Diálogo con J.J. Abrams. "Star Trek"
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- Categoría de nivel principal o raíz: CARTELERA
- Category: Entrevistas
- Creado en 30 Abril 2009
- Published: 30 Abril 2009
- Escrito por Guzmán Urrero

Para J.J. Abrams, regresar a los orígenes de Star Trek cuando el público ya conoce seis series de televisión y diez largometrajes constituía todo un desafío.
Fascinado por los orígenes de la franquicia, decidió relatar las experiencias juveniles de James T. Kirk y el vulcaniano Spock en la Academia de la Flota Estelar, y su primera aventura a bordo del Enterprise.
Ahora que ya estamos de acuerdo en que Hollywood es significativamente más nostálgico que hace una década, casi no vale la pena preguntarse por las motivaciones de J.J. Abrams a la hora de rodar esta nueva entrega de Star Trek. Hay algo más destacable, y es que, pese a la escala del proyecto, el realizador ha inventado soluciones para problemas que parecían irresolubles. Con la simpatía que le caracteriza, nos habla de todo ello durante su visita a España.
Durante su escala promocional en Madrid, pregunto al realizador por las ventajas de emplear una sólida imagen de marca como Star Trek, cuyo impacto parece asegurado a largo plazo gracias a una legión de seguidores –los trekkies–, cuya razón de ser consiste en vigilar la pureza de este legado audiovisual. ¿De qué forma reacciona un creador ante un cúmulo de referencias tan precisas? ¿Separando lo de hoy y lo de ayer o empeñándose en ser fiel a todos los seriales y películas del canon trekkie?
“Para empezar –responde Abrams–, yo no era un seguidor de la saga Star Trek. Mi intención ha sido la de rodar un largometraje que pueda disfrutar todo el mundo, al margen de su ámbito de expectativas. Y dado que no era un fan, tampoco interpreté Star Trek como un texto sagrado”.

Está claro que Abrams tenía una comprensión global de lo que debía hacer: reimaginar la teleserie original, entendiendo el alcance actual de su contenido.
De ahí que no sorprenda el resultado: una utopía estelar que alimenta, en su mejor tramo, el interés de aquellos que también disfrutaron con la saga Star Wars.
Si saco a relucir La guerra de las galaxias es porque Abrams, con una insólita franqueza, reconoce que es George Lucas quien le brinda su irresistible lección. Por eso mismo, este nuevo capítulo de Star Trek se aleja del tono cerebral que algunos achacan a la serie de 1966.
La cinta de Abrams es un entretenimiento espontáneo, ligero, que nunca pierde el sentido de la acción, protagonizado por unos héroes creíbles y encantadores. De hecho, esta peripecia recupera los ingredientes habituales en la space opera, ese subgénero de la ciencia-ficción que acepta comparaciones con la épica de los piratas, la novela artúrica y el folletín de capa y espada.
Creador de series como Perdidos, Fringe y Alias, J.J. Abrams sabe cuál es el secreto de un buen guionista: no recalentar el plato y salir a tiempo de los callejones sin salida. A diferencia de esos guiones que parecen escritos en una pizzería, los de Abrams entretienen y estimulan la inteligencia del espectador. El libreto de Star Trek, según da a entender el propio cineasta, no es una excepción: “Al preparar el proyecto –me dice–, era consciente de que hay un amplio colectivo de aficionados al que había que tener en cuenta. Roberto Orci, uno de los guionistas de la película, es un gran admirador de la serie. Fue él quien se ocupó de que nuestra historia fuera consistente en cuanto a las esencias que importan a los fans”.
¿Y cuáles son esas esencias? Resulta curioso, porque el zarpazo del tiempo no ha podido con el misterioso embrujo de Star Trek.
Lo sabe bien Leonard Nimoy, que hace una aparición estelar en esta nueva entrega. “A Leonard –cuenta Abrams– le propusimos muchas veces que interviniera. Teníamos reuniones, le planteábamos nuestra idea, y él se quedaba mirándonos y decía ‘Bueno… es interesante’… Pero no llegaba a confirmar que haría el papel. La verdad es que, si hubiera llegado a rechazarlo, nos hubiera supuesto un problema. Por fortuna, leyó el guión, le gustó, y hemos tenido la suerte de que, al final, esté en la película. Sinceramente, ha sido un honor trabajar con él. Es un hombre maravilloso”.
