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Biografía de Jeff Bridges

Índice de Artículos
Biografía de Jeff Bridges
Primeros papeles
El salto a la fama
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Biografía de Jeff BridgesJeff pertenece a la saga de los Bridges: una familia de actores que se halla ligada a la memoria de tres generaciones de espectadores.

El recuerdo de los Bridges siempre se repone a través del voraz circuito audiovisual de Estados Unidos, bajo la apariencia de teleseries –Caza submarina viene a ser un Bonanza acuático– o películas, y en tal caso toda la familia cuenta, aunque el más joven, Jeff, el que quiso ser cantante y acabó ilustrando los carteles de las grandes producciones, es el más conocido, el más admirado y, cosa más difícil, respetado.

Jeff Bridges obtuvo nada más nacer (Los Ángeles, 4 de diciembre de 1949) el amparo artístico de su padre, Lloyd, y la complicidad de su hermano, Beau, con quienes evoca ahora tiempos más difíciles desde una atalaya siempre alejada de la polémica.

Así como el padre era todo optimismo y el hermano mayor es inquieto y entregado, Jeff se enfrenta a su profesión lleno de entusiasmo, como un investigador aventajado de sus posibilidades interpretativas.

"No he eclipsado la popularidad de mi padre –llega a decir–. Si se hiciera una encuesta, probablemente quedaría en evidencia que a mi padre le conoce más gente que a mí. La serie que él protagonizó, Caza submarina, fue un auténtico fenómeno. Reconozco que probablemente nunca hubiera sido un actor si mi padre no lo hubiera sido ya y es obvio que no lo hubiera tenido tan fácil".

Aparte de mostrar un creciente talento en las pantallas, una faceta en la que no guarda secretos, el actor sabe dividir el mundo entre su gente –los amigos, la familia– y los demás, los que no le conocen. Es decir, los que no aprecian esas imágenes de Jeff, Beau y el viejo Lloyd cómodamente instalados entre la maraña rebelde de sus hijos, atentos siempre a esa condición de clan que el abuelo Bridges impuso a su descendencia.

De todo lo dicho por Jeff Bridges a la prensa se colige que, a pesar de la fama y gracias quizás a un carácter soñador pero sensato, el actor conoce el secreto de la estabilidad, punto de partida indiscutible para una inspiración continuada y ajena a arrebatos poco duraderos, casi siempre casuales.

Después de cada rodaje, cansado de la evocación continua que representa para él la interpretación, se abandona en un hogar que disfruta con su familia y con algunas amistades que, convocadas en próspero gabinete de trabajo, comparten las paredes de su estudio privado de grabación para componer canciones o esperar que Jeff se deje llevar, en solitario, por los sonidos de su guitarra eléctrica cuando se manifiesta, o al menos brilla por un momento su vocación musical oculta.

Luego de este descanso, los guiones esperan, con el listón personal más alto y el deseo constante de armonizar, siempre en el umbral de la madurez, una cordial vida interior con un talante interpretativo exigente y poco acomodaticio.

El mismo ejercicio personal de búsqueda de la felicidad que su padre le enseñó a entrever y que él transmite ahora a sus hijas.

Tal vez no sea recomendable comenzar esta semblanza con el momento en que el protagonista de estas páginas viene al mundo.

A buen seguro conviene retroceder un tiempo atrás, cuando un actor de manías ingenuas y disciplina a prueba de horarios se enamora perdidamente de una joven actriz, reviviendo en la realidad una escena que explicaría la razón de cientos de ficciones cinematográficas.

Hijo de actores

De vista sólo, el actor había conocido en 1938 a aquella aspirante rubia de mejillas marcadas y mirada brillante, pero su disposición pronto habría de cumplir el deseo de una familia, la familia Bridges.

Lloyd, que ese es el nombre del actor, vivía gracias a los contratos que la industria del cine le aseguraba como actor secundario –papeles de amigo fiel del protagonista o de heroico compañero de armas que perecía mediado el metraje– y se inspiraba gracias a una inquebrantable pasión por el teatro.

Sólo a la llegada de los primeros papeles protagónicos se habría de despejar el camino que le daría la fama: la interpretación de series televisivas.

