
La imagen es barroca, densa, tupida de criaturas extrañas. Apretando los dientes, Terry Gilliam extiende sobre su escritorio un puñado de diseños, mientras los encargados de producir su película –qué más da de cuál de ellas se trate– enarcan las cejas y se dejan llevar por la voz firme y grave de este vendedor de alfombras.
“Aquí –dice señalando un boceto–, una dama aristocrática, tocada con plumas de avestruz, penetra en un palacio dorado. La escena ha de ser majestuosa… ¿Realista? No, claro que no… Nada tiene que ser realista… Sólo ha de parecer auténtico... Fijaos, sobre el cielo, un globo se acercará a la torre más elevada, y al fondo… Al fondo, un revoltijo de casuchas, y más allá, toda una ciudad. Quizá Viena. O mejor aún, Praga. Necesitaremos maquetas. Varias maquetas enormes... Así no habrá necesidad de planos digitales... ¿Alguna duda más, caballeros?”.
La escena es inventada, pero se corresponde con lo que cuentan quienes colaboraron con Gilliam en cintas como Los héroes del tiempo (Time Bandits, 1981) y Las aventuras del barón Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, 1988).
Como un general tentado por la derrota, el cineasta norteamericano propone estrategias que, a primera vista, resultan grandilocuentes, atrevidas o sumamente arriesgadas. Pero ésa es la gracia de su carrera.
Al fin y al cabo, sin semejantes cualidades y una pizca de surrealismo, no sería tan atractivo el cine de este hombretón de Minneapolis, miembro de los Monty Python y responsable de películas como Los caballeros de la mesa cuadrada (Monty Python and the Holy Grail, 1975), La bestia del reino (Jabberwocky, 1977), La vida de Brian (Monty Python’s Life of Brian, 1979), Brasil (Brazil, 1985), El rey pescador (The Fisher King, 1991) y Doce monos (Twelve Monkeys, 1995).
Su última cinta, Tideland (2005), ha tardado en distribuirse entre nosotros, pero Gilliam viaja con ella para asegurarse de que le prestaremos apoyo. A decir verdad, el cineasta maneja un universo complejo, y no está de más que, observándonos con ojo crítico, intervenga como maestro de ceremonias.
Tras la consabida sesión fotográfica, se sienta a la mesa junto a uno de los encargados de comercializar la cinta en España, el entrañable Brian Yuzna, reponsable de películas como Re-Animator, Re-Sonator, Society y Cariño, he encogido a los niños. Tras dirigir en nuestro país la línea de producciones Fantastic Factory, Yuzna diseñó la compañía Magic Lanterns, que ahora se une a Notro Films y Warner Video para formar Amazing!, una ambiciosa empresa de producción y distribución de cine fantástico. El sello Amazing!, por cierto, se encarga de promover Tideland entre el público español.
Gilliam parece sentirse cómodo junto a Yuzna, quien le atiende con la cortesía de un buen anfitrión. En todo caso, aunque no debe de serle fácil describir Tideland, su creador tiene una fórmula que le sirve para abrir el fuego. A su modo de ver, éste es “el punto de encuentro entre Alicia en el país de las maravillas y Psicosis”, protagonizada por una niña fantasiosa, hija de padres drogadictos y sumida en una aventura propia del american gothic, o lo que viene a ser lo mismo, la América profunda vista a través de las novelas de terror victorianas.
Basado en la novela homónima de Mitch Cullin, el guión parece un catálogo de obsesiones infantiles y fantasías oscuras sobre los niños (Rellenen los puntos suspensivos con la insolencia de un creador que no teme la censura ni las críticas).
Tan desquiciado, enfermizo y turbador llega a ser el repertorio, que mi primera pregunta para Gilliam tiene que ver con el estado mental de la pequeña protagonista, y más aún, con el temor que llega a inspirar esa enloquecida visión de la infancia.
“No creo que los niños inspiren terror –me responde–. En todo caso, son los adultos quienes sienten temor por lo que pueda pasarle a los niños. Ése es mi caso. Yo no tenía miedos muy definidos hasta que mi mujer y yo tuvimos hijos. De ahí en adelante, empezamos a imaginar cosas terribles que podían ocurrirle a los críos. En realidad, los medios de comunicación son los culpables de ese fenómeno. Actualmente, presentar a los niños como víctimas se ha convertido en una forma de vender periódicos. Y en realidad, no creo que, salvo en un pequeño porcentaje de casos, eso sea cierto. Lo mismo sucede con los temores que les transmitimos a ellos... Pondré un ejemplo. Nuestro hijo tiene doce años. Vivimos en una zona muy bonita de Londres, donde no sucede casi nada. No obstantre, él cree que, si se acerca a unas tiendas del barrio, pueden robarle. Evidentemente, eso no es la realidad, sino una construcción de los medios que ha terminado por afectarle”.
Ante tan demoledor argumento, no puedo hacer otra cosa que asentir. Eso es lo que hay, y probablemente yo mismo participo de esta fantasía colectiva. “En general –añade Gilliam–, la infancia que vemos en las películas es un periodo idealizado y romántico. Por supuesto, nada tiene que ver ese estereotipo con la realidad de los niños. De ahí que me parezca tan fascinante y audaz la perspectiva que plantea Cullin en su novela Tideland. Pone a esta niña en una situación difícil, y narra cómo ella interpreta y reinventa el mundo con el fin de sobrevivir”.
Las cosas como son. Este tipo sabe razonar. Parece mentira que alguien tan inteligente disponga de tan pocos recursos para rodar en los últimos tiempos.
