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| Encuentro con Sylvester Stallone |
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Cuando Ben Affleck y Matt Damon intentaban vender a los estudios el guión de El indomable Will Hunting, uno de sus argumentos más eficaces se resumía en esta frase: “Piénsenlo, Stallone era sólo un debutante cuando escribió Rocky, y los de la United Artists le permitieron ser el protagonista”.
Desde luego, no es casual que la leyenda del joven Sly circule con semejante naturalidad por el circuito del cine independiente. No en vano, tras su estreno en 1976, Rocky convirtió en estrella a su creador, el desconocido Sylvester Gardenzio Stallone, a quien Coppola había rechazado durante las audiciones de El padrino.
Frank Capra, conmovido ante las privaciones sufridas hasta ese momento por el actor, definió Rocky como uno de los grandes hallazgos de la década. De ahí en adelante, Stallone sacó a relucir su energía de carácter. Estaba en juego su fortuna, así que alternó los papeles alimenticios con los vehículos rabiosamente comerciales. Como era predecible, muy pronto descubrió que el encasillamiento es un proceso de difícil manejo. Ni siquiera su incursión en el cine indie logró que la audiencia dejara de identificarle con Rambo –en otras palabras: con un tipo implacable, radical y desmañado−. Cuentan que durante las previews de Cop Land (1997), su director, James Mangold, creyó sufrir una experiencia extracorporal cuando oyó al público gritar “¡Mira, ése es Rocky!”. Aquella película, por cierto, incluía una de las mejores interpretaciones de Stallone.
Pese a las fáciles etiquetas, el actor aún puede plantarle cara a determinados tópicos. Repúblicano convencido, quiso apoyar al demócrata Clinton cuando éste pasó por su peor momento. Y aunque en sus películas le hayamos visto con subfusiles y ametralladoras, exudando una fría agresividad, lo cierto es que hoy forma parte de un movimiento en contra de la posesión de armas de fuego.
A pesar de la discutible catadura de alguno de sus personajes, el actor ha adquirido importancia cultural como icono, no sólo a causa de la popularidad, sino por su adecuación al signo de los tiempos que le ha tocado vivir.
Días antes del lanzamiento de Rocky Balboa, por fin tenemos la oportunidad de comprobar qué pensamientos esconde Stallone bajo esa simbólica fachada.
A juzgar por cómo actúa frente a nuestras cámaras, parece que, de momento, sus reservas de simpatía son ilimitadas. Da unos pasos en dirección al cartel de su película, extiende los brazos y coquetea con un desenfadado orgullo muscular. La suya no es una mirada desafiante. Pese a su edad, parece más bien un muchacho empeñado en hacer algo que todo el mundo admire.
Cuando por fin termina la sesión fotográfica, Sly recorre el pasillo del Ritz que le lleva hasta su tribuna en el Salón Real. Conoce bien los resortes de este tipo de reuniones. Se muestra paciente, y al menos en apariencia, lo suyo es todo calidez y entusiasmo. En todo caso, y aunque le va en ello la fuerza del despegue de su película, da la impresión de que sus palabras de hoy son sinceras. Como si pidiera un margen de confianza. Probablemente no le haga falta: Rocky Balboa tiene un relieve cuidadoso y es difícil no simpatizar con su protagonista. De hecho, es la mejor secuela de cuantas se han realizado de la cinta original.
Pregunto al actor acerca del sentimiento nostálgico que se desprende de la película. Me interesa saber si proyectó esa emoción inclinado hacia algún abismo personal. “Mi propósito −responde− fue el de mantenerme fiel al personaje. Pienso que la anterior entrega, Rocky V, decepcionó a mucha gente, y por eso quise concluir la saga con una especie de carta de amor a ese público que me ha apoyado a lo largo de los años”.
