Encuentro con Sylvester Stallone
- Detalles
- Categoría de nivel principal o raíz: CARTELERA
- Category: Entrevistas
- Creado en 12 Enero 2007
- Published: 12 Enero 2007
- Escrito por Guzmán Urrero
Sly levanta la vista del micrófono y sonríe. Después de averiguar cuántos colores tienen el éxito y el declive, ha entrado en un periodo de su carrera en el que le basta con desmentir a los agoreros. “El mayor obstáculo que supuso este proyecto −dice− guarda relación con la edad. Hay una idea socialmente establecida según la cual, llegado a cierta edad −digamos 42 o 45 años− uno debe cambiar de actividad y ceder paso a otros. Ni que decir tiene que en Hollywood esa filosofía es aún más dura”.
En este punto, Stallone se lleva la palma de la mano al hombro, como señalando una cicatriz. “La segunda dificultad era de carácter físico, porque durante el rodaje tenía que subirme a un ring con un campeon de verdad, y encajar sus golpes de manera convincente. Eso implicaba un serio compromiso. Pero la parte más difícil de todas tenía que ver con el miedo al fracaso. Tras la decepción que supuso Rocky V, no quería contrariar a mis seguidores. Necesitaba mostrar mi filosofía de que los mayores pueden seguir activos y afrontar nuevos retos. Con todo, ese miedo es lo mejor que me pudo pasar, porque me llenó de fuego −refuerza esta idea con un ademán−. El miedo puede destruirte o te puede obligar a ir más allá de lo posible. En este caso, me ayudó a desarrollar un proyecto que se prolongó a lo largo de siete años. Un periodo largo, durante el que tuve que superar incluso el rechazo de aquéllos a quienes consideraba amigos. Con el tiempo, he comprobado que uno ha de convivir con la soledad. Lo importante, al fin y al cabo, es la satisfacción personal y la compañía de esas dos o tres personas que te quieren de verdad”.
Filosofía al filo del abismo. Stallone retorna con Rocky a territorios que le son conocidos: la lucha del héroe solitario; un individualista que, desde un submundo canalla, se aferra a proyectos tan llenos de ambición, que uno descubre que podría imitarlos. Buscando un modo de expresar lo que hoy representa su personaje, el actor da pie a una dura perspectiva de la actualidad. “Si comparamos su vida con la de nuestra generación −añade−, se advierte que los jóvenes de hoy lo tienen más difícil. Las oportunidades decrecen, y las exigencias aumentan. Todo ello da lugar a una amargura que, en la película, se manifiesta en los jóvenes del bar. La chica que destaca en ese grupo representa a quienes ya se han dado por vencidos, y no muestran respeto ni a las pasadas ni a las futuras generaciones”.
Hace un inciso aclaratorio (“Por cierto, esta joven vive en esa misma calle. La encontré en un centro de rehabilitación para toxicómanos”) y luego se confiesa en tono hogareño: “La escena en que discuto con mi hijo en la ficción se asemeja a momentos que he experimentado con mi propio hijo. Pertenecen a un sector de la juventud convencido de que la vida debiera conceder ciertas oportunidades. Lo quieren todo en bandeja, pero las cosas no funcionan de ese modo. Adoro a los jóvenes, y me produce pena y rabia la difícil situación que les ha tocado en suerte. En Hollywood, por ejemplo, un aspirante que tenga el sueño de rodar lo tiene casi imposible. De hecho, los estudios que antes producían hasta veinticinco películas anuales ahora no pasan de las nueve. Todo esto da a entender por qué el público joven responde así a Rocky Balboa. La película refleja inquietudes que el propio protagonista explica a su hijo. La vida siempre va a hacerte daño. Fue y será de ese modo. Pero, ante todo, hay que seguir luchando”.
No hay cinismo en sus palabras. Oyéndole hoy, parece que en la intimidad de un viejo boxeador puede encontrarse algo atractivo y elocuente. “A veces −señala en tono pensativo− me preguntan por qué en esta película no hay un enemigo, un villano con el que deba medirse Rocky. Según creo, es más interesante la batalla interior que enfrenta al protagonista consigo mismo. De hecho, para tenerse auténtico respeto, ha de luchar con el peor de los villanos: el que habita dentro de su corazón”.
Seguramente haya un público que se encoja de hombros ante aforismos de este tipo. Sin embargo, en la voz de Stallone aún suenan a consejo utilizable. Un buen preludio a lo más divertido de su declaración: el relato de su rodaje en Las Vegas, frentre a frente con el púgil Antonio Tarver, otro luchador poderoso, con treinta knockouts en su trayectoria.
Alternando la película de 35 milímetros y la alta definición, ese tramo final de la película contiene algunos hallazgos de interés. “Mi propósito −dice el actor− fue filmar una pelea tan fiera y veraz que nadie quisiera repetir la experiencia en otra película de boxeo. Debo aclarar que, en los Estados Unidos, la casi totalidad de los aficionados siguen los combates a través del canal de pago HBO. Empeñado en mantener ese tono realista, rodé el combate en Las Vegas, con su auténtica ambientación. Mi rival era un verdadero campeón de los pesos medios. También los periodistas eran reales, al igual que el maestro de ceremonias, las anunciantes, el árbitro y los once mil espectadores. Lo único falso era yo mismo”.
Con todo, las circunstancias quisieron que la pelea también fuese real. “Había escrito cincuenta páginas con una elaborada coreografía −aclara−. Mi idea era que, a diferencia de lo que había sucedido en anteriores películas, nadie saliera dañado. El caso es que, antes de rodar, el pugil contrario se rompió la nariz y yo me fracturé dos dedos del pie −Stallone, risueño, se encoge de hombros−. Sin tiempo material para los ensayos, tuvimos que dejar de lado el guión y luchar de verdad. En concreto, hay una secuencia, durante el segundo round, en la que mi adversario me tumba de un puñetazo. Intento agarrar las cuerdas, pero soy incapaz. Pues bien, no se trata de una actuación. Una vez en el suelo, me dije ‘Yo no escribí esto’. Fue entonces cuando comprendí que, en ese tipo de situaciones, el boxeador no siente verdadero dolor. Simplemente, uno se queda desorientado, sin saber dónde está, como si su mente se hubiera perdido en Disneylandia”.
Una vez más, estallan los fogonazos de los flashes. El actor nos firma autógrafos, acepta el fisgoneo, recibe palmadas en la espada y elogios inconexos (“Me encantó la película”, “Oh, sí, por favor. Déjame que te haga otra foto”). Probablemente Sly agradezca que más de un reportero se haya reencarnado en fan. Aunque, pensándolo bien, creo que ya está acostumbrando a esa estrepitosa costumbre.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
- << Anterior
- Siguiente












