protagonizaste aquellos musicales que dirigió Aristarain, La playa del amor y La discoteca del amor?

Al margen de la valoración crítica o la popularidad de películas tan lejanas en el tiempo, creo que el único elemento que tienen en común con el cine que hago ahora es la pasión que volqué en ellas.

Lo repito, eres un hombre de suerte.

En un mundo plagado de injusticias, tengo la obligación de reconocerme como un afortunado. Pero nunca tomé mi trabajo como algo sencillo.

Me produjo una gran felicidad el hecho de que Juan José Campanella pensara en mí al escribir en 1983 El mismo amor, la misma lluvia, cuyo protagonista no es el prototipo con el cual podían identificarme los directores.

En este caso, hablo de un personaje con grandes contradicciones, desorientado, que comete errores. En suma, representativo de una mayoría de argentinos que hemos tenido que reestructurar nuestros principios de acuerdo con los giros de la vida.

Ocasiones como las que me ha facilitado Campanella no sólo implican una carga emotiva muy grande, sino además un compromiso y un mayor interés por los personajes.

En consecuencia, procuro involucrarme en la tarea con un esfuerzo arduo. También con una responsabilidad que es inseparable de esta profesión, y que intento demostrar ante todos los proyectos que se me plantean, bien sean éstos una opera prima o bien el discurso de un creador veterano.

Imagino que, al rodar Kamchatka, pudiste recordar emociones que experimentaste durante las fechas terribles en que se sitúa la película.

Por razones fáciles de entender, esta huella a la hora de encarnar a mi personaje es muy distinta a la que siente mi compañera Cecilia Roth, quien tuvo que exiliarse de Argentina junto a su familia.

Ese no es mi caso, pero el dolor o la injusticia son sensaciones compartidas por quienes tuvieron que irse y por muchos de los que permanecieron en Argentina, conscientes de lo que estaba pasando.

Esta película juega mágicamente con los tiempos y abre una puerta hacia otro lugar. Una puerta que nos permite mirar hacia el futuro porque está encarada desde el corazón de un niño. Y es que, aun dentro del drama, la esperanza es la categoría en torno a la cual se construye, sin fisuras, este personaje.

En Kamchatka se narra la historia de unos padres que intentan proteger a sus hijos de la persecución que se cierne sobre ellos en 1976, durante la dictadura militar. ¿Qué lección se puede extraer de la película?

La metáfora implícita en este relato es aplicable a la actualidad argentina. Me importa en particular esta idea: la resistencia es fundamental.

Hay que resistir incluso en el contexto ínfimo, porque tenemos la obligación de hacerlo y porque la crisis que hoy nos abruma no es sólo económica.

Cierto es que el colapso es financiero, pero también está claro que esa circunstancia adversa tiene razones más antiguas y profundas. De otro modo, no sería posible entre nosotros un fenómeno tan penoso e injustificable como la desnutrición infantil.

A mi modo de ver, la única explicación posible para un drama de calibre semejante es la degradación moral, social, ética y cultural. Y aun así, cuesta admitir que un país con posibilidades ilimitadas tenga que encarar finalmente este infortunio.

Tal vez entre las figuras más respetadas en ese trance se sitúen los profesionales de la cultura. Pese a los graves problemas que surgen cada día, los argentinos continúan abarrotando los teatros y apreciando la labor de los artistas.

Hablando de teatro, usted está disfrutando de un éxito importante con Art, de Yasmina Reza, la obra que interpreta desde 1998 junto a Óscar Martínez y Germán Palacios.

En esta obra se aborda un asunto esencial, la tolerancia, que guarda relación con todo lo que estamos hablando.

El público español es muy receptivo con los actores y realizadores argentinos.

Es muy generoso. Nuestro cine está pasando por un momento colosal y eso ha sido bien apreciado acá. Gracias a la buena recepción en España de películas como El faro del sur, de Eduardo Mignona, Nueve reinas, de Fabián Bielinsky, y El hijo de la novia, de Campanella, también yo he recibido ofertas para rodar con directores españoles.

La verdad es que me apena no responder como merece a esta demanda.

Pero tengo una convicción que procuraré explicar...

Entiendo que otros compañeros hayan decidido trasladarse de forma permanente. Es inoportuno generalizar: cada circunstancia es particular y necesita un análisis aislado.

No obstante, tengo la certeza de que, si bien son muchas las cosas que le van mal a la Argentina, ésta todavía no ha muerto.

Así, pues, no es un lugar del que convenga salir huyendo porque la desolación sea absoluta. Es cierto que el país está gravemente herido, pero sus posibilidades de recuperación dependerán de que alguno de nosotros siga dentro.

Honestamente, creo que si alguien tiene la posibilidad de continuar trabajando allá, como es mi caso, es importante que se quede y prosiga su labor, porque esto es lo que hará posible que mejore el futuro.

Por supuesto, no todo el mundo tiene las mismas posibilidades en la Argentina de hoy. Es comprensible que un desempleado de cuarenta años, con un par de chicos a su cargo y sin un horizonte cercano de progreso, tenga que abrirse camino allá donde se le presente la oportunidad. Y qué mejor opción para él que intentarlo en España, donde siempre hemos sido tan bien recibidos.

Art se va a representar en España, ¿no es cierto?

Sí, uno de los proyectos que me ilusionan es la representación de nuestro montaje de Art en los escenarios españoles.

Aparte de amigos míos, Óscar Martínez y Germán Palacios son dos actores excelentes, muy prestigiosos, cuyo respaldo a esta gira es completo. De paso, un intercambio cultural más no nos vendrá mal y servirá para estrechar lazos con el público español.

Esa hospitalidad que ahora disfrutamos ya se demuestra desde hace tiempo a través del cine, que continúa siendo un instrumento idóneo para que Argentina y España sigan comunicándose.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


Entrevista con el productor Andrés Vicente Gómez

Andrés Vicente Gómez

Andrés Vicente Gómez creó en 1981 la compañía Lolafilms S.A. A través de ella ha producido éxitos de taquilla como Belle époque (1992), Two much (1994) y La niña de tus ojos (1998), de Fernando Trueba; Jamón jamón (1992), de Bigas Luna; La pasión turca (1994), de Vicente Aranda; Muertos de risa (1999), de Álex de la Iglesia; y Torrente (1998), de Santiago Segura.

Reproduzco a continuación la entrevista que le hice en 1999 para la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

Dígame, ¿qué cualidades son esenciales en un productor de cine?

La actividad del productor cinematográfico requiere una serie de cualidades bien diferentes entre sí, pues se trata de una profesión que comprende un abanico de actividades muy amplio, tanto de tipo artístico como de carácter económico-financiero.

La gestión empresarial, las relaciones públicas, ser experto en marketing e incluso resultar una buena niñera son habilidades que se le suponen al productor.

En el ámbito artístico, su cometido es muy creativo, pues decide qué proyectos realizar y, una vez tomada esta decisión, posee el control sobre la obra y es quien propone el equipo de actores y técnicos que acabarán formando parte de la película.

Por lo que concierne al ámbito empresarial, las decisiones del productor son muchas, y en la mayoría de los casos, críticas para el éxito de la película.

Debe saber controlar los presupuestos de producción y, además, establecerlos de acuerdo con las necesidades del filme.

Ha de conocer el mercado y saber qué películas demanda el público.

Y lo más importante, debe ser capaz de afrontar el riesgo al determinar qué va a producir y el método para llevarlo a término.

¿Qué le impulsó a entrar en el campo de la distribución?

La actividad cinematográfica integra una serie de áreas muy relacionadas, sin la interacción de las cuales las películas nunca llegarían hasta el espectador.

Estas funciones son las de producción, distribución y exhibición, tanto en salas como en vídeo, televisión u otros formatos.

En nuestro caso, la necesidad de entrar en el campo de la distribución con la Compañía Iberoamericana y, más recientemente, con Lolafilms Distribución, surge por esa circunstancia.

La distribución y exhibición cinematográficas requieren la toma de una serie de decisiones también cruciales para que una cinta llegue a los espectadores.

El hecho de tener una empresa de distribución propia hace que yo mismo tome decisiones sobre mis películas que antes estaban delegadas en terceros, como las relacionadas con la campaña y el presupuesto de publicidad y márketing, o con el número de copias con el cual estrenar.