Casado con Dorothy, la joven aspirante, el mundo se le hace pequeño al impulsivo Lloyd. Así las cosas, pronto los Bridges reciben a su primer hijo, en 1941, Y le llaman Lloyd Vernet, aunque todos le conocerán en lo sucesivo por el nombre de Beau, como recordando uno de los personajes que suponen la fama de Gary Cooper.

El pequeño guarda un extraordinario parecido con su progenitor y eso hace aún más emotivo el ambiente familiar... Bueno, al menos hasta el 4 de diciembre de 1949, día en que un robusto niño de ojos azules, sonriente y amable, se encarga de destronar al príncipe Beau.

El pequeño se llama Jeffrey y la experiencia va a demostrar que ha nacido para ser estrella de cine.

Tiene sólo cuatro meses y ya llora en brazos de la actriz Jane Greer –siempre inolvidable cono Antoinette de Mauban en El prisionero de Zenda (1952)– durante el rodaje de la película The company she keeps (1950), del director John Cromwell.

Lamentablemente, el pequeño actor se niega a interpretar su papel de niño que llora y sólo se le ocurre, como tiene por costumbre, sonreír cándidamente.

Al final, Jane Greer se ve obligada a pellizcarle bajo los pañales para recordarle sus responsabilidades profesionales.

Y sólo hay que revisar la escena en cuestión para comprobar el magnífico llanto con que Jeffrey regaló a los espectadores.

Lloyd Bridges se consolida gracias a una teleserie, Caza submarina, un hecho que, en palabras de su hijo Jeff, "fue estupendo para mi padre, porque le dio popularidad y seguridad, pero le encasilló tanto que el público llegó a creer que realmente se trataba de un buceador llamado Mike Nelson y no un actor llamado Lloyd Bridges".

Sin embargo, la serie en cuestión ligará definitivamente a Lloyd Bridges con el medio televisivo, por el que se confiesa fascinado, quizá por esa cercanía que tiene con el teatro, dado que, debido a los rigores del directo, no existe una segunda oportunidad para corregir un posible fallo o cambiar el matiz de una interpretación.

Cuando Jeff cumple ocho años debuta en la serie que protagoniza su padre: "Cada vez que tenían un papel para niño éramos Beau y yo quienes lo hacíamos".

Y así será como aparezcan en diversos episodios de series como The F.B.I. o The Lloyd Bridges Show, aunque sus mejores y más celebradas interpretaciones las lleven a cabo en el supermercado cercano a su casa.

Beau y Jeff simulan ante los compradores las escenas de este melodrama. Fingen violentas peleas que se prolongan hasta que algún policía decide cancelar esas improvisaciones artísticas tan poco edificantes para la comunidad.

Dorothy regaña a los hermanos, pero siempre Lloyd aparece a tiempo para calmar los ánimos. "Cuando mi madre quiere hablar de algo desagradable –indica Jeff– mi padre se pone a canturrear o dice ¿Por qué no hablamos de algo agradable?".

Llega el año 1953 y viene al mundo la tercera Bridges en discordia, Lucinda, que pronto se encarga de renovar las hostilidades fraternas.

Para desfogar el animoso carácter de los niños, Lloyd se los lleva a jugar a Sol Roma, las playas del norte de Malibú, y cansa a sus hijos con interminables sesiones de béisbol.

De esta forma, cuando vuelven junto a Dorothy, los tres hermanos, agotados por completo, parecen incluso pacíficos a ojos de su madre.

En cuanto a la estabilidad económica, ésta ya no supone una preocupación dado el éxito de Lloyd

De lo que no cabe duda es del buen carácter de Lloyd, cuya paciencia se va a poner a prueba cuando los oscuros personajes del Comité de Actividades Antiamericanas le llamen a declarar, algo que al actor, con amigos de todas las ideologías, le repugna.

La sospecha recae sobre él por la sencilla razón de que forma parte de numerosos grupos de actividades benéficas.

Finalmente, como recuerda su hijo Jeff, se las arregló hablando ante el Comité de gente que ya había muerto.

El mal trago no parece desanimar a Beau y Jeff, y ambos deciden que la carrera artística puede ser algo tan apasionante como sus correrías juveniles.



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