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Diálogo con Alain Delon. "Astérix en los juegos olímpicos"

AlainDelon

Thomas Langmann y Frédéric Forestier, jóvenes directores de Astérix en los juegos olímpicos, recorren un pasillo del Hotel Palace. A su derecha, camina Santiago Segura, y un poco detrás, la bellísima modelo Vanessa Hessler. En otras circunstancias, cualquiera de ellos atraería la atención de los reporteros. Pero quien hoy concentra todas las miradas es un mito del cine internacional y uno de los intérpretes más atractivos de la Historia del Cine.

Me refiero, por supuesto, al incombustible Alain Delon.

A decir verdad, nunca acabaremos de acostumbrarnos a los mitos. Y es curioso que sean precisamente ellos quienes, cuando la ocasión lo requiere, intenten darse aires de normalidad. Les digo esto porque hoy me asalta una duda: ¿cómo es posible que, con una trayectoria legendaria, Alain Delon se acerque a nosotros sin un solo gesto de vanidad?. No sólo eso: se muesta, además, amigable y risueño.

Frente a nuestras cámaras posa como un caballero. Los que aún vibran frente a los maestros de la seducción aceptarán su presencia como un privilegio. Delon sonríe, tranquilo, mientras se hace una idea de cuántos reporteros le observamos. Parece más bien fuera de foco, y no logro que mire a mi objetivo.

De pronto, toma de la mano a Vanessa Hessler y da por terminada la sesión. Me quejaría de esa actitud si no supiera que forma parte de un juego encantador. Mientras se acerca a la mesa donde responderá a nuestras preguntas, el viejo león sonríe, pícaro, y parece alardear se esa actitud libre y espontánea.

Langmann y Forestier miran de reojo el enorme cartel de Astérix en los juegos olímpicos, la película que vienen a promocionar.

A su lado, Delon demuestra que, por un curioso fenómeno biológico, no ha cambiado desde que rodó en 1998 Uno de dos, de Patrice Leconte.

No me atrevo a decirle que la primera película suya que vi en el cine fue también una de las peores: Aeropuerto 80, de David Lowell Rich. Para no caer en esa provocación, decido plantearle una duda convencional. “Usted es más que un actor”, le digo. “Es un mito. Y como tal, no sé hasta qué punto es consciente de que puede atemorizar a un director joven”.

Cuando acabo de plantear la pregunta, Thomas Langmann asiente como diciendo “¿Cuándo diablos lo has advinado?”.

“A lo largo de mi carrera profesional –me responde Delon–, he rodado con intérpretes de la talla de Jean Gabin o Burt Lancaster… Y yo sentía esa misma aprensión. Era muy joven, y a través de ese tipo de experiencias es como aprendí mi oficio”.

Langmann aprovecha este momento para explicar que la elección de un actor de esa talla implicaba cierto temor… y también una inmensa felicidad. Desde luego, el casting fue todo un acierto. No hay más que ver el interés que tienen otros compañeros periodistas en plantear preguntas a la estrella.

“El tener popularidad –dice Delon– significa que lo has hecho bien. De lo contrario, debería cambiar de oficio. Cuando alguien, en cualquier lugar, me da las gracias por mi trabajo, eso me emociona muy sinceramente. No soy un cirujano que salve vidas… Soy un actor, y me produce una inmensa felicidad encontrar ese reconocimiento”.

Es comprensible que Delon, un galán de pura cepa, encarnase los sueños de toda una generación. Por ello resulta curioso verlo encarnar a César en esta adaptación del cómic de Uderzo y Goscinny.

Claro que él nada tiene que ver con un emperador. “No hago películas –dice– para hallar una identidad propia. Hago películas desde hace cincuenta años porque soy un intérprete. Me dedico al cine porque quiero identificarme con los personajes, no para identificarme conmigo mismo”.

Dirigido por René Clément, produjo escalofríos en A pleno sol. Luchino Visconti le dio magníficos papeles en Rocco y sus hermanos y El gatopardo. Protagonizó cintas policiacas inolvidables, como El silencio de un hombre, de Jean-Pierre Melville. Incluso se permitió bromear junto a Jean-Paul Belmondo en Borsalino, de Jacques Deray. ¿Es posible mirar al futuro cuando el pasado es tan espléndido?

“Sin duda –dice–, debo mucho a todos aquellos con los que trabajé hace muchos años, y que ya no están entre nosotros. Debo mucho a Visconti, a Clément, a Melville, a Joseph Losey y a tantos otros... También quiero recordar uno de mis mayores éxitos populares: un filme que rodé en España a las órdenes de Chistian-Jaque, El tulipán negro”.

No es raro que Delon tenga afecto por esa película. Era un film de capa y espada en el que interpretaba al héroe: un tipo tan divertido como intrépido. Rodó esa cinta en 1963, el mismo año en el que intervino en El gatopardo a las órdenes de Visconti.

“Hace diez años –comenta– decidí abandonar este oficio. Ya no me apetecía seguir rodando películas… por razones totalmente personales. Me dediqué entonces a hacer mucho teatro y televisión. Cuando alguien me pregunta si echo de menos el cine, le contesto que no, porque lo he conocido todo y lo he tenido todo. Mi decisión ha sido quedarme con los buenos recuerdos y no conservar las malas experiencias. Pero si algo me gusta, me echaré atrás en mi decisión. Sólo los imbéciles no se arrepienten de una decisión”.

La nostalgia como tal no es mala, sino todo lo contrario. Pero lo que mueve a Delon parece algo muy distinto a la añoranza. “Una época –dice– empuja a otra. El cine del siglo pasado no es igual que el de ahora… Personalmente creo que el cine que conocí ya no existe… En todos los países hay personalidades cinematográficas. Pero estas personalidades no forman el cine: hacen cine pero no forman el cine de cada país. Hablo con conocimiento del medio, porque he trabajado toda mi vida con grandes figuras. Sólo quiero recordar a aquellos que desde hace cincuenta años me han permitido dedicarme al oficio más bello del mundo. Lo único que aún espero es hacer cine con alguna de las personalidades que siguen en activo, sean francesas, americanas o españolas. Me refiero a Spielberg, Bresson, Almodóvar… personalidades con las que no he trabajado y con las que me gustaría hacer algo antes de partir”.

Mientras pienso en lo que conlleva esta última frase, me acerco al actor. Un autógrafo y otra sonrisa me convencen de su cordialidad. Es una auténtica estrella. Algo raro en esta época de frivolidad y de figuras mediáticas a precio de saldo.

Mi última fotografía de la jornada encabeza estas líneas: Santiago Segura atiende al destello del flash, y Delon, como quien no quiere la cosa, demuestra con su mirada que el respeto nunca se da por supuesto. Se gana con dignidad e inteligencia.

Alain Delon y Santiago Segura en el Hotel Palace, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.


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