En definitiva, todo ello me aporta más control sobre mis producciones.

¿Qué claves explican el surgimiento de una nueva generación de cineastas con una mayor conexión con el público?

Durante los últimos años se ha venido hablando de una renovación del cine español y también de la llegada de una serie de nuevos talentos, tanto en la dirección como en la interpretación, la escritura y otras áreas.

Todo esto es cierto, y ha venido además acompañado de una renovación de las historias que se cuentan, más actuales, más acordes con los gustos del público.

La lectura negativa que se hacía antes, al hablar de españoladas, ha quedado atrás y el público español acude cada vez más a ver las películas de nuestro país.

Hace unos años era impensable plantear la posibilidad de que una película española sobrepasara ciertos niveles de recaudación en taquilla o cierto número de espectadores, hecho que últimamente ha ocurrido con más de una producción nacional, llegando incluso a superar las cifras del cine estadounidense.

Bien es cierto que todavía existen algunas películas españolas que alcanzan índices de audiencia muy bajos, o que incluso nunca llegan a estrenarse, pero los éxitos nos dan experiencia para poder sacar adelante otros largometrajes más modestos o de menor comercialidad.

¿Cómo toma la decisión de respaldar una determinada película?

La decisión de dar luz verde a un proyecto se toma en función de un cúmulo de variables, muchas de ellas de carácter lógico, tales como su viabilidad económica, su comercialidad o sus posibilidades de exportación.

Además hay que considerar otras cuestiones, como el número de proyectos que se están desarrollando en ese momento o la disponibilidad de los artistas que encajarían en el reparto.

Por otro lado, también existen decisiones de carácter intuitivo. La primera impresión al leer el guión es para mí muy importante.

¿En qué sentido?

Es esta primera lectura la que me causa una sensación u otra con respecto a la historia, los personajes, el entorno... Mi intuición me indica entonces si todo ello funcionará o no, muchas veces sin tener en cuenta valores de mercado.

¿Y cómo gestiona habitualmente la financiación?

El modelo varía mucho dependiendo del tipo de película que queramos hacer, según se trate de un título para el público español, realizado con vistas al mercado internacional, etc. Los pilares básicos de la financiación cinematográfica son varios: las preventas a las televisiones, los adelantos de los distribuidores, las ventas internacionales, las ayudas institucionales y la participación de los coproductores (en los casos de coproducción).

En numerosas ocasiones se sigue adelante con el proyecto pese a no tener asegurado a priori el cien por cien de su amortización.

¿En qué medida es importante para sus lanzamientos el mercado latinoamericano? ¿Qué opina del auge de las coproducciones con otros países hispanohablantes?

Por lo que atañe al mercado iberoamericano, podemos advertir que es muy desigual: dependiendo del país, varía el número de producciones y la calidad de éstas.

En algunos de estos países se invierte poco dinero en producir y las redes de distribución están controladas por las empresas estadounidenses.

En cualquier caso, Iberoamérica ha sido siempre fiel al cine español, y aumentan paulatinamente los esfuerzos de los productores latinoamericanos para llevar a cabo filmes financiados conjuntamente por España.

Estoy abierto a todas estas iniciativas, y si la historia lo necesita, participo como coproductor. También a la inversa, elaboro proyectos para rodarlos en Latinoamérica, y, sin ninguna duda, lo seguiré haciendo.

Usted ha trabajado con los principales directores de nuestro cine, entre ellos Fernando Trueba, Bigas Luna, Carlos Saura y Álex de la Iglesia.

Si pienso en el clima de trabajo vivido con ellos, debo señalar que pertenecen a generaciones diferentes y tienen distintos modos de entender el cine; las historias que cada uno quiere contar tienen poco en común.

Aun así, son todos amigos míos, estoy encantado de haber trabajado con ellos y deseo continuar haciéndolo en el futuro, pues los cuatro son grandes directores, con mucho talento.

¿Qué recuerdo guarda del Óscar a la mejor película extranjera otorgado a Belle époque, de Fernando Trueba?

Esa fue la recompensa al gran trabajo y esfuerzo de los muchos profesionales que estuvimos implicados en esta película.

Nuestra dedicación quedó plasmada en un filme fantástico y de gran calidad.

Por otra parte, el proceso de presentación y promoción en Estados Unidos fue largo y algo duro. Fernando y yo, acompañados por otros miembros del equipo, nos desplazamos a Los Ángeles y permanecimos allí durante más de un mes.

Junto con la gente de Sony Pictures Classics, que adquirió los derechos de distribución para Estados Unidos, organizamos una campaña de promoción, con entrevistas de prensa, reuniones y demás actividades que sirvieran para dar a conocer mejor la película al público americano.

Lo hicimos con gran entusiasmo y nos divertimos mucho. Al final, todo ello acabó dando su fruto.

Los estudios de mercado, las encuestas... ¿realmente son útiles a la hora de asegurar la comercialidad de una película?

En el mundo del cine es muy difícil, por no decir casi imposible, obtener un perfil del espectador típico que garantice la comercialidad de las películas.

El cine transmite sensaciones, y cada espectador las recibe de modo diferente. Como sucede en la mayoría de las industrias del ocio, el éxito depende de muchas variables, entre las cuales puede incluirse la situación económica o política del país e incluso el tiempo que haga la fecha del estreno.

En cualquier caso, siempre se revisan los resultados de taquilla, las ventas de vídeo o las audiencias de televisión, tanto de las películas propias como de las ajenas, ya que este tipo de estudio es uno de los mejores indicativos sobre qué es lo que está en el mercado y qué es lo que tiene éxito o no.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


Entrevista con Marcelo Piñeyro

Marcelo Piñeyro

El director argentino Marcelo Piñeyro es responsable de largometrajes como Caballos salvajes (1995), Plata quemada (2000), El método (2005) y Las viudas de los jueves (2009)

Cuando pregunté a Piñeyro por su cine, el acto de presentación de Kamchatka tocaba a su fin. Aquel encuentro, organizado en la madrileña Casa de América el 25 de noviembre de 2002, supuso una excelente oportunidad para conocer a un cineasta culto y apasionado con su tarea.

Con la crisis parece imponerse una redefinición de ciertos valores, ¿no cree?

El abismo ante el que se sitúa Argentina ilustra, mejor que cualquier otra coyuntura, el modo en que han ido perdiendo su sentido original las viejas representaciones políticas.

En esta zona de angustia, fórmulas que en otro tiempo estuvieron vigentes quedan ya desfasadas.

De todo esto sólo podemos deducir una necesidad imperiosa: la recuperación de valores éticos y morales. Es un medio indispensable para reconstruir nuestras posibilidades de futuro.

Si prescindimos de este empuje, la incertidumbre se adueña del panorama. Ahora más que nunca resulta esencial un cambio en la política económica. Algo de ello se vislumbra en la solidaridad que, en medio del dolor y del peligro de naufragio, ha prendido entre la ciudadanía.

Hablo de una solidaridad que desconocíamos y que se expresa de forma organizada: a través de agrupaciones que procuran suplir las necesidades de los más desvalidos.

Claro que, dentro de la mecánica social, estos cambios son muy lentos. Por desgracia, ni siquiera existe una opción política que aglutine esa tendencia y le ponga un norte.

Pese a todo ello, es en este momento crucial cuando el cine argentino sirve para expresar dilemas y certezas, para formular preguntas necesarias, y muy en particular, para continuar activo y contagiar ese dinamismo a otros sectores productivos.

El estallido de la crisis coincidió con el inicio del rodaje de Kamchatka.

Eso impregna a esta película de muchas connotaciones. Memoria colectiva y ficción aparecen unidas en su guión, enriquecido con detalles e incidentes que, allá por 1976, pasaron a formar parte de nuestras vidas.

Por esas fechas, yo era un estudiante que tuvo que abandonar las aulas. Entre las muchas cosas que hicieron los militares al subir al poder, el cierre de la Escuela de Cine figura entre las que me afectaron.

De forma inexorable, en cada nuevo episodio de aquella represión fueron subiendo de grado el drama y el temor. Eso formaba parte del ambiente, de la cotidianidad.

