
Tras posar en la escalinata que conduce al hall del Ritz, Andy García e Inés Sastre se despiden de los fotógrafos y entran en uno de los salones del hotel.
Sospecho que a Andy le gustaría ser recordado por la película que viene a promocionar, La ciudad perdida, de cual es protagonista y director. Veo en él a un hombre animoso y radiante, que aún conserva esa inocencia que la maquinaria de Hollywood suele enturbiar. ¿El secreto? Diría que hay más de uno. Pese a su aire de seductor clásico, prefiere el papel de padre de familia. Desconoce, por tanto, ese vacío emocional que arrastra y deprime a algunos de sus compañeros. Aunque hace años que empezó a lloverle dinero, se muestra humilde y cultiva la imagen de un caballero de buena crianza, a quien la frivolidad le provoca apatía. Parece desconfiar de las candilejas, y sin embargo, crea en torno a sí un centro de gravedad que a casi nadie le deja indiferente.
El diálogo, pese venir motivado por una película, se inicia con una declaración encendida. “En mi condición de cubano −dice−, estoy esperando la promesa de la Revolución. Es decir, la constitución y la democracia. Es muy difícil saber qué va a pasar, pero ésa es la esperanza que yo tengo”.
Ciertamente, la falta de libertad consigue decolorarlo todo. Sin embargo, con su maquillaje cruel, las dictaduras tienden a justificarse. Levantando un decorado que a muchos aún fascina, el castrismo reitera su legitimidad de origen. La Revolución, al decir de García, precisa una revisión ajena a los mitos. “A finales de los ochenta −dice−, yo tenía la idea de rodar una película ambientada en ese periodo de la historia cubana. Gracias a la relación que yo tenía con los estudios Paramount, Frank Mancuso me preguntó si había alguna producción que yo quisiera realizar. Fue entonces cuando le expuse la idea de crear una especie de Casablanca en La Habana de fines de los cincuenta. Mancuso me preguntó si yo tenía algún guionista en mente, y yo mencioné a Guillermo Cabrera Infante. Estaba decidido a trabajar con él, así que me fui a Londres a conocerlo. A través de Néstor Almendros y Orlando Jiménez-Leal, conseguí apalabrar un encuentro con el escritor en su apartamento londinense. Recuerdo que estaba sentado frente a su escritorio. Tras él, se alzaba una pared altísima, con miles de libros. Yo le dije: Maestro, ¿ha leído usted todos esos libros? Hizo entonces una larga pausa, aspiró el tabaco de su pipa, y luego me respondió: Solamente una vez. Ahí arrancó nuestra relación”.
Con ese linaje novelesco, no sorprende que el desarrollo del libreto fuera sumamente prolijo. “El primer guión −comenta García− tenía 340 páginas. Era una biblia, sinceramente… Y también una obra maestra. De ahí salió la película. Pero pasaron dieciséis años antes de que pudiera iniciarse el rodaje. Fue una cinta muy difícil de financiar, y hubo que costearla a través de distribuidores internacionales e inversores privados. Se filmó en 35 días, con un presupuesto de nueve millones de dólares. La preparación duró cuatro semanas, y debo agradecer la entrega de profesionales como mi amiga Deborah Lynn Scott, que se llevó el óscar por el vestuario de Titanic; como Waldemar Kalinovski, el otro diseñador; como el fotógrafo Emmanuel Kadosh, y en definitiva, como todos los que participaron en este proyecto, incluyendo a Bill Murray, Dustin Hoffman e Inés Sastre”.
La fe supersticiosa del régimen castrista en la implícita fijación de la voluntad popular –fijación que degeneró luego en el campo de la autocracia– ha conducido, por una de esas perversiones que son tan frecuentes en las dictaduras, a la completa necrosis de la libertad en Cuba. Para el déspota, la disidencia no necesita exteriorizarse. Ni siquiera debe intuirse, sino tan sólo extirparse, y ello con un razonamiento quirúrgico, pues el descontento tiende a ser contagioso.
Nadie debe ignorar que en la praxis revolucionaria fluye una verdad trascendente, o mejor aún, la totalidad de un ideario subsumida en el partido único. Frente a ese destino, los exiliados como Andy García acumulan recuerdos amargos. “Soy producto de la historia que narra La ciudad perdida −dice−. Suelo decir que Guillermo era mi sastre: hizo el personaje de Fico Fellove a mi medida, y muchas de las cosas que pasan en la película le sucedieron a Guillermo o pasaron en la Cuba de aquellos días. Hay detalles que yo mismo viví cuando era un muchacho. Por ejemplo, el paso de los exilados por lo que llamaban la pecera. Un punto de control en la salida del país, donde te quitaban cualquier cosa personal que tuviera algún valor. A decir verdad, hay en La ciudad perdida muchos elementos que forman parte de mi amor y de mi nostalgia por mi país natal”.
Pregunto al actor y director por uno de los ingredientes más notables del largometraje: la música. Cuando menciono a Ernesto Lecuona, Andy sonríe y aclara las razones de sonoridades tan poderosas: “Buena parte de lo que ocurre en la película viene motivado por la música cubana. De hecho, el guión original incluía apuntes con la letra de determinadas canciones; por ejemplo, un son del Trío Matamoros que debía oírse en cierta secuencia”.