Al realizador se le escapa más de una sonrisa cuando comenta la polémica que protagonizó William Shatner. El veterano actor, quizá celoso porque Nimoy volviera a ponerse frente a la cámara, subrayó públicamente que nadie le había propuesto intervenir en este nuevo Star Trek.
“Dado que el personaje de Kirk –dice Abrams– moría en Star Trek VII, cualquier opción para introducirlo en este nuevo guión iba a parecer forzada desde el punto de vista creativo. Hubiera sido un truco, y por eso resultaba tan difícil. Si nos hubiéramos puesto en la posición de un fan, todo habría sido fácil… En fin, es una suerte contar con Nimoy, pero éste era un caso distinto. De todos modos, la semana pasada he hablado con el señor Shatner, y somos muy amigos”.
La herencia de la guerra fría
Cuenta el politólogo Austin Ranney que en 1981 visitó el Museo del Aire y el Espacio del Instituto Smithsoniano, lugar donde se custodia el Espíritu de San Luis que pilotó Lindbergh. Acompañaban a Ranney su hijo adolescente y un puñado de amigos. Cuando preguntó a los chicos qué aeronave consideraban más atractiva, todos coincidieron en la respuesta: el USS Enterprise, el crucero galáctico de Star Trek. “El Enterprise es tan real para nosotros como las demás piezas del museo –se justificó el hijo de Ranney–. Y además, es mucho más excitante”.
El movimiento trekkie asegura –y no seré yo quien lo ponga en duda– que el creciente aprecio por la serie original tiene motivaciones históricas. Después de todo, Star Trek es uno de los grandes hallazgos de la era Kennedy.
En marzo de 1964, cuando el guionista y productor Gene Roddenberry vendió a la NBC este proyecto, la guerra fría imponía su signo desafiante. Sensible a la actualidad, Roddenberry situó la acción a mediados del siglo XXIII, trasladando al espacio el tablero de ajedrez en que se habían transformado las relaciones internacionales de su tiempo.
En la serie, humanos y vulcanos forman la Federación de Planetas, base del orden galáctico frente a las incursiones totalitarias de romulanos y de klingons. La tripulación del Enterprise tiene muy claro su propósito democrático. Al mando del capitán James T. Kirk –que hace suyo el estilo de JFK–, colaboran representantes del melting pot estadounidense: el japonés Hikari Sulu, la afroamericana Uhura, el escocés Montgomery Scott…
El impasible Spock, mestizo de vulcano y humana, era el complemento necesario al entusiasmo de Kirk y al aire conservador de McCoy, el médico de a bordo. Ninguno podía remediar el ser, además de heroico, fiel reflejo de la América de su tiempo.
Es más, cuando desde el Pravda acusaron a Roddenberry de promover el imperialismo capitalista, éste ideó a un nuevo personaje, el auxiliar de vuelo Chejov, y luego se las dio de tipo duro reprendiendo al director del diario soviético.
J.J. Abrams, consciente de esa dimensión de Star Trek y de sus secuelas, quiso que el guionista Roberto Orci la tuviese en cuenta a la hora de refundar esta franquicia. Así, el despegue de la NASA en los años de la guerra fría se traduce, desde la ficción, en el impulso de la Flota Estelar. De igual modo, el optimismo irradiado por el Camelot de los Kennedy explica el ímpetu que caracteriza al capitán Kirk y a los suyos.
En fin, no les aburriré describiendo Star Trek como un comentario social disfrazado de epopeya galáctica. Abrams –con no menos clase que Roddenberry– es muy astuto a la hora de mezclar subtextos y diversión. Lo bastante como para que su película haga renacer, cuando ya no lo esperas, esa sensación de maravilla que te traslada a la infancia, a los tebeos de Flash Gordon y a los televisores con caja de madera y pantalla doble de cristal.
Copyright de texto e imágenes (J.J. Abrams y Zoe Saldaña) © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos. Publiqué la primera versión de este artículo en las páginas de ABCD Las Artes y Las Letras, suplemento cultural del diario ABC.