Lo sé porque vivía entonces en La Plata, una ciudad predominantemente estudiantil, muy castigada por aquellos métodos terribles.

No es fácil sobreponerse, si bien es verdad que el cerebro pone en marcha mecanismos defensivos para bloquear los recuerdos más dolorosos. Necesariamente, ese retraimiento de la memoria tuvo que ceder a medida que el guionista Marcelo Figueras y yo escribíamos el guión.

Poco antes de iniciar el rodaje de Plata quemada, ambos habíamos comenzado a discutir las posibilidades de este nuevo argumento: la vida familiar de unos desaparecidos, vista a través de la mirada de su hijo pequeño.

Durante esta primera etapa, me invadía cierta resistencia ante la necesidad de sumergirme otra vez en el dolor y en el miedo. Pero tal inmersión era ineludible para completar la película.

A ello se añadió una certidumbre: el único modo de quedar en paz con las experiencias más desoladoras del pasado consiste en afrontarlas, para de esa forma exigirles una respuesta y extraer sentido de ella.

Queríamos reflejar el modo en que los terrores más hondos eran aceptados como parte del clima diario.

La incertidumbre se localizaba en cada gesto: en el modo de caminar, en las ojeadas para descartar a posibles perseguidores, e incluso en ese modo de iniciar amistades que, digámoslo así, tenían futuro pero no un pasado, porque nadie preguntaba ni nadie contaba qué había hecho antes de compartir ese nuevo vínculo.

¿La definiría como una película sobre la dictadura?

Aunque esa actitud es la que caracteriza a los personajes y el terror sirve de fondo a su peripecia, no creo que acá estemos hablando de un largometraje sobre la dictadura.

Es cierto que una situación tan extrema consigue dar relieve a ciertos grados de la condición humana, pero el propósito esencial de la cinta no es otro que subrayar el funcionamiento de los lazos entre padres e hijos.

Esta sólo pretende ser la historia de una familia que lucha desesperadamente por mantenerse unida en circunstancias muy adversas.

De igual modo que el pequeño protagonista entiende finalmente qué sentido adquiere el legado de sus padres –una razón de ser que también atañe a la ausencia de éstos–, la sociedad argentina debiera seguir el mismo procedimiento: recuperar el legado ético y sentimental de aquella generación.

¿Cómo han reaccionado los familiares de los desaparecidos al ver la película?

En este aspecto, nuestro mejor premio ha sido una carta que nos remitieron algunos integrantes de Hijos, la entidad donde se agrupan los hijos de desaparecidos.

Aparte de felicitarnos por el resultado, nos agradecían que hubiéramos devuelto la entidad humana a sus progenitores, a quienes realmente se hizo desaparecer dos veces: la primera, de forma física, durante la dictadura, y la segunda, una vez reinstaurado el sistema democrático, cuando se los convirtió en seres anónimos, desplazándolos hacia el olvido.

Para cumplir esta reconciliación con el ayer, Kamchatka no hace política partidaria.

Al fin y al cabo, el marco ideológico de aquella etapa, transcurridos ya veintiséis años, es intransferible a la actualidad, y ello impide que, fuera de contexto, pueda ser cabalmente comprendido.

Por esta vez, la película opta por reflejar a aquellas personas con sus contradicciones, miedos y alegrías, pero destacando en especial ese motor que las ponía en marcha: el amor por los suyos. Eso es lo que, en esencia, subrayaba esa carta de la que hablo.

Aun no estando muy familiarizados con el contexto histórico de la película, unos periodistas norteamericanos me hicieron notar otro rasgo del guión, una evidencia que para ellos es plenamente contemporánea, y asimismo aplicable a su propia sociedad: el peligro que nos amenaza cuando la razón de Estado pasa a ser más importante que los derechos de los ciudadanos.

La película ha tenido un buen recibimiento en Argentina. ¿Cuáles cree que son las razones de esa acogida?

El excelente recibimiento que ha obtenido nuestra película entre los argentinos traduce emociones muy significativas. El público local conecta con la ficción que plasma la película.

Se divierte y se conmueve con los personajes, tomando esas vivencias como propias.

La buena suerte de Kamchatka se inscribe en un periodo propicio para la cinematografía argentina.

Al menos desde un punto de vista popular, el cine ha conservado entre nosotros toda su vigencia. No sólo se sostiene en el tiempo un buen ciclo creativo, sino que éste ha encontrado generoso eco en el público.

Lo cual, dicho sea de pasada, no siempre sucede. Entre una serie de posibles, esta interacción entre la audiencia y los cineastas nos da la clave de esa prosperidad artística.

A la par que el apoyo del público anima a los creadores, el entusiasmo generado también fomenta la asistencia a las salas con el fin de ver cine argentino. A semejanza de otros fenómenos culturales, éste también mide dos impulsos mutuamente condicionados.

Con lo anterior se vincula, por razones sabidas, el mantenimiento de un sector que involucra a numerosos profesionales.

En una situación de aguda necesidad, la puesta en marcha de nuevos proyectos cinematográficos requiere de apoyos decididos que permitan su viabilidad financiera.

Así lo experimenté a propósito de Kamchatka, que no hubiera podido realizarse sin la cooperación eficaz de españoles y argentinos.

En el momento en que se colapso nuestra economía, también desapareció la inversión argentina precisa para continuar con el plan de rodaje.

Llegado a ese extremo, me pregunté si era posible proseguir de algún modo. Ya parecía un empeño irrealizable, sin posibilidad de futuro. Pero fue entonces cuando un productor español, Francisco Ramos, se sumó al equipo y nos motivó a todo trance.

De haber quedado desprovistos de su apoyo, tan de agradecer, nunca hubiéramos logrado completar la filmación.

En este caso –debo aclararlo– no me refiero tan sólo a un concurso financiero, que al fin y al cabo es lo que nos permite hacer cine allá. Lo que Paco y la productora española nos suministraron fue el entusiasmo preciso para avanzar.

Todo ello, sumado al talento de actores y técnicos de los dos países y al valioso apoyo de Ibermedia, consiguió que al fin se cumpliera nuestro anhelo, más allá de esos obstáculos tan imponentes.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


Argentinos en el cine uruguayo: Diálogo con Federico Luppi y Diego Arsuaga

Federico Luppi y Diego Arsuaga

Gracias al estreno de El último tren (Corazón de fuego, 2002), los espectadores españoles tuvieron conocimiento de una cinematografía humilde, la uruguaya, cuya identidad queda difuminada en el exterior por dos factores: la escasez de títulos y la alianza que sostiene con la industria argentina.

Desde hace décadas, el cine argentino es capaz de proporcionar metas más amplias a un buen número de profesionales del mundo audiovisual de Uruguay, formados inicialmente en Montevideo pero luego radicados en Buenos Aires.

En sentido contrario, es obvio que el cine de la pequeña república también se beneficia de este trasiego. El cruce de declaraciones que a continuación protagonizan el director uruguayo Diego Arsuaga y el actor argentino Federico Luppi permite comprender en qué medida el cine de ambos países aspira a una meta común.

Diego Arsuaga es un conocido realizador de publicidad que asimismo ha desempeñado diversas actividades en el cine comercial del Cono Sur.

Aparte de dirigir Otario (1997) y El último tren (2002), se encargó de coproducir el largometraje Plata quemada (2000), de Marcelo Piñeyro.

El actor Federico Luppi, protagonista de El último tren, intervino junto a Arsuaga en un encuentro con los periodistas celebrado el 13 de noviembre de 2002, del cual extraigo el diálogo reproducido en este artículo.

Parte de las declaraciones de Luppi proceden de una entrevista que le hice con anterioridad, el 10 de enero de 2002, con ocasión del estreno de Un lugar donde estuvo el paraíso, de Gerardo Herrero.

Parece lógico que los profesionales del cine uruguayo se sientan cómodos en la industria argentina. Y viceversa.

FEDERICO LUPPI: Si bien algunos creemos que tal cosa es absolutamente incierta, hay un viejo equívoco que considera uruguayos al escritor Mario Benedetti y al futbolista Enzo Francescoli. Ironías aparte, se sabe que la historia dictaminó lo que hoy es Uruguay como un manejo de la diplomacia inglesa.

