
Esta vez la sonrisa me pilla desprevenido. En realidad, los reporteros habíamos empezado a pensar que todas las fotografías de la sesión serían idénticas.
Frente a nosotros, Audrey Tautou, con sus manos entrelazadas, nos mira como una niña abrumada por un esfuerzo sobrehumano. Soy un periodista, no un astrólogo, así que me cuesta trabajo imaginar si este gesto de calidez será la promesa de momentos aún mejores.
Por ahora, me conformo con esa imagen de Tautou: distante, refinada, con la mirada fija en los cuadros y esculturas que nos rodean, y que prestan su identidad al Palacio de Linares. De hecho, sería difícil hallar un entorno más hermoso para fotografíar a la actriz.
Ni que decir tiene que la fama de Tautou creció súbitamente gracias a una película, Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, 2002), de Jean-Pierre Jeunet, cuyo prestigio en Estados Unidos la permitió protagonizar El código Da Vinci (The Da Vinci Code, 2006) de Ron Howard.
Qué curioso, ¿verdad? Eso del éxito... Visto en perspectiva, cabría hablar de suerte o de casualidad. Pero seamos sinceros, ¿se imaginan a otra actriz en la piel de Amélie?
Quien sube de ese modo los escalones de la popularidad corre el riesgo de hundirse de pronto, o lo que es más habitual, suele padecer un agotamiento nervioso, aireado a su manera por los paparazzi. Por fortuna, no es el caso. Además, me cuesta creer que Audrey Tautou pierda los nervios por algo. Conocerla sirve para descubrir a una mujer hermética, con un sólido mundo interior, nada similar a la jovencita idealista del film de Jeunet.
El motivo de nuestro encuentro de hoy es el estreno de Un engaño de lujo (Hors de Prix), una sofisticada comedia de Pierre Salvadori en la que Tautou encarna a Irène, bella cazafortunas que seduce a los ancianos millonarios de la Costa Azul. A lo largo de su aventura, Irène se desprende de los brazos de su penúltimo protector, conmovida por un camarero, Jean, a quien interpreta el estupendo Gad Elmaleh. Con una lógica implacable, el pobre Jean entiende que la imitación es un método de galanteo tan bueno como cualquier otro, y él mismo se emplea como gigoló para ganarse el corazón de Irène.
El guión de Salvadori y Benoît Graffin no oculta la admiración de ambos por el cine de Lubitsch, Howard Hawks, La Cava y Leisen. Me refiero a ese género que dio en llamarse comedias de teléfonos blancos, efervescentes en sus diálogos y capaces de rebajar la vanidad humana con inteligentísima ironía.
Eran otros tiempos, claro, pero es gratificante que un realizador francés se tome la molestia de recordarlos.
Pregunto a Audrey Tautou por este tipo de comedias, y creo que ella nota que la fórmula me fascina. “Conocía el genero –me responde–, pero no sabía si iba a sentirme a gusto en una cinta de esas características. En realidad, se trata de un registro de comedia pura, y nunca lo había hecho. Si acaso, había algo de ello en mi primer trabajo Venus, salón de belleza (Vénus beauté), de Tonie Marshall. Pero desde entonces no había tenido oportunidad de intervenir en este tipo de comedia sofisticada. La verdad es que me gustó muchísimo hacer algo así. Además, me divirtió la oportunidad de componer un personaje como éste, con el que no me identifico… Aunque tampoco sea tan mala chica”.
Rodar en la suite de un gran hotel, mientras los camareros del servicio de habitaciones se desviven por agasajarla… Ante eso no cabe la más mínima protesta, y Tautou prefiere agradecer esa oportunidad. “En realidad –dice–, para mí han sido como unas vacaciones. Sobre todo, después de filmar El código Da Vinci, que fue una experiencia extraordinaria, pero también muy dura y exigente. Para nada me veía en una película como la de Ron Howard, pero lo cierto es que me ofrecía la ocasión de trabajar con un equipo maravilloso, y junto a Tom Hanks y Jean Reno, dos actores que, desde luego, no son de los peores. Después de eso, fue estupendo tener la posibilidad de trabajar en mi lengua materna, con un equipo más ligero”.
A la vista de la película, se comprende que la filmación de Un engaño de lujo fuese placentera. Háganse cargo: Niza, Mónaco, Montecarlo… Cuanto más miro al entorno en que fue rodada, más lo pienso (y hoy, vive Dios, la envidia figura entre mis primeros instintos).
El apego de Tautou por esos lugares la sirve para explicar una intención: la de no ceder a todas las tentaciones que le llegan desde Estados Unidos. “Es difícil –reflexiona, bajando el tono de voz–, bastante difícil obtener un papel bonito en Hollywood… Hablo el inglés con acento, y eso me limita a papeles de francesa. Además, la fama es distinta allí. No sé… Las estrellas americanas no pasan desapercibidas en ninguna parte, y el anonimato es una parte de mi libertad a la que no quiero renunciar. No deseo sentirme demasiado expuesta, y por eso tampoco me apetece demasiado volver a Estados Unidos. En todo caso, mi decisión de rodar allí no tiene que ver con el hecho de que la película sea norteamericana. Simplemente, quiero tener la oportunidad de trabajar con buenos profesionales, sin que importe su nacionalidad”.
Al escuchar todo eso, pienso en la distancia que hay entre lo que tenemos y lo que merecemos tener. Esta joven posee agallas y luce su encanto, así que no me extraña que la hayan elegido para interpretar a aquella dama divertidísima y genial que fue Coco Chanel. “Ése es un proyecto en curso –dice, ilusionada–, pero no se conocerán los detalles hasta dentro de unos meses, porque aún se está escribiendo el guión”
Cuántas películas y cuántas cosas se han aculumado en su rostro desde el lanzamiento de Amélie... Quizá por esto rehúye el encasillamiento, y responde a quienes aluden al excesivo peso de aquel personaje. ¿Cansada de llevarlo a cuestas? “Ni mucho menos –responde –. Gracias a Amélie, he podido hacer un buen número de películas en mi país. En cualquier caso, no me sorprende que no hayan tenido difusión o éxito en España, porque el cine frances no tiene ni la fuerza ni la repercusión del cine americano. Si he de ser sincera, me encanta hacer películas en Francia, porque todavía subsiste allá un tipo de cine de autor que me gusta muchísimo”.
En asuntos de glamour y diversiones caras, Un engaño de lujo parece un manual de autoayuda. Y su protagonista es de esas personas que sabe apreciar la buena vida. Una sibarita, como a mí me gustan. “¿Preparación? –dice– No, la verdad es que no preparé mucho el papel de Irène. Pierre Salvadori es un excelente director de actores. Me proporcionó mucha confianza, y gracias a él, tuve la sensación de que este personaje, con sus vestidos de noche y sus tacones altos, ya tenía mucho recorrido. Así que no lo pensé mucho, y me tiré a la piscina”.
Ya la oyeron. Tirarse a la piscina... Esos son los pequeños placeres de este condenado mundo en el que vivimos.
Copyright © de la fotografía superior: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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