Gradualmente, un aire de familiaridad se adueña de sus palabras. “Se trata de un largometraje con muchos elementos autobiográficos −observa−. De hecho, plantea paralelismos con el día a día de muchas personas. En cierto modo, lo que propone Rocky Balboa sucede incluso en la industria del cine. Cada día tiene sus altibajos. Llegas a la cumbre, y al poco tiempo, ya la has abandonado”. Hace una pausa, y con aire reposado, realza lo que más le agrada de su película: “Eso es lo que hace interesante la progresión de Rocky. La primera película de la saga trataba sobre la difícil transición de un personaje que busca un nuevo sentido para su vida. En cambio, esta última se concentra en la idea de renacimiento, en esos nuevos proyectos que, necesariamente, hay que afrontar a determinada edad. Esa es la razón por la que considero a Rocky Balboa la cinta más personal de toda la serie”
Aún le conmueve el recuerdo de la noche en que Rocky triunfó en los premios de la Academia. “La nominación me sorprendió −dice−. En realidad, yo sólo pretendía hacer una película. No podía imaginar que, treinta años después, me hallaría hablando sobre la misma figura. Me parece un milagro. Por lo demás, si he de buscarle una explicación a la vigencia de un personaje tan sencillo, diría que tiene que ver con su aspecto cotidiano. Quizá ésa sea la razón por la cual esta película ha tenido tanto éxito en Estados Unidos”. Insiste en ese cariz edificante, como si deseara asegurarse de que le hemos entendido: “Desde luego, no soy sociólogo −concluye−, pero me parece muy positivo el hecho de que el mensaje de Rocky, un hombre veterano, llegue a un público mayoritariamente compuesto por jóvenes”.
Sly levanta la vista del micrófono y sonríe. Después de averiguar cuántos colores tienen el éxito y el declive, ha entrado en un periodo de su carrera en el que le basta con desmentir a los agoreros. “El mayor obstáculo que supuso este proyecto −dice− guarda relación con la edad. Hay una idea socialmente establecida según la cual, llegado a cierta edad −digamos 42 o 45 años− uno debe cambiar de actividad y ceder paso a otros. Ni que decir tiene que en Hollywood esa filosofía es aún más dura”.
En este punto, Stallone se lleva la palma de la mano al hombro, como señalando una cicatriz. “La segunda dificultad era de carácter físico, porque durante el rodaje tenía que subirme a un ring con un campeon de verdad, y encajar sus golpes de manera convincente. Eso implicaba un serio compromiso. Pero la parte más difícil de todas tenía que ver con el miedo al fracaso. Tras la decepción que supuso Rocky V, no quería contrariar a mis seguidores. Necesitaba mostrar mi filosofía de que los mayores pueden seguir activos y afrontar nuevos retos. Con todo, ese miedo es lo mejor que me pudo pasar, porque me llenó de fuego −refuerza esta idea con un ademán−. El miedo puede destruirte o te puede obligar a ir más allá de lo posible. En este caso, me ayudó a desarrollar un proyecto que se prolongó a lo largo de siete años. Un periodo largo, durante el que tuve que superar incluso el rechazo de aquéllos a quienes consideraba amigos. Con el tiempo, he comprobado que uno ha de convivir con la soledad. Lo importante, al fin y al cabo, es la satisfacción personal y la compañía de esas dos o tres personas que te quieren de verdad”.
Filosofía al filo del abismo. Stallone retorna con Rocky a territorios que le son conocidos: la lucha del héroe solitario; un individualista que, desde un submundo canalla, se aferra a proyectos tan llenos de ambición, que uno descubre que podría imitarlos. Buscando un modo de expresar lo que hoy representa su personaje, el actor da pie a una dura perspectiva de la actualidad. “Si comparamos su vida con la de nuestra generación −añade−, se advierte que los jóvenes de hoy lo tienen más difícil. Las oportunidades decrecen, y las exigencias aumentan. Todo ello da lugar a una amargura que, en la película, se manifiesta en los jóvenes del bar. La chica que destaca en ese grupo representa a quienes ya se han dado por vencidos, y no muestran respeto ni a las pasadas ni a las futuras generaciones”.