Dada la afinidad y cercanía que hay entre nuestros países, resulta bastante extraño el hecho de cruzar esa frontera que nos separa. En realidad, y sobre todo a efectos personales, este límite tiene una vigencia relativa.

DIEGO ARSUAGA: Claro que nos afecta muy profundamente esta vecindad.

Es mucho lo que compartimos, a tal extremo que los uruguayos solemos bromear diciendo que tenemos una provincia grande al lado que es la Argentina.

Federico, usted ha rodado en la selva de Iquitos, un espacio fronterizo entre Perú, Brasil y Colombia, Un lugar donde estuvo el paraíso (2002), de Gerardo Herrero. En la película intervienen argentinos, peruanos, chilenos y españoles. Esa experiencia es muy oportuna si hablamos de fronteras.

FEDERICO LUPPI: Las fronteras siempre tienen esa condición entre exacta, difusa y confusa. Se trata de contornos donde todo es posible y nada es del todo verificable. Además, persiste en ellos un matiz misterioso, casi metafórico, propio del «no ha lugar».

En Un lugar donde estuvo el paraíso, la frontera se plantea en los términos de una utopía negativa, lo cual deja reducido al continente a sus términos menos benévolos.

Esto es: un territorio que generalmente está en manos de individuos poco recomendables, con mucho poder y poca autoridad, con mucha capacidad de abrir fuego, y consiguientemente, con muy poca moral.

Como podrán comprobar los espectadores, tanto el largometraje de Herrero como la novela en la cual halló inspiración su guionista se ambientan en un lugar situado en la linde que separa tres países latinoamericanos.

En este caso, el dominio fronterizo viene a ser Babel, descrita en su acepción más terrible. Hablo de un espacio donde hay contrabando de ideas, donde se practica el terrorismo. Y aunque también lo habita gente culta, al final las venganzas se compran a un peso.

DIEGO ARSUAGA: En el caso de Argentina y Uruguay, la frontera es un marco de intercambio constante y de identidades compartidas. En realidad, formamos una sola comunidad, pero sucede que un azar de la historia nos separó.

A mitad de camino entre Brasil y Argentina, formamos ese pequeño Estado-bisagra que, según repiten nuestros textos escolares, diseñaron interesadamente los ingleses.

Hoy constituimos una población de poco más de tres millones de habitantes, lo cual nos obliga a repensar nuestra proyección externa.

Esta coyuntura también explica por qué consumimos cultura argentina y por qué la identificamos como propia. Basta con hacer memoria, porque son muchos los uruguayos que forman parte del universo artístico argentino. A decir verdad, los lazos son tan estrechos que ya ni nos preocupamos por distinguir el lugar de nacimiento de cada quién.

Son muchos los uruguayos en la industria audiovisual argentina, ¿no es cierto?

FEDERICO LUPPI: Sin duda, en lo que se refiere al mundo del espectáculo, sabemos que en Argentina hay un porcentaje elevadísimo de producciones televisivas y de montajes teatrales realizados por uruguayos. La colaboración es indispensable y eso es obvio cuando hablamos de la industria del cine en Uruguay.

Es el desemboque lógico de una cinematografía que ha hecho varios intentos –intentos logrados, pero aún tímidos– de mostrar sus peculiaridades y sus méritos.

Todo ello tiene que ver con ese panorama un poco más amplio que plantea el régimen de coproducción. Es absurdo creer que los países latinoamericanos pueden lanzar largometrajes de financiación propia, porque casi todas las industrias fílmicas del área están heridas de muerte.

Tengamos claro que la aventura del cine, con toda su complejidad, es inviable sin esta fórmula cooperativa. Que los productores españoles se preocupen de intervenir en proyectos como El último tren tiene, pues, mucho sentido.

Sin ir más lejos, de la docena de proyectos que se plantearon en Argentina el pasado año, la mitad fueron cofinanciados por medio de capital español.

¿Cómo se gestionó la producción de El último tren?

DIEGO ARSUAGA: Nuestra película dispone de tres compañías productoras: Patagonik Film Group de Argentina, Tornasol Films de España y Taxi Films de Uruguay.

Pero debo precisar que en el origen de dicha cinta hay una inspiración claramente argentina, porque me propuse desde el primer momento que el trío protagonista lo formaran los mismos intérpretes que intervinieron en La Patagonia rebelde (1974), de Héctor Olivera: Pepe Soriano, Héctor Alterio y Federico Luppi.

Como cinefilo, me crié viendo películas como ésta. Se trata de mi memoria cultural.

Y debo reconocer, asimismo, cuánto me importa la obra de Adolfo Aristarain, cuyos planteamientos influyeron mucho en mi actividad cinematográfica.

Es una película que respira libertad, y que contiene un claro mensaje.

FEDERICO LUPPI: El tema de fondo nos parecía importante. Había que filmarlo, porque expresa circunstancias que ya son casi endémicas en nuestros países.

No obstante, aún hablo de esta película con afecto, sin entrar en detalles técnicos.

DIEGO ARSUAGA: Mi intención era narrar un cuento muy sencillo que tiene su arraigo en acontecimientos reales.

Los protagonistas forman parte de la Asociación de Amigos del Riel. Cuando un estudio de Hollywood adquiere una locomotora uruguaya del siglo XIX, ellos deciden secuestrar la máquina y recorrer con ella el interior del país. Conozco varias historias auténticas muy similares a ésta.

Por ejemplo, hay noticia de un grupo que tomó una locomotora y que llegó cerca de Brasil. Dado que las vías ya no son rentables, la eliminación del tránsito ha dejado a numerosos pueblos completamente aislados. De ahí que muchos uruguayos, heridos por la ausencia de trenes, juzguen con simpatía este tipo de aventura.

La idea era simple y podía quedar expuesta en clave de western. En esencia, pretendíamos narrar el viaje interior de los protagonistas, mientras éstos dialogan a bordo de una máquina que es perseguida rumbo a la frontera.

Al final, el proyecto quedó definido por contraposición al cine hollywoodense, ajusfándonos a las magnitudes que podemos manejar en Uruguay, un país pequeño y escasamente conocido en el que esta variedad de hechos se vuelve mucho más creíble.

A partir de la trama original, dimos vueltas al guión y también hicimos las pesquisas necesarias para financiar el rodaje. A esas alturas, ya era una exigencia concluir el plan previsto: formular lo que se perfilaba como un retrato generacional, como la expresión de una ética antimaterialista que defendieron nuestros padres y que aún debiera conservar su vigencia.

También queríamos hacer un esbozo de Uruguay a través del cine. Un esbozo en el cual los uruguayos podamos vernos reflejados.

Se nota que los tres actores protagonistas se involucraron profundamente en el proyecto.

FEDERICO LUPPI: A los actores también nos pareció éste un guión sumamente atractivo.

A la hora de valorar un libreto, me dejo llevar por un criterio muy simple, y es que los personajes que a mí me interesan suelen habitar entornos sociales claramente definidos.

A partir de esta premisa, el trabajo del actor consiste en resolver cuál es el telón de fondo sobre el que hacer caminar a estas figuras.

Desde el punto de vista estrictamente profesional, no creo en ese tipo de cine difuso, sin profundidad, donde los personajes no saben bien de dónde vienen o hacia dónde van.

Y no es que defienda el cine social en el sentido esquemático del término, pero considero importante que aparezcan los datos de la realidad: aquellos matices que determinan cierta forma de pensar y de proceder.

Así se configura la trayectoria personal de los personajes. Una línea que, en el filme que nos ocupa, bordea la utopía, con su efecto vivificante y alentador.

Hago otro inciso en este punto para declarar que el pensamiento utópico no tiene edad.

No solamente lo creo así; también hago de ello una ideología, un discurso personal.

De no experimentar esa certeza, tendría que buscar un rincón para exiliarme.

DIEGO ARSUAGA: Ésa es la ética que antes comentaba. Un modo de entender el mundo que tiene que ver con las cualidades personales, pero no con las posesiones.

FEDERICO LUPPI: Por eso hay que tomar con entusiasmo proyectos como éste, que hunden sus raíces en la vida de los pueblos. Y es que la utopía, insisto, no es una aspiración caduca o decadente, del mismo modo que esas calamidades de las cuales habla Hamlet tampoco tienen un lugar preciso ni una fecha fija.

