
Danny Boyle sabe que uno de los grandes inconvenientes de su oficio es la rutina. De ahí que sus películas desconcierten a quienes prefieren lo previsible.
Poco o casi nada hay en común entre Shallow Grave, Trainspotting, 28 días después, La playa y Sunshine. Diferencias aparte, sí es cierto que esta última materializa algunas de las obsesiones predilectas del realizador. A saber: el instinto destructivo, el aplomo en circunstancias extremas, la tendencia de los grupos a disgregarse, las sorpresas que remueven nuestra memoria y esos asuntos pendientes para los que no suele haber momento idóneo.
Créanme, Boyle es un hombre simpático. Muy simpático. Mientras echa un vistazo alrededor, observo que emplea la sonrisa para suavizar situaciones embarazosas –una entrevista, por ejemplo–. Seguro y reposado, limita su gestualidad física, como si de verdad se sintiera obligado a no alzar las manos de la mesa. En lugar de ello, dirige miradas llenas de intención, y en ocasiones, guiña un ojo con picardía.
¿Qué es Sunshine? Para empezar, la historia de un desastre y de una o varias redenciones. El sol agoniza y una astronave, el Ícaro II conduce un dispositivo nuclear diseñado para reavivar la actividad solar. “Viajar al sol es un ejercicio fabuloso desde el punto de vista visual –dice el realizador–, pero también es muy interesante desde el punto psicológico”.
Para procurar unas notas de cordura científica al desarrollo del proyecto, Boyle contó con un jóven científico británico, Brian Cox. Este último también ha viajado a España para promocionar la película. Parece un hombre tímido, y sin embargo, dispone de una indiscutible baza mediática: frente al achacoso estereotipo que luce su gremio, me hallo ante un tipo de buena presencia, risueño y jovial, que pasaría por cantante de un grupo indie a poco que se lo propusiera.
Desde el laboratorio de partículas del CERN, Cox intentó que el guión de Sunshine fuera razonable. Quiero imaginar que su reuniones de trabajo fueron de lo más movido. “De hecho, tuvimos que limar algunas asperezas –dice–, pero mis conocimientos resultaron más necesarios para la historia de fondo que para la trama”.
Pregunto a Boyle por esas asperezas. Y es que, a mi modo de ver, no debe de ser tan fácil conciliar el respeto por la ciencia y la necesidad de olvidarse de ella –¡Al diablo con Newton!– para dar vuelo a una aventura. “Desde luego –responde el director–, es magnífico tener a un experto a bordo. Alguien que cuide de que todo esté bien coordinado desde ese punto de vista teórico. Por suerte, Brian siempre fue consciente de que nos debía guiar el pragmatismo. La ciencia es importante, sí, pero en una película tienes que seguir adelante con el drama… Por ejemplo, en el Ícaro II hay un sistema de gravedad artificial. Es algo improbable, claro. Pero si hubieramos tenido que respetar la gravedad natural, aún estaríamos rodando. Lo mismo puede decirse del momento en que Cillian Murphy toca la superficie solar. Ya sé que es algo imposible, pero quise plasmarlo en imágenes”.
A media voz, Cox apostilla al director: “No es exactamente imposible –aclara–. Puede hacerse… pero muy, muy brevemente”. Por el modo en que nos mira, compruebo que el buen doctor acaba de imaginarse a Murphy pulverizado en una milésima de segundo, con sus moléculas chisporroteando junto a otros seiscientos millones de toneladas de hidrógeno.
Carl Sagan decía que la esencia de la ciencia es que se autocorrige. Tengo la imprensión de que, a su modo, la ciencia-ficción cumple con el mismo protocolo. No obstante, hay eruditos e investigadores para quienes Star Wars es un juego de niños. Otros, en cambio, sueñan con los canales marcianos de Edgar Rice Burroughs antes de diseñar un vehículo orbital. Cuando pido a Cox que se sume a uno de los dos grupos, no lo duda un instante. De hecho, hay cierto apremio en su respuesta. “Verás –me dice–, siempre he sido un amante de las estrellas. Nací en 1968, coincidiendo con el vuelo del Apollo VIII y su transmisión de imágenes de la superficie lunar. Fui uno de tantos niños fascinados por La guerra de las galaxias. Con solo once años, me llevaron a ver Alien, el octavo pasajero, lo cual supuso para mí una experiencia sumamente turbadora. Todo ello me hizo ver que la ciencia-ficción plantea grandes cuestiones existenciales. Creo que es un género inspirador, que refleja la conexión emocional que existe entre el estudio del universo y las inquietudes fundamentales del ser humano. Sin duda, Sunshine se sitúa en esa tradición, y lo hace de manera muy provechosa”.