Desde su desastroso proyecto sobre Don Quijote, la suerte le ha esquivado con el mismo empeño que las buenas críticas. Quizá por eso Tideland tiene un presupuesto tan ajustado. “Esta vez –dice, con una amplia sonrisa– no hubo ese tipo de dificultades. Quería a Jeff Bridges para el papel de padre de la niña, y él aceptó desde el primer momento. De hecho, su compromiso llegó aún más lejos, porque durante gran parte de la película es un cadáver... Así que tenía que disimular la respiración y permanecer con los ojos abiertos en tomas de hasta dos minutos. Es una interpretación a lo zen, como si fuera la madre de Norman Bates en Psicosis. Del resto del reparto, sólo puedo decir que fue una suerte verme obligado a elegir actores en Canadá –Tideland es una coproducción anglocanadiense–, porque eso me condujo a actores con el talento de Brendan Fletcher y Janet Mcteer”.
Si en algo se han puesto de acuerdo los críticos, es en el talento de la cría protagonista. Y como resulta que ella es quien da la medida del largometraje, Gilliam aprovecha para deshacerse en elogios. “Desde luego –comenta–, el mayor problema de esta producción consistía en hallar a una actriz infantil capaz de permanecer en pantalla a lo largo de todo el metraje. Seis semanas antes de comenzar la filmación, y cuando ya estábamos a punto de cancelar el proyecto, dimos con Jodelle Ferland. En mi opinión, es un genio, y probablemente fuera la persona más madura de todo el set. De hecho, casi me intimidaba comprobar lo centrada y lo profesional que era con sólo nueve años”.
A los despistados les cae en gracia este interés de Gilliam por la infancia. Hay quien pregunta en voz alta por el asunto, y el director se ve obligado a resumir su carrera en medio minuto de explicación. “No, no es la primera vez que abordo el tema –dice–. Otra niña canadiense, Sarah Polley protagonizó Las aventuras del barón Munchausen, y también era un niño el personaje central de Los ladrones del tiempo. Ni que decir tiene que el de la infancia es un mundo que me fascina. Los niños, como los lunáticos, ven el mundo con los ojos abiertos. A veces los miramos como si estuvieran chiflados, pero lo cierto es que no están atrapados por nuestros convencionalismos. Por eso mi cuento de hadas predilecto es El traje nuevo del Emperador, donde un chaval descubre que el monarca está desnundo, y además es el único que se atreve a decirlo”.
Viéndole hoy, con el pelo desordenado, las manos inquietas y esos ojillos de marioneta, uno tiende a identificar a Terri Gilliam con Guillermo el travieso, el pequeño Nicolás y otros pícaros de la literatura infantil. Imposible no preguntarle por su propia niñez.
“Durante aquellos primeros años –explica–, mi vida transcurrió en el campo. Jugaba en el pantano, construía casas en las copas de los árboles y leía sin descanso. Como no teníamos televisión, crecí oyendo la radio. De ahí, justamente, proviene mi imaginación visual”.
De Gilliam se puede disentir, pero es difícil no verse contagiado por sus fantasías y su compromiso con la creatividad. “Durante años –dice–, creí que Fellini era un imaginero que había idealizado su entorno. Pero cuando viajé a Roma, caí en la cuenta de que, en realidad, era un documentalista. Los personajes, los ambientes fellinianos… Todo estaba ahí, en las calles romanas, pero nadie se había atrevido a mostrarlo. Esto me lleva a pensar que la función de un creador es la de revelar esa realidad oculta. Por desgracia, el cine fantástico actual carece de esta relevancia, precisamente porque se aleja de la realidad cotidiana. En todo caso, dado que hay un montón de gente estúpida en el mundo, no quiero que pierdan el tiempo con Tideland. Ya existe un buen número de películas intrascendentes que puede satisfacer a ese tipo de audiencia. Mi película, como el libro en el que se basa, pretende ser un alimento para minorías: estimulante, provocadora, capaz de abordar facetas tan diversas como las drogas, la discapacidad mental, la muerte… la taxidermia… Tanto es así, que algunos espectadores, al ver la cinta por segunda vez, han descubierto nuevos detalles, nuevas ideas en las que reflexionar…”.
A continuación, tras soltar una risotada, Gilliam explica por qué esa joya ha tardado dos años en llegar hasta nosotros. Se ve que ha aprendido a tomarse con humor los inconvenientes. “Y que a nadie le extrañe –comenta, divertido–. Una cinta como Tideland es como el vino que envejece en un barril. Han pasado dos años desde que la rodamos… Dos años que la audiencia necesitaba para madurar y apreciar mejor esta película”.
De diseño artístico Gilliam entiende más que nadie. Por eso comencé este perfil aludiendo a su modo de visualizar un proyecto –borradores, dibujos, maquetas…–, y por eso mismo mi última pregunta se refiere a los decorados de Tideland, tan sumamente detallados que uno podría entrar a vivir o a soñar en ellos. “Justamente por eso –responde– me dedico al mundo del cine. Participo en el proceso de diseño, intervengo en el sonido… Por supuesto, mi labor se suma a la de otra gente con mucho talento, que pueden hacer cosas mejor que yo. Pero estoy en todo. Lo cual me lleva a creer que un rodaje es algo así como hacer una pintura. Con todo lo que ello implica.”.
Al terminar la charla, según las reglas del juego, las grabadoras se apagan, y llegan las confidencias, los elogios y los autógrafos.
Estrecho la mano de Gilliam y alzo la vista sabiendo lo que voy a encontrar en sus ojos: un asomo de ironía, mucha experiencia, y lo mejor, un muelle suelto que desearía tener uno mismo.
Copyright © de las fotografías: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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