No hay demasiados caminos a elegir. O bien luchamos contra la injusticia o bien ésta nos devora.

Son ideales que están presentes en El último tren.

DIEGO ARSUAGA: Eso es lo que nos inspiró la idea original y los acontecimientos que le sirven de base. Reunir al elenco que participó en La Patagonia rebelde me permitía insistir en este matiz.

Por otro lado, la producción era modesta y requería un reparto así de sólido. Como filmamos el sesenta por ciento de la película en exteriores, la mayor parte de la acción se desenvuelve en los cuatro metros de la cabina. Sin actores de semejante calidad, dicho planteamiento escénico no hubiera sido viable.

La experiencia es un grado.

FEDERICO LUPPI: Recuerdo una frase espléndida de Fernando Rey, quien dijo que ninguna película le había ayudado a rodar la siguiente.

Cada nuevo largometraje, por su complejidad de factores, me inspira el mismo temor.

De nada sirven acá las certezas. Cuando me aproximo a directores con amplia experiencia siempre reitero la misma pregunta: por qué razón se equivocan individuos de tal sabiduría.

Y es que, aun siendo estupendos contadores de historias, pueden caer en el error, porque el cine no es una ciencia exacta. Tiene que ver con ingredientes más sutiles y azarosos, como ese tipo de ritmo que adquiere el relato puesto en imágenes, o como los sentimientos que van transmitiéndose a través de la cámara.

De ahí que yo mismo prefiera evitar los prejuicios. He colaborado con cineastas de amplia trayectoria obteniendo resultados francamente negativos. Y en contraste, me han dirigido realizadores jóvenes que no necesitaban reverdecer laureles; directores abiertos, más irrespetuosos con las convenciones, capaces de conducir un determinado proyecto a un excelente resultado.

Al final, el talento es lo que prima en este mundo tan contradictorio. Por eso es por lo que prefiero adoptar una actitud receptiva.

El cine uruguayo pasa por un momento espléndido. A mediados de los ochenta, regresaron a Uruguay directores exiliados como Mario Handler, Walter Tournier y Mario Jacob. En 1993, con financiación procedente de México, Cuba y el Reino Unido, Pablo Dotta estrenó El dirigible. En adelante, los festivales especializados concedieron una atención creciente al cine local y ello permitió el lanzamiento de títulos como El viñedo (1999), de Esteban Schroeder, En la puta vida (2001), de Beatriz Flores Silva, 25 Watts (2001), de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, Caribbean Christmas (2001), de Walter Tournier, La espera (2002), de Aldo Garay, Estrella del Sur (2002), de Luis Nieto, y El viaje hacia el mar (2003), de Guillermo Casanova. En este sentido, ha sido de gran provecho comercial y artístico la actividad que desarrolla la Asociación de Productores y Realizadores de Cine y Vídeo del Uruguay (ASOPROD).

DIEGO ARSUAGA: Es verdad que este proyecto nos reúne en un momento del cine uruguayo que cabría considerar explosivo.

Después de un largo periodo, durante el que apenas llegaba a las pantallas una película filme uruguaya cada veinte años, el último lustro se caracteriza por un promedio de dos lanzamientos anuales.

Este ritmo induce al optimismo y nos permite distinguir, aun en mitad de la crisis económica, un auténtico boom de la cinematografía uruguaya.

¿Cómo fue el reencuentro de los tres protagonistas de La Patagonia rebelde?

FEDERICO LUPPI: Es un reencuentro que se puede descrifrar en el terreno de lo personal. Después del mucho tiempo transcurrido desde que estrenamos La Patagonia rebelde, nos determinó en esta nueva cita la peculiar circunstancia del rodaje.

DIEGO ARSUAGA: Ahora puedo ver la naturalidad de esa reunión.

Desde el primer momento, hubo un acuerdo en lo que concierne a la película.

Bastaba con que coincidiesen las fechas disponibles de Luppi, Soriano y Alterio. La cuestión grave, no obstante, consistía en determinar si la película era o no viable en Uruguay.

Más tarde, a medida que fueron cediendo los obstáculos, todo empezó a funcionar espontáneamente. Ahora bien, debíamos afrontar todavía dos inconvenientes de cierta importancia. Uno guarda relación con el trabajo del operador, y es el desequilibrio del clima uruguayo.

El otro es de índole mecánica, y viene motivado por la antigüedad de la locomotora, no siempre tan eficaz como deseábamos.

Frente a los altibajos climáticos era muy fácil flaquear. Provengo de un gremio –la dirección de fotografía– que me inducía a desesperarme desde el primer día. En realidad, fue nuestro operador, Hans Burmann, quien logró transmitir calma al equipo.

Con su dilatada experiencia y su bondad, Hans marcó el ritmo. Cuando la lluvia arreciaba, nos resguardábamos. En cuanto el sol volvía a brillar, realizábamos una toma.

El caso es que la ficción transcurre a lo largo de dos días de luz y, finalmente, conseguimos la ansiada continuidad en el registro fotográfico. Todo ello sin retrasos en el plan previsto.

¿Les unió más el hecho de rodar en exteriores?

FEDERICO LUPPI: Sí, nos sirvió de ayuda el hecho de filmar lejos de la ciudad, lejos de los parientes y de todos esos asuntos cotidianos que llevan a la distracción.

Alterio y yo habíamos coincidido previamente en películas como Caballos salvajes (1994), de Marcelo Piñeyro, y Las huellas borradas (1999), de Enrique Gabriel, pero ésta fue una ocasión estupenda para que los tres, incluido Pepe Soriano, hiciéramos balance de las experiencias compartidas.

Surgieron en nuestras conversaciones recuerdos del sindicalismo actoral y del teatro independiente; anécdotas y sensaciones que, poco a poco, nos hicieron caer en la cuenta de lo viejos que ya somos.

Como el libreto nos gustaba por igual, los tres estábamos de acuerdo en que disponíamos de las mejores condiciones posibles para trabajar. Al final del rodaje, cada uno sabía algo más de los otros.

De esta amistad también podríamos decir que fue previa a la hecatombe y es que a los pocos días de concluir la filmación, detonó la crisis económica y un incendio inapagable recorrió Argentina, Brasil y Uruguay.

Para nuestra suerte, el de El último tren fue un rodaje anterior al desastre, lo cual nos permitió filmar sin necesidad de distanciarnos del dolor.

La situación contraria –construir un personaje en medio de semejante tribulación– hubiera significado una terrible experiencia.

A este alivio, sin embargo, corresponde un mal recuerdo.

En 1982 rodé Plata dulce a las órdenes de Fernando Ayala. Era un relato sobre la hiperinflación que manejó el ministro de Economía, José Martínez de Hoz.

El argumento aludía a un fenómeno muy divulgado: con la revaluación del peso, los argentinos viajaban por el mundo diciendo «Déme dos» allá donde entraban a comprar.

Cuando comenzó la filmación, todos teníamos que convivir con la noticia de que los soldados argentinos habían desembarcado el 2 de abril en las Malvinas. En fin, todo aquello fue una demencia.

Con el curso de la guerra, nuestro trabajo adquirió un tono casi agónico. Pese a la falta de sueño y a la amargura, debíamos repetir diariamente nuestros diálogos sin que se notara un tono angustioso, que hubiera sido más acorde con la realidad.

El último golpe de claqueta coincidió con la rendición argentina, el 4 de junio. Con esto se explica por qué guardo una memoria tan tenebrosa de aquel filme y por qué prefiero lo ocurrido con El último tren.

En este último caso, todo fue a su debido tiempo: terminamos y después vino el lío.

DIEGO ARSUAGA: Es obvio que en Uruguay también sufrimos la crisis, pero con más de una peculiaridad que tiene que ver con nuestra idiosincrasia.

Pongo un ejemplo: en toda Latinoamérica se ha generalizado la venta de empresas públicas. Pues bien, cuando nuestro Parlamento votó la ley que permitía esa operación, hubo un movimiento popular en contra.

