| Índice de Artículos |
|---|
| Diálogo con Russell Crowe |
| Diálogo con Russell Crowe (II) |
| Todas las páginas |

El equipo de fotógrafos da una sensación de alegre displicencia. Es lo que pasa con las estrellas: su temperatura interna se mide en un mercado de valores que no conmueve a los reporteros. Desde el depurado al improvisador, casi todos se preocupan más de sus teleobjetivos y de la luz que de la inteligencia, narcisismo o talento del personaje.
Admiro esa cualidad de la prensa gráfica: la obsesión por la nitidez de la imagen evita prejuicios y emociones encontradas. Créanme, a veces pienso que no estoy hecho para este oficio. Es más, aún suelto suspiros de gratitud cuando mis intuiciones se ven confirmadas.
Y sin embargo, aquí me tienen, como si conociera de antemano el libreto. A la espera de que Russell descienda hasta la terraza del Ritz y procure un sentido a esta reunión.
De pronto, alguien nos avisa con términos perentorios. La sombra discreta del actor se adivina tras una cristalera. Mientras baja por la escalinata, contemplo a un maestro indiscutible de la masculinidad. Es posible que su apariencia sea, en cierto modo, la del tipo duro, protegido por un sentimiento de distante ironía. ¿A quién debemos creer, de todas formas? Cuando por fin se acerca hasta nosotros, le fotografío con tanta dignidad como me es posible.
Al principio, nos mira con poca elocuencia, pero en pocos instantes demuestra que sabe explotar su cálida fotogenia. Bueno, me digo, esto es algo más que un truco promocional. Aunque la lógica de Hollywood me parezca poco razonable, Crowe controla su talento y, también aquí, bajo un sol a retazos, lo convierte en espectáculo.
Mientras presento mi acreditación por segunda vez y accedo a otra sala del hotel, pienso en la rutina que suponen las giras promocionales. Sesiones fotográficas, ruedas de prensa y entrevistas de cinco minutos: todo ello cuidadosamente ensamblado con prisas y lugares comunes. Por lo demás, en este tipo de reuniones, la cautela de las primeras preguntas siempre cede paso a lo inesperado. ¿Habrá alguien que pueda acabar con el buen humor de Russell? ¿Qué pregunta será más acuciante, la A o la B? Antes de que salga de estos pensamientos, mi grabadora ya se ha puesto en marcha.
El actor ha medido bien su papel y sabe exactamente lo que quiere mostrar sobre su labor en Un buen año. “Si Ridley Scott me llama para un proyecto –nos dice−, sabe que me tiene a su disposición. Con él comparto sentido del humor, profesionalidad y valores estéticos. De hecho, a medida que nos concentramos en una nueva película, ese vínculo se fortalece. Es verdad que, ocasionalmente, me resulta difícil entenderle, porque Ridley es capaz de hablar a muy distintos niveles a un mismo tiempo. Pero una vez fijado el objetivo y llegado el momento de rodar, podemos comunicarnos de forma intuitiva, por medio de gestos, sin necesidad de palabras. Tanta es mi confianza en él, que me comprometo en sus proyectos antes de leer el guión. De hecho, cuando acepté filmar Gladiator, sólo contábamos con 23 páginas de guión; al empezar Un buen año, teníamos 48; y en el momento de afrontar nuestro nuevo largometraje, American Gangster, disponíamos de 65. Visto de esta manera, parece que vamos progresando".
Su simpatía de hoy resulta equívoca. El actor está tranquilo, modula su voz −grave, con eso que una compañera llama hipnótico vigor− y desmiente a quienes le llaman irascible. “Aunque siempre he demostrado un carácter impetuoso, ahora sólo quiero manifestarlo en mi faceta profesional. En todo caso, demostrar mi sinceridad tanto en el terreno personal como en el trabajo me ha acarreado el estereotipo de mal chico; una etiqueta ligada al hecho de que soy un producto comercial de Hollywood. No tengo pelos en la lengua, y este carácter me impulsa a decir aquello que opino en cada momento. Si considero a una película de buena calidad, lo digo, y tampoco me callo si otra me parece basura comercial. Es probable que esta forma de ser no resulte muy popular, pero no puedo evitarla”.
El entramado de indicios puede servir para que le recuerden episodios de cólera. Nadie lo hace. Quizá nos ha puesto de su parte. Quizá ha conseguido hacernos creer que lo suyo es nobleza. “Resulta estupida la competitividad en el cine −proclama−. En cierto modo, el personaje de Un buen año se mueve en un mundo equiparable al de Hollywood, que te envuelve en la ambición aun sin quererlo. No niego que las películas sean un producto caro de hacer y sumamente rentable, pero no quiero participar en ello desde ese punto de vista. Mi intención no es conseguir este o aquel papel, sino que el trabajo se acomode a las circunstancias de mi vida. Especialmente ahora, cuando el matrimonio y el hecho de tener dos niños pequeños han cambiado tanto mis prioridades. De hecho, mi intención es regresar a Londres para estar junto mis hijos cuando se despierten. A decir verdad, sólo pretendo superarme como el mejor padre de familia”.
Llegados a este punto, conviene recordar que estamos aquí para hablar de una película. Una comedia. ¿Russell, haciendo reír? “El género no es algo nuevo para mí. Un tercio de mi filmografía se compone de comedias. Sucede que se trata de títulos menos populares. Buen ejemplo de ello es Mystery Alaska (1999), donde interpretaba a un sheriff patinador. Debo añadir que éste no fue precisamente un éxito comercial”.
Cuando cita esta película, recuerdo otras entrevistas en que ha salido a colación. Sin duda, la referencia es calculada y da una idea de cómo se mueve el actor frente a un nuevo proyecto. Por un instante, lo imagino charlando en un hotel de Beverly Hills junto a Ridley Scott y al guionista Akiva Goldsman. Russell quiere evitar la presión del estudio y elige el guión más humilde, el menos costoso de rodar. Dicho de otro modo: démonos un descanso y viajemos a Francia.
“Por supuesto, −confirma él, con un tono de voz calmo− resultaba sumamente atractivo establecer junto a Scott retos diferentes a los que supuso Gladiator. De ahí surgió esta comedia en cuyo fondo late la idea de que, mientras los guardemos en la memoria, nuestros seres queridos nunca mueren. Además, había un elemento práctico en nuestra resolución, y es que Ridley tiene una casa en Provenza desde hace quince años. Ese factor –la localización− influyó mucho en el rodaje. No hay duda de que el buen conocimiento que tiene Scott de la zona suponía un buen punto de partida”.
Desde luego, a la vista del papel que le ha tocado en suerte, parece que éste tampoco supone un mal comienzo. “El personaje a quien doy vida, Max Skinner, es un tipo que cae en la cuenta de algo básico. Pese a su éxito económico y profesional, descubre que se ha empobrecido como persona. En el chateu de su difunto tío, hace memoria y entiende que todo aquello que éste le enseñó de niño tienen un enorme valor. Ha sido la ambición lo que ha distorsionado su criterio de lo que es crucial y, asimismo, lo que le ha hecho olvidar la importancia de su mentor”.













































































