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El equipo de fotógrafos da una sensación de alegre displicencia. Es lo que pasa con las estrellas: su temperatura interna se mide en un mercado de valores que no conmueve a los reporteros. Desde el depurado al improvisador, casi todos se preocupan más de sus teleobjetivos y de la luz que de la inteligencia, narcisismo o talento del personaje.
Admiro esa cualidad de la prensa gráfica: la obsesión por la nitidez de la imagen evita prejuicios y emociones encontradas. Créanme, a veces pienso que no estoy hecho para este oficio. Es más, aún suelto suspiros de gratitud cuando mis intuiciones se ven confirmadas.
Y sin embargo, aquí me tienen, como si conociera de antemano el libreto. A la espera de que Russell descienda hasta la terraza del Ritz y procure un sentido a esta reunión.
De pronto, alguien nos avisa con términos perentorios. La sombra discreta del actor se adivina tras una cristalera. Mientras baja por la escalinata, contemplo a un maestro indiscutible de la masculinidad. Es posible que su apariencia sea, en cierto modo, la del tipo duro, protegido por un sentimiento de distante ironía. ¿A quién debemos creer, de todas formas? Cuando por fin se acerca hasta nosotros, le fotografío con tanta dignidad como me es posible.
Al principio, nos mira con poca elocuencia, pero en pocos instantes demuestra que sabe explotar su cálida fotogenia. Bueno, me digo, esto es algo más que un truco promocional. Aunque la lógica de Hollywood me parezca poco razonable, Crowe controla su talento y, también aquí, bajo un sol a retazos, lo convierte en espectáculo.
Mientras presento mi acreditación por segunda vez y accedo a otra sala del hotel, pienso en la rutina que suponen las giras promocionales. Sesiones fotográficas, ruedas de prensa y entrevistas de cinco minutos: todo ello cuidadosamente ensamblado con prisas y lugares comunes. Por lo demás, en este tipo de reuniones, la cautela de las primeras preguntas siempre cede paso a lo inesperado. ¿Habrá alguien que pueda acabar con el buen humor de Russell? ¿Qué pregunta será más acuciante, la A o la B? Antes de que salga de estos pensamientos, mi grabadora ya se ha puesto en marcha.
El actor ha medido bien su papel y sabe exactamente lo que quiere mostrar sobre su labor en Un buen año. “Si Ridley Scott me llama para un proyecto –nos dice−, sabe que me tiene a su disposición. Con él comparto sentido del humor, profesionalidad y valores estéticos. De hecho, a medida que nos concentramos en una nueva película, ese vínculo se fortalece. Es verdad que, ocasionalmente, me resulta difícil entenderle, porque Ridley es capaz de hablar a muy distintos niveles a un mismo tiempo. Pero una vez fijado el objetivo y llegado el momento de rodar, podemos comunicarnos de forma intuitiva, por medio de gestos, sin necesidad de palabras. Tanta es mi confianza en él, que me comprometo en sus proyectos antes de leer el guión. De hecho, cuando acepté filmar Gladiator, sólo contábamos con 23 páginas de guión; al empezar Un buen año, teníamos 48; y en el momento de afrontar nuestro nuevo largometraje, American Gangster, disponíamos de 65. Visto de esta manera, parece que vamos progresando".
Su simpatía de hoy resulta equívoca. El actor está tranquilo, modula su voz −grave, con eso que una compañera llama hipnótico vigor− y desmiente a quienes le llaman irascible. “Aunque siempre he demostrado un carácter impetuoso, ahora sólo quiero manifestarlo en mi faceta profesional. En todo caso, demostrar mi sinceridad tanto en el terreno personal como en el trabajo me ha acarreado el estereotipo de mal chico; una etiqueta ligada al hecho de que soy un producto comercial de Hollywood. No tengo pelos en la lengua, y este carácter me impulsa a decir aquello que opino en cada momento. Si considero a una película de buena calidad, lo digo, y tampoco me callo si otra me parece basura comercial. Es probable que esta forma de ser no resulte muy popular, pero no puedo evitarla”.