Muchos uruguayos reunieron firmas y al cabo se celebró un referendum que permitió derogar dicha ley. Por consiguiente, ahora nos encontramos tan mal como nuestros vecinos, pero en el peor de los casos, aún nos queda algo que vender.

Este es un asunto central en la película.

De otra parte, también es cierto que nos desagrada el riesgo. Tenemos miedo a los cambios, vengan éstos de la derecha o de la izquierda.

En realidad, el periodo glorioso de Uruguay llegó a su punto culminante en la década de los cincuenta. En adelante, la decadencia fue progresiva.

Hay un detalle que resume este proceso: mientras que nuestra cámara de diputados y senadores es un palacio que sintetiza el lujo del pasado, el edificio adyacente, construido no hace mucho, sirve como imagen de la pobreza.

Recuerdo lo que me dijo un director eslavo al saber que soy de Montevideo: «Esa es una ciudad donde parece que el futuro ya pasó». Esta frase proporciona la clave para definir a un país que se muestra titubeante, muchas veces temeroso, pero que extrañamente también obedece a impulsos coyunturales.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


Entrevista con Carlos Saura y Paco Rabal

pacorabal

Entre los proyectos de Luis Buñuel que no llegaron a prosperar figura un guión, Goya, presentado sin éxito a la Junta Magna del Centenario de Goya en Zaragoza.

Otro tanto ocurrió con el libreto en inglés La duquesa de Alba y Goya, que ofreció el director a la compañía cinematográfica Paramount Pictures en 1937.

Con esos antecedentes, la representación que del pintor aragonés hace Carlos Saura en su film Goya en Burdeos (1999) adquiere un tinte buñuelesco lleno de magia.

Para calibrar esta relación entre Goya y Buñuel, conviene antes recordar la confianza depositada por el realizador en su paisano y amigo: "De Carlos Saura, aragonés como yo, a quien conozco hace tiempo (incluso consiguió hacerme interpretar un papel de verdugo en su película Llanto por un bandido), me gustaron mucho La caza y La prima Angélica. Es un cineasta al que soy generalmente muy sensible, con algunas excepciones como Cría cuervos".

El elogio, que puede leerse en Mi último suspiro (1982), permite colocar a Buñuel en el centro del proyecto cinematográfico de Saura, muy relacionado con todo lo escrito en torno a Goya por el director de Calanda.

Todo ello salió a relucir en las preguntas que formulé a Carlos Saura y al actor Francisco Rabal durante el encuentro con la prensa celebrado el 4 de noviembre de 1999, tras el preestreno de Goya en Burdeos.

Goya en Burdeos, en el fondo y en la forma, viene a ser un gran homenaje a Luis Buñuel.

CARLOS SAURA: Todos sabemos que Buñuel es un extraordinario cineasta, pero además fue para mí un amigo entrañable, desgraciadamente perdido. Conversar con él era una experiencia maravillosa, dado que siempre tenía infinidad de ocurrencias. Y han sido esas charlas una fuente de inspiración muy considerable a la hora de redactar mi guión sobre Goya.

Los diálogos de la película son, lógicamente, invenciones, pues el pintor apenas dejó constancia escrita de sus pensamientos, más allá de su conocido epistolario con Zapater. Por esa razón, a la hora de rellenar las diversas lagunas de su personalidad, opté por atribuirle frases que yo había escuchado decir a Buñuel; no en vano considero que son muchos los paralelismos existentes entre ambas figuras.

Lo cual viene a justificar otro detalle de la caracterización: cuando Francisco Rabal me preguntó cómo veía yo al personaje, le dije que debía imitar, con cierta mesura, el habla de Luis Buñuel.

A la vista de algunas secuencias, me parece que tal imitación casi resulta exagerada, y yo estoy viendo ahí a un Buñuel redivivo. En este sentido, hay que reconocer que esa inspiración era esencial para ambos.

Don Francisco, usted conoció muy bien a Buñuel. ¿Cómo ha logrado apropiarse de sus rasgos para interpretar a Goya?

FRANCISCO RABAL: El Goya que interpreto padece, como Buñuel, la sordera y el exilio, que es una de las cosas más tristes del mundo. Indudablemente, su recuerdo ha sido habitual durante todo el rodaje y, aun en este momento, sigue emocionándome. Buñuel era un hombre encantador, de una gran dulzura.

Cierto que a veces mostraba una faceta más brusca, pero esa violencia... esa violencia traslucía la ternura de su carácter, que él volcaba de forma muy significativa sobre los humillados, sobre las personas más desfavorecidas.

Por esa humanidad, este recuerdo que conservo de Luis es el de alguien que llegó a ser extremadamente familiar para mí. De hecho, al conversar, siempre me llamaba "sobrino", mientras que yo hablaba de él como "mi tío".

En cierto sentido, sigue vivo para mí. Sueño mucho con mis parientes desaparecidos -mi padre, mi hermano- y también sueño con Buñuel, en quien hallé un segundo padre.

Con el paso del tiempo, se convirtió en una presencia continua en mi vida. Nos conocimos cuando me llamó para interpretar el papel de Nazario en Nazarín, un título que renovó mi carrera y motivó mi proyección internacional.

Hábleme de ese primer encuentro.

FRANCISCO RABAL: Fue sencillo: recién llegado yo a México, al poco de saludarnos, hubo una simpatía recíproca que convirtió aquel primer contacto en amistad. Una amistad que se prolongó en su familia, a tal extremo que continúa hoy el afecto que siento por sus hijos Juan Luis y Rafael, y también por su sobrino, Pedro Christian García Buñuel.

Traté asimismo al hermano de Buñuel, Alfonso, fallecido en 1961.

Por desgracia, la muerte nos va arrebatando a todos los integrantes de aquella generación... Perdimos hace poco a Rafael Alberti, muy querido por mí.

Un superviviente de aquella generación, Pepín Bello, me dijo que le enviase un abrazo de su parte.

FRANCISCO RABAL: Por suerte Pepín aún esta nosotros. Y Buñuel... Buñuel sigue presente en todo cuanto hago y siento. Es más: aún atiendo sus consejos cada día, fascinado por aquel universo creativo que supo componer con su enorme talento. De ahí mi alegría por este homenaje que se le haya podido rendir con la película Goya en Burdeos.

Goya en Burdeos es cine aragonés en estado puro. No sólo salen a relucir Goya Buñuel. También Baltasar Gracián.

C. SAURA: Como indicaba, hay mucho de Buñuel en este largometraje. Y es cierto, nos movíamos entre aragoneses, dado que, aparte de mí, lo eran Goya, Buñuel y Baltasar Gracián, un escritor a quien siempre he admirado y que, además de inspirar numerosas imágenes a Goya, también me ha servido como estímulo en algunas de mis películas, incluida esta última.

He hablado muchas veces con Luis de la obra literaria de Gracián, que siempre le influyó mucho.

Por otro lado, puestos a extender el paralelismo entre Goya y Buñuel, pienso que, de haber vivido en nuestros días, el pintor podría haber sido también un cineasta. El cine es un medio idóneo para manejar la memoria y también para combinar la realidad cotidiana con otros estados que la deforman. Cuestiones que, salvando las distancias, Goya puso en práctica de una forma muy lúcida.

En concreto, la secuencia que ilustra los títulos de crédito parece aludir a los carnuzos que tanto fascinaban visualmente al realizador.

C. SAURA: Tú debes de ser aragonés si sabes esas cosas... Pero esa secuencia no se refiere tanto a los carnuzos de Buñuel, como a un hermoso cuadro de Rembrandt, El buey. No es una cita casual, pues Goya decía que sus grandes maestros eran Velázquez, Rembrandt y la naturaleza.

F. RABAL: Esa forma de ser de Buñuel, tan semejante a la de Goya, me ayudó mucho en mi actuación. Ha sido ésta una de las ocasiones en que he trabajado con mayor profundidad el personaje, metido dentro de su piel, maravillado por todos los detalles del rodaje. Siguiendo la ya citada indicación de Carlos, me tomé la libertad de imitar a Luis.

Lo cierto es que yo hubiera acentuado esa imitación, pero Saura no lo consideró adecuado. Simplemente, me decía: "Piensa en Buñuel", y pensar en él era dejarme llevar por su sombra protectora.