Hace un inciso aclaratorio (“Por cierto, esta joven vive en esa misma calle. La encontré en un centro de rehabilitación para toxicómanos”) y luego se confiesa en tono hogareño: “La escena en que discuto con mi hijo en la ficción se asemeja a momentos que he experimentado con mi propio hijo. Pertenecen a un sector de la juventud convencido de que la vida debiera conceder ciertas oportunidades. Lo quieren todo en bandeja, pero las cosas no funcionan de ese modo. Adoro a los jóvenes, y me produce pena y rabia la difícil situación que les ha tocado en suerte. En Hollywood, por ejemplo, un aspirante que tenga el sueño de rodar lo tiene casi imposible. De hecho, los estudios que antes producían hasta veinticinco películas anuales ahora no pasan de las nueve. Todo esto da a entender por qué el público joven responde así a Rocky Balboa. La película refleja inquietudes que el propio protagonista explica a su hijo. La vida siempre va a hacerte daño. Fue y será de ese modo. Pero, ante todo, hay que seguir luchando”.
No hay cinismo en sus palabras. Oyéndole hoy, parece que en la intimidad de un viejo boxeador puede encontrarse algo atractivo y elocuente. “A veces −señala en tono pensativo− me preguntan por qué en esta película no hay un enemigo, un villano con el que deba medirse Rocky. Según creo, es más interesante la batalla interior que enfrenta al protagonista consigo mismo. De hecho, para tenerse auténtico respeto, ha de luchar con el peor de los villanos: el que habita dentro de su corazón”.
Seguramente haya un público que se encoja de hombros ante aforismos de este tipo. Sin embargo, en la voz de Stallone aún suenan a consejo utilizable. Un buen preludio a lo más divertido de su declaración: el relato de su rodaje en Las Vegas, frentre a frente con el púgil Antonio Tarver, otro luchador poderoso, con treinta knockouts en su trayectoria.
Alternando la película de 35 milímetros y la alta definición, ese tramo final de la película contiene algunos hallazgos de interés. “Mi propósito −dice el actor− fue filmar una pelea tan fiera y veraz que nadie quisiera repetir la experiencia en otra película de boxeo. Debo aclarar que, en los Estados Unidos, la casi totalidad de los aficionados siguen los combates a través del canal de pago HBO. Empeñado en mantener ese tono realista, rodé el combate en Las Vegas, con su auténtica ambientación. Mi rival era un verdadero campeón de los pesos medios. También los periodistas eran reales, al igual que el maestro de ceremonias, las anunciantes, el árbitro y los once mil espectadores. Lo único falso era yo mismo”.
Con todo, las circunstancias quisieron que la pelea también fuese real. “Había escrito cincuenta páginas con una elaborada coreografía −aclara−. Mi idea era que, a diferencia de lo que había sucedido en anteriores películas, nadie saliera dañado. El caso es que, antes de rodar, el pugil contrario se rompió la nariz y yo me fracturé dos dedos del pie −Stallone, risueño, se encoge de hombros−. Sin tiempo material para los ensayos, tuvimos que dejar de lado el guión y luchar de verdad. En concreto, hay una secuencia, durante el segundo round, en la que mi adversario me tumba de un puñetazo. Intento agarrar las cuerdas, pero soy incapaz. Pues bien, no se trata de una actuación. Una vez en el suelo, me dije ‘Yo no escribí esto’. Fue entonces cuando comprendí que, en ese tipo de situaciones, el boxeador no siente verdadero dolor. Simplemente, uno se queda desorientado, sin saber dónde está, como si su mente se hubiera perdido en Disneylandia”.
Una vez más, estallan los fogonazos de los flashes. El actor nos firma autógrafos, acepta el fisgoneo, recibe palmadas en la espada y elogios inconexos (“Me encantó la película”, “Oh, sí, por favor. Déjame que te haga otra foto”). Probablemente Sly agradezca que más de un reportero se haya reencarnado en fan. Aunque, pensándolo bien, creo que ya está acostumbrando a esa estrepitosa costumbre.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
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