“Has citado el 1968, ¿verdad? –añade Boyle alegremente–, y quiero decir que ése fue un gran año porque mi equipo, el Manchester United, ganó la Copa de Europa”. Cox se une a las risotadas de su amigo, pero no sé por qué, tengo la sensación de que no comparte la devoción de aquél por los diablos rojos.
Interrumpo el brindis futbolístico, y le propongo a Doyle otra duda. Sé que los interiores del Ícaro II se construyeron en el plató, pero los exteriores fueron diseñados por el equipo de efectos visuales de Moving Pictures Company. El trabajo infográfico fue sumamente laborioso, y acaso hubo algún momento en que esto impacientó al director. “Lo que sucede con una cinta como Sunshine –responde– es que tienes que acogerte al uso de efectos digitales. Y eso te obliga a ser paciente. De hecho, algunas tomas tardaron un año en quedar resueltas. De todas maneras, como diseñador, montador y operador, quise que los efectos se convirtieran en una parte orgánica de la película. Que crecieran con ella y se integrasen de una forma natural en el metraje. Valió la pena esperar. Te aseguro que algunas tomas digitales fueron tan asombrosas que, al verlas una vez terminadas, mis ojos se llenaron de lágrimas”.
Otro de los aciertos de Sunshine es su reparto. “Las estrellas no suelen funcionar en la ciencia-ficción –dice Boyle–. Hay alguna excepción, como Apollo XIII, de Ron Howard, pero lo habitual es lo contrario. Sin ir más lejos, eso es lo que ocurría en Alien. Ni siquiera Sigourney Weaver era una estrella en aquellos días. Y fijaos en la nueva versión de Solaris. A pesar de que Soderbergh es un buen director y de que George Clooney es un excelente intérprete, no parece un astronauta… Por eso es más conveniente recurrir a caras menos conocidas. Para completar el reparto de Sunshine, manejé otra certeza: dentro de cincuenta años los programas espaciales estarán costeados, en buena medida, por las economías orientales. Por eso la tripulación del Ícaro II está formada por asiáticos, europeos y americanos… Además, qué demonios, un reparto coral te permite ir matando a los personajes en el orden que te apetezca”.
Las audiciones se realizaron en Los Ángeles, Nueva York y Londres. “El papel de Capa –comenta Boyle– le correspondió al irlandés Cillian Murphy, con quien ya había trabajado en 28 días después. Al igual que sucede con Brian Cox, Cillian es guapo e irradia inteligencia (No hay justicia en el mundo). Con el mismo sentido, el plantel se enriqueció con actores de procedencia internacional: el neozelandés Cliff Curtis y dos estadounidenses, Chris Evans (la Antorcha Humana de Los Cuatro Fantásticos) y Troy Garity. También se incorporaron al rodaje la australiana Rose Byrne, el japonés Hiroyuki Sanada, y otra oriental, Michelle Yeoh, que ha sido la mejor chica Bond de la historia”.
Uno, que tiene su experiencia como espectador, ya ha percibido varias citas dentro de Sunshine. Referencias a clásicos del género, que le cuadran al panorama solar de Boyle. “No puedes evitarlo –confiesa, divertido–. Solaris, de Tarkovski, 2001 y Alien son titanes, gigantes dentro del género… En fin, el caso es que tienes que homenajearlos de cuando en cuando. ¿No te parece?”.
A decir verdad, se olvida de Naves misteriosas, pero no es el momento de buscar parecidos tan iconoclastas.
Copyright © de la fotografía (Danny Boyle en el hotel Santo Mauro): Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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