Aparte de esta presencia familiar, me sirvió de inspiración leer muchos libros sobre Goya y su obra, y también visitar en numerosas ocasiones el Museo del Prado. Pero sobre todo me ha servido la asistencia de Carlos, sin olvidar el hecho de que, físicamente, me parezco bastante a Goya, sobre todo cuando me he ido haciendo mayor. Por otro lado, Buñuel me habló de su proyecto sobre Goya.

¿Y qué le dijo?

F. RABAL: Solía destacar una secuencia un tanto escatológica: el pintor y un amigo suyo aparecen haciendo sus necesidades en medio del campo mientras hablan de la vida.

A su modo, con ese planteamiento, también pretendía hacer del artista alguien más humano.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


Entrevista con el director de fotografía Fernando Arribas

FernandoArribasFernando Arribas es uno de los mejores directores de fotografía del cine español. Fue presidente de la Asociación Española de Autores de Fotografía Cinematográfica (AEC) y cofundador de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Asimismo, ha participado en míticas producciones internacionales como Por un puñado de dólares (1964), de Sergio Leone, y Patton (1970), de Franklin J. Schaffner. Las declaraciones recogidas en este artículo proceden de una entrevista que me concedió a mediados de 1999.

Conocí al director José Luis García Sánchez cuando él aún era un «meritorio», esto es, un aprendiz de la industria del cine. Coincidimos en el rodaje de Nueve cartas a Berta (1965), de Basilio Martín Patino, película cuyo director de fotografía era Enrique Torán.

A modo de curiosidad, debo añadir que en dicha filmación nos reunimos varios de los futuros directores de fotografía del cine español, pues el ayudante de cámara era Teo Escamilla, el fotógrafo era José Luis Alcaine y el operador de cámara era yo. Y como José Luis es primo de Basilio, también apareció por allí.

De un modo natural, ese encuentro desembocó en una amistad que dura desde entonces, y que ha fructificado en un extenso trabajo en común. Desde la primera película que él dirigió, El love feroz (1972), hemos realizado juntos muchos largometrajes, vídeos musicales e incluso montajes de teatro. Después de compartir tantas experiencias, ya lo considero como un hermano.

En calidad de director de fotografía, he intervenido en varias películas de José Luis, entre ellas Divinas palabras (1988) y El vuelo de la paloma (1989). Pero, sin excepción alguna, nuestro rodaje más complicado fue el de Tirano Banderas (1993). Llegado el momento de poner en imágenes la obra de Valle-Inclán, nos trasladamos a Cuba.

Tan sólo éramos cuatro los españoles del equipo, integrado en su inmensa mayoría por cubanos. Durante la filmación sentimos una gran soledad, a lo que hay que sumar el enorme esfuerzo que supuso completar el trabajo en las ocho semanas que teníamos previstas. Aunque Cuba tiene muchas ventajas, también es cierto que a la hora de rodar existen inconvenientes, y entre ellos figura el hecho de que resulta difícil que no se alargue el periodo de rodaje. En nuestro caso, dejándonos la piel en el empeño, logramos completar la tarea con un solo día de retraso. Así, pues, por las enormes dificultades que entrañó, Tirano Banderas es mi obra favorita.

En todo caso, no ha sido ésa mi única experiencia en Hispanoamérica. He tenido la ocasión de rodar películas en México, Costa Rica, Panamá y Puerto Rico.

También he filmado en Argentina, donde fui director de fotografía de Camila (1984), de María Luisa Bemberg. En esa oportunidad, también los españoles éramos una minoría, pues a excepción de su protagonista, Imanol Arias, y de mí, todo el equipo de aquel filme era argentino.

La relación con María Luisa Bemberg fue maravillosa. Sin duda, era una mujer excepcional, encantadora, dotada de una tremenda resistencia física y buena defensora de los movimientos feministas internacionales. Por otro lado, sabía delegar funciones en su equipo, mayoritariamente femenino.

Además, María Luisa venía a España con cierta frecuencia, y siempre que lo hacía, solía llamarme y teníamos la oportunidad de charlar.

Con frecuencia, pienso que fue una lástima que Camila no recibiera el Oscar ese año, dado que era una obra de buena calidad. Por muy diversas razones, entre ellas políticas, la película obtuvo un grandísimo éxito en Argentina, donde llegó a permanecer un año y medio en el cine donde se estrenó.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

Entrevista con el director de fotografía Guillermo Navarro

GuillermoNavarroEl mexicano Guillermo Navarro es uno de los más prestigiosos operadores del panorama actual. A sus trabajos en el cine mexicano y español hay que sumar una interesante trayectoria en Hollywood, pues ha sido el director de fotografía de títulos como Jackie Brown (1997), de Quentin Tarantino, y Stuart Little (1999), de Rob Minkoff. No obstante, sus películas más populares nacen de la colaboración con Robert Rodríguez: Desperado (1995), Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Down, 1996) y Spy Kids (2001). Las declaraciones aquí transcritas corresponden a la entrevista que le hice el 18 de abril de 2001.

Antes de comenzar mi trabajo como director de fotografía en Estados Unidos y España, desarrollé esta carrera en mi tierra natal, México, donde fui el operador de películas como Amor a la vuelta de la esquina (1985), de Alberto Cortés, Intimidades de un cuarto de baño (1989), de Jaime Humberto Hermosillo, Cabeza de Vaca (1991), de Nicolás Echevarría, y Cronos (1993), de Guillermo del Toro.

A través de ese vínculo con la industria de varios países, he podido experimentar lo enriquecedora que puede resultar la tarea compartida con profesionales de distinta nacionalidad.

La relación cinematográfica entre México y España ya disfruta de una valiosa tradición de coproducciones y de artistas que han trabajado en los dos países —pensemos en Buñuel y en otros muchos realizadores—. Esa relación entre México y España permite al cineasta nutrirse de nuevas experiencias, de nuevas actitudes...

Lo más importante para quienes practicamos este oficio del cine es que nos coloquemos en esa posibilidad de intercambio. Una posibilidad profesional cuyas repercusiones no sólo son económicas, sino también creativas.

Hablando de todo esto, una película muy significativa es Cabeza de Vaca, protagonizada por Juan Diego. Sin lugar a dudas, el trabajo fotográfico que requirió esta producción fue muy complejo, dado que se trataba de reflejar la mirada de un occidental, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recién llegado a ese mundo que para él era nuevo. Y hago esta diferencia porque hoy disfrutamos de un rico bagaje de imágenes que nos permite componer en nuestro inconsciente aquellos naufragios y la naturaleza de las tierras que debió de contemplar el viajero. Pero él asistió a esos acontecimientos por primera vez, y éste es justamente el sentimiento que pretendíamos captar en el filme.

El director de fotografía debe demostrar un buen entendimiento con la oscuridad, porque para generar la imagen cinematográfica debe iluminar artificialmente esa oscuridad.

Y esa imagen de la que hablo compone la gramática de la historia. El operador ha de captar aquellas imágenes que contribuyan al desarrollo dramático del relato, sin distanciarse en modo alguno de éste. Todo eso es algo que puede verse en películas como Cronos y El espinazo del diablo, en las cuales he colaborado con Guillermo del Toro.

He podido afincarme en Los Ángeles, donde he trabajado junto a Robert Rodríguez, Quentin Tarantino y otros realizadores. De todos modos, aunque es evidente esa expansión internacional de los profesionales mexicanos, también se da un ascenso tremendo de la industria cinematográfica de mi país, que se refleja en películas como Amores perros (2001).

No obstante, es complejo explicar los problemas de una cinematografía como la mexicana, con todo ese potencial humano y creativo. Para empezar, existen dificultades en el ámbito de la exhibición, que dificultan la amortización de una película en territorio nacional. No es ajena a ello la presencia de la industria estadounidense. Una solución a ese tipo de dificultades puede ser la coproducción. Lógicamente, también sería beneficioso el hecho de que las películas mexicanas se distribuyeran adecuadamente en el exterior.