El entramado de indicios puede servir para que le recuerden episodios de cólera. Nadie lo hace. Quizá nos ha puesto de su parte. Quizá ha conseguido hacernos creer que lo suyo es nobleza. “Resulta estupida la competitividad en el cine −proclama−. En cierto modo, el personaje de Un buen año se mueve en un mundo equiparable al de Hollywood, que te envuelve en la ambición aun sin quererlo. No niego que las películas sean un producto caro de hacer y sumamente rentable, pero no quiero participar en ello desde ese punto de vista. Mi intención no es conseguir este o aquel papel, sino que el trabajo se acomode a las circunstancias de mi vida. Especialmente ahora, cuando el matrimonio y el hecho de tener dos niños pequeños han cambiado tanto mis prioridades. De hecho, mi intención es regresar a Londres para estar junto mis hijos cuando se despierten. A decir verdad, sólo pretendo superarme como el mejor padre de familia”.
Llegados a este punto, conviene recordar que estamos aquí para hablar de una película. Una comedia. ¿Russell, haciendo reír? “El género no es algo nuevo para mí. Un tercio de mi filmografía se compone de comedias. Sucede que se trata de títulos menos populares. Buen ejemplo de ello es Mystery Alaska (1999), donde interpretaba a un sheriff patinador. Debo añadir que éste no fue precisamente un éxito comercial”.
Cuando cita esta película, recuerdo otras entrevistas en que ha salido a colación. Sin duda, la referencia es calculada y da una idea de cómo se mueve el actor frente a un nuevo proyecto. Por un instante, lo imagino charlando en un hotel de Beverly Hills junto a Ridley Scott y al guionista Akiva Goldsman. Russell quiere evitar la presión del estudio y elige el guión más humilde, el menos costoso de rodar. Dicho de otro modo: démonos un descanso y viajemos a Francia.
“Por supuesto, −confirma él, con un tono de voz calmo− resultaba sumamente atractivo establecer junto a Scott retos diferentes a los que supuso Gladiator. De ahí surgió esta comedia en cuyo fondo late la idea de que, mientras los guardemos en la memoria, nuestros seres queridos nunca mueren. Además, había un elemento práctico en nuestra resolución, y es que Ridley tiene una casa en Provenza desde hace quince años. Ese factor –la localización− influyó mucho en el rodaje. No hay duda de que el buen conocimiento que tiene Scott de la zona suponía un buen punto de partida”.
Desde luego, a la vista del papel que le ha tocado en suerte, parece que éste tampoco supone un mal comienzo. “El personaje a quien doy vida, Max Skinner, es un tipo que cae en la cuenta de algo básico. Pese a su éxito económico y profesional, descubre que se ha empobrecido como persona. En el chateu de su difunto tío, hace memoria y entiende que todo aquello que éste le enseñó de niño tienen un enorme valor. Ha sido la ambición lo que ha distorsionado su criterio de lo que es crucial y, asimismo, lo que le ha hecho olvidar la importancia de su mentor”.
La de Un buen año es una historia dulce, amena, hermosamente previsible, quién sabe si reflejo de una filmación sosegada. ¿O más bien su contrafigura? “En un principio −responde Crowe−, el intenso ritmo de trabajo que impusimos Ridley Scott y yo soliviantó al equipo francés. Al cabo de cinco días, nos llegaron noticias de su disgusto, pero luego todo se relajó. Lo cierto es que llegamos a entendernos de un modo fenomenal”.
A continuación, formulo una pregunta que el actor contesta satisfecho. Lo aclaro: en general, no suelo plantear a ninguna estrella cuestiones incómodas. De hecho, Russell me sonríe cuando describo Un buen año como un homenaje a la cultura mediterránea. “Desde luego que así es. Como ya dije, la casa de Ridley está situada a tan sólo ocho minutos del lugar del rodaje, en el valle de Luberon. Yo me instalé en Lacoste y el equipo trabajó, esencialmente, en Bonnieux. Eso me permitía acudir a la filmación en bicicleta –a este traslado diario lo llamé el Tour de Luberon−, y de paso, conocer la zona con absoluta tranquilidad. Por supuesto, los viñedos son un elemento esencial del paisaje y de la película. Dado que el vino es un placer que comparto con Ridley, pude disfrutar de descubrimientos tan estupendos como un rosado al que llaman Vieux Telegraph".