En cierto modo, es un problema de naturaleza filosófica, ya que en Latinoamérica es difícil que un país acoja en sus salas de cine un largometraje producido en el país vecino. De hecho, hay muchas ocasiones en que una película debe conseguir el favor internacional para que tenga el espacio que merece en su país de origen.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

Diálogo con Salma Hayek

Salma Hayek

Considerada por la audiencia nortemericana una de las figuras más atractivas de Hollywood, Salma Hayek protagoniza un curioso dilema. Por un lado, su imagen satisface una demanda incesante de sensualidad. Por otro, sabe moverse como nadie en los despachos donde las fortunas se multiplican. Inmune a las habladurías y a los chismes, se presenta ante nosotros como una emprendedora que modera su ambición con un claro compromiso: la defensa a ultranza de la comunidad latina en los Estados Unidos.

Apareció en la prensa hace poco, y probablemente refleja esa parte frívola, muy frívola, que por suerte colorea la condición humana.

A la empresa de investigaciones de mercado E-poll se le ocurrió preguntar al personal por los intérpretes más sensuales de Hollywood. Lo cual, visto el panorama, viene a ser un pleonasmo. Pero a lo que iba. Esa empresa hizo la encuesta entre los estadounidenses, no importa con qué muestreo, y el resultado puso en orden la moderna jerarquía de bellezas cinematográficas.

A sus cuarenta esplendorosos años –¿hay una edad mejor?–, Salma Hayek encabeza este listado, por delante de criaturas tan vistosas como Jessica Alba, Halle Berry, Beyoncé Knowles y Jessica Biel.

Antes de dedicarle unas líneas al caso de Hayek, permítanme un inciso.

Hubo un tiempo ya muy lejano en que los departamentos de publicidad de Hollywood tenían ocurrencias menos obvias. Así, en la prensa del ramo, se diagnosticaba el buen humor, el grado de cultura o la sofisticación de una estrella.

De un tiempo a esta parte, no pasamos del deseo y la fotogenia, lo cual es francamente necesario en el celuloide, pero acaso no tanto como se quiere creer. Es más: el glamour es una forma de vida en desuso, y no son muchos los que quieren revalorizarla.

Pero me desvío del asunto. Y el asunto es que Salma Hayek, pese a colarse en cabeza de dicho listado, es mucho más que una mujer deseable.

Gracias al equipo de prensa de Filmax, tuve la ocasión de conocerla en Madrid. Junto a otros compañeros, pude fotografiar a Salma en el hotel Ritz, y luego comprobé lo inteligente que esta actriz llega a ser en el diálogo con los periodistas. Un diálogo que, como casi todo el mundo sabe, suele estar erizado de lugares comunes y daños colaterales.

Hayek promocionaba Pregúntale al viento (Ask the Dust), una cinta de Robert Towne, producida por Tom Cruise y basada en la novela homónima de John Fante.

A quienes no lo conozcan, les diré que Towne es uno de esos tipos que, pudiendo ser un genio reconocido, se empeña en lanzarse contra todos y cada uno de los escollos que se alzan en su travesía.

Entre sus guiones, figuran los de Chinatown, Misión Imposible y El último deber. Sus calamidades personales se resumen en esta idea: Towne sigue viviendo en la California de 1965, con todo lo que ello significa.

Alguien empeñado en rescatar a Towne del abismo es Warren Beatty. Sabiendo lo mucho que esta película suponía para su amigo, quiso convencer a Salma Hayek para que diera vida a la protagonista.

“Hace ocho años –nos dijo la actriz–, rechacé el papel. Pero Warren me convenció de que leyera el guión otra vez. A lo largo de esos ocho años, yo había crecido, y eso me permitió descubrir en el guión cosas que no había visto al principio. Antes yo no entendía bien a los personajes. Ni siquiera le veía lógica a la historia de amor. Ahora me encanta. ¿Por qué? Pues porque en el amor no siempre hay lógica”.

En el amor, probablemente no. Pero en los negocios la lógica es implacable.

De ahí que Salma se haya asociado muy recientemente con los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) para crear un nuevo sello cinematográfico, Ventanazul.

¿Su objetivo? Obtener beneficios en un mercado creciente: el hispano. Para lograrlo, Ventanazul fomenta los temas y el talento latinos.

Asociada con José Tamez, Hayek promueve esta nueva compañía en un contexto sumamente dinámico.

De hecho, MGM pretende transferir a celebridades como Salma parte del control creativo en sus producciones, de suerte que el lanzamiento y la promoción de las películas mejoren gracias a la implicación personal de las estrellas.

El reparto de tareas está decidido: Hayek será presidente de Ventanazul, y el experimentado Tamez será el encargado de producción. En el comunicado oficial que firma la actriz, se indica que Ventanazul estará “especializada en el mercado hispano sin aislar al resto del público”.

No me sorprende mucho, la verdad. Salma ya ha demostrado su virtud en las salas de negociación en múltiples ocasiones. De hecho, una de las teleseries de moda, Ugly Betty (una buena versión del serial colombiano Betty la fea) cuenta con su patrocinio.

También, volviendo a su faceta militante, comprendo que esa actitud vaya siempre acompañada por rasgos de coraje cívico. En el encuentro que les indiqué, afirmó algo que tiene mucho que ver con eso.

Todo surgió a raíz de un comentario acerca de la situación de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, durante la década de los treinta. “Desde ese periodo –nos dijo–, las cosas han cambiado mucho. En 1930 ni siquiera estaba mal visto el hecho de ser racista. Ahora se entiende que es políticamente incorrecto. De todos modos, la situación debe cambiar aún más. Por eso apoyo que se les den los mismos derechos a los indocumentados que están trabajando. Eso es lo correcto, en lugar de tratarlos como a criminales”.

A lo largo de su carrera, papeles como el de Frida Kahlo en Frida (2002), de Julie Taymor, o el de Camilla, emigrante mexicana que sobrevive a la depresión económica en Pregúntale al viento, contrastan con otros que ponen en órbita una imaginación más (digámoslo así) terrenal.

A esta última categoría pertenecen films de consumo rápido, como El gran golpe (After the Sunset, 2004), de Brett Ratner, y Bandidas (2006), de Joachim Roenning y Espen Sandberg. Cintas, para entendernos, en las que las líneas de diálogo no suelen ir subrayadas en rojo.

“¿El papel de mi vida? –nos decía Salma–. Es muy difícil saber eso… Todos los papeles son importantes. Hasta ahorita hay algunos papeles de los que estoy muy orgullosa y que me han gustado mucho. Espero que, obviamente, haya muchos papeles así en el futuro”.

Productora, actriz, directora (suya es la película independiente El milagro de Maldonado) y pasto fresco para la prensa. Todo eso es Salma. Una combinación de ésas que producirían un curioso vértigo, o una indigestión del café, si nos refiriésemos a alguien con menor poder de convicción.

Pero fíjense, hace ya bastante tiempo que Salma del Carmen Hayek Jiménez, veracruzana con familia en Texas, abandonó ese catalogo de actrices intercambiables, de quienes solemos decir que son bellas porque no se nos ocurre otra maldita cosa.

Es ahora, precisamente ahora, cuando sale a relucir su formación. Porque Salma es hija de una cantante de ópera, Diana Jimenez, y estudió Relaciones Internacionales antes de triunfar en dos telenovelas, Un nuevo amanecer (1988) y Teresa (1989), producidas por Televisa, la misma cadena que ahora parece darle la espalda.

Incluso estoy convencido de que fue una de las alumnas más aplicadas en el taller interpretativo de Stella Adler. De otro modo, no hubiera podido convencer a Allison Anders para que le diese una oportunidad en Mi vida loca (1993).

Con todo, siempre la recordaremos como la cálida musa de Robert Rodríguez. Acaso porque nunca se la verá tan guapa como en tres cintas de este realizador: Desperado (1995), Four Rooms (1995) y Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996).

¿Dije guapa? En tal caso, conviene escribirlo en papel satinado, de ése que emplean los fotógrafos publicitarios. De hecho, reviso su trayectoria y compruebo que fue contratada por Revlon (1998) y por Avon (2004) para posar ante las cámaras precisamente por eso. Por guapa.

Algo que nos vuelven a recordar los ínclitos doctores de E-poll, empeñados en poner en negrita lo que ya es una obviedad.

Copyright © de la fotografía de El gran golpe, New Line Cinema, 2004, publicada por cortesía del departamento de prensa de Tripictures.

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