Que me condenen si alguien podía evitar la siquiente pregunta. No en vano, da la impresión de que este hombre ha repasado la carta de vinos local. “Claro que conozco algunos caldos de España. El Rioja, por ejemplo, me parece muy bueno −hace una pausa, y eleva el timbre de voz−. Esta afición a los vinos la heredé de mi padre. Cuando abrí mi granja en Australia tuve en cuenta esa afinidad, pero finalmente decidí dedicarme a la crianza de vacas. Hay otro propietario que cultiva un viñedo no lejos de allí, pero yo no haré lo mismo. La tierra no es adecuada para ese fin, y yo querría producir un buen vino, no simplemente un mosto”.
Despues del autocomplacido argumento, conviene regresar al nebuloso terreno del chismorreo. Vacuidad suntuosa, a la que algunos jefes de redacción llaman interés humano. Ya saben, cotilleos de rodaje, rumores a destiempo y crueldades artísticas, de esas que sirven para hacer interesante una filmación. “Según se mire −comenta−, una escena complicada fue aquella en la que salto a una piscina vacía. A Ridley le divertía la idea de verme atrapado en un lugar del que no podía salir. La piscina en cuestión tenía cinco metros de alto y era de estilo romano. Su fondo estaba cubierto de hojas y estiércol… lo cual suavizó la caída”.
Los arranques de sarcasmo son un signo de inteligencia que Russell emplea frente a dos preguntas ineludibles y tan sólidas como una losa. Ambas pertenecen a ese cuestionario repleto de comodines −fantasmas familiares− que tanto agrada a los programadores televisivos. En todo caso, hay que plantearlas sin titubeos: ¿Conoce nuestro país? ¿Y qué hay de Almodóvar? ¿No le apetecería trabajar con él? “Hace unos años −responde− vine a España. Visité el Museo del Prado y recorrí Madrid en una Vespa, escapando de los paparazzi. A Pedro también lo conocí hace años. Dijo que yo le parecía un toro salvaje… Opino que es un gran director, y por ello sería un privilegio trabajar con él, aunque fuese interpretando algo así como a un toro salvaje”.
Entramos en caída libre. Al catálogo de cuestiones fetiche se suma otra, referente a la secuela de Gladiator. “Es la eterna pregunta −contesta, resignado−. De nuevo, los periodistas españoles podrán dar la exclusiva: la secuela es imposible porque el protagonista moría al final de la película”.
En un momento dado, Russell denuncia el amarillismo. Para mis adentros, le doy la razón cuando se presenta como una víctima de los tabloides, acosado por paparazzi y por redactores en semidelirio. “No pretendo menospreciar su labor, pero el caso es que tienen que rellenar muchas páginas. Al final, publican cosas que nada tienen que ver conmigo. Según ciertos reporteros, he pasado los tres últimos días haciendo surf en Australia, quemándome la mano en un restaurante japonés de Nueva York, y sacando a pasear a mi hijo James −vuelve a hacer una pausa−. Pero lo cierto es que no tengo ningún hijo con ese nombre”.
Entre preguntas y respuestas, me entero de su presencia en Irlanda, concretamente en Kilkee, con el fin de inaugurar una estatua en honor de su amigo Richard Harris. El dato me conmueve −admiré al viejo truhán, incluso en sus peores papeles− y añade otro rasgo de cordialidad a mi opinón sobre Crowe. En un inglés titubeante, elogio su película, le pido un autógrafo y le elogio a él. Me estrecha la mano sujetándome por el hombro, sonríe y dice “Gracias a ti”. Todo es formulismo, claro, pero esta vez el protocolo deja espacio a un poso de franqueza. Son poco más de las dos de la tarde y tengo la impresión de haberme relajado en exceso.
Copyright de texto e imágenes: Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
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