También me interesa conocer cómo interpreta la mitificación cinematográfica del castrismo. Le digo que La ciudad perdida me parece mucho más sólida, y también más equilibrada, que la mayoría de las cintas que se han aproximado al asunto. “Hay pocas películas norteamericanas que aborden este momento histórico −dice−. Y sin embargo, es un periodo que, a mi modo de ver, sugiere muchísimas motivaciones. En mi película, el drama político y el proceso de cambio ideológico se introducen en la historia de una familia, condicionada, a su vez, por el universo de La Habana, en cuyo centro se sitúan el mundo de la música y del cabaret. Son, sin duda, los ingredientes propios de una película clásica, al estilo de Doctor Zhivago y Casablanca, que también se ambientan en momentos de transformación ideológica. Obviamente, este sentido épico de la película justifica su larga duración. Por lo demás, yo siempre quise rendirle homenaje a la historia que escribió Cabrera Infante”.
Sé que la cinta ha llegado a los Estados Unidos, pero lo ha hecho con dificultades. “Su financiación −comenta, dejándose llevar por un arranque de emoción− fue un proceso sumamente difícil, pero al fin pudimos rodar la película, y Guillermo pudo verla antes de fallecer... Extraño mucho a Cabrera Infante, pero retengo ese momento en que estuvimos juntos y me mostró su orgullo por el resultado”.
A estas alturas de la charla, tengo claras tres cualidades de Andy García: su inteligencia, su capacidad sugestiva y una bonhomía que aflora por momentos. Con afán pedagógico, insiste en revisar los tópicos del castrismo, empezando por sus raíces. “La revolución cubana −comenta− fue motivada, financiada y organizada por la clase media. Fue una revolución intelectual. El propio Fidel Castro pertenece a la clase media alta. Eso me pareció muy interesante. Quise reflejar el modo en que una familia de vida cómoda se plantea ese gran cambio en el país, buscando la democracia, el pluralismo. En la película queda de manifiesto el modo en que la realidad varía el curso de ese proyecto. Después de la victoria, prosperó otra ideología y la promesa revolucionaria nunca se cumplió. Para subrayarlo, recurro a imágenes de archivo donde se ven fusilamientos. Estas imágenes de los paredones se filmaban para indicarle al pueblo que había que mantenerse en línea. Es, sin duda, un momento oscuro de nuestra historia. En realidad, La ciudad perdida propone una metáfora. La historia del amor imposible entre Fico Fellove y Aurora (Inés Sastre) es la que vive un exilado con relación a Cuba. La ama, sí, pero no puede estar con ella”.
Andy entiende que su película es algo más que un retrato histórico o un melodrama. De hecho, parece interesarle mucho lo que pensarán sobre La ciudad perdida sus compatriotas isleños. “Tengo muchos amigos que siguen viviendo en Cuba −dice−, de modo que estoy muy informado sobre lo que pasa en la isla. Recibo noticias a través de gente que viaja −músicos, artistas−, con quienes puedo sentarme a platicar. En este sentido, sé que la película ha llegado a Cuba, pirateada. No han comprado los derechos pero se está viendo”.
Hago recuento y hallo a numerosos cubanos e hijos de cubanos en el reparto. Menciono a Andy algunos nombres al azar (Tomás Milián, Steven Bauer, Jsu García, William Márquez, Elizabeth Peña, Daniel Pino, Tony Plana, Víctor Rivers…) y él se muestra conmovido por la hermandad sentimental que forman todos ellos. “Inés Sastre ha sido testigo de esa circunstancia −dice−. La mayoría del elenco es producto de esta historia. Tanto para los exilados como para sus hijos, supone algo sumamente personal. Me acompañan dos personas que saben a qué me refiero: mi hija Dominik García-Lorido, que hace el papel de Mercedes, y Rubén Rabasa, que interpreta a Pizzi. Rubén nació en Cuba y Dominik es hija de exilados”.
Con tantas películas a su espalda, Andy sabe el efecto que un título determinado tiene en los espectadores. Piezas de culto, películas inolvidables… Acaso nos hallemos ante una producción con esa inefable cualidad. No en vano, pensar en los desterrados de Miami y repasar el argumento de esta cinta supone remover sentimientos muy arraigados. “Su estreno en Estados Unidos −indica− fue muy emocionante. El Festival de Telluride tenía previstas dos exhibiciones y, finalmente, la proyectó cinco veces. En el Festival de Miami teníamos un público que sabe bien de qué habla La ciudad perdida. Y sinceramente, su reacción ha sido estupenda. A tal extremo, que incluso hubo desmayos causados por la el compromiso emocional de la película. Todo eso me llena de orgullo, y puedo decir que, después de ser padre, este es el trabajo más importante que he hecho en mi vida”.
Al estrechar su mano, confirmo que la esperanza de Andy es genuina. Es probable que hoy se quede despierto hasta tarde, imaginando que recorre El Malecón, desde el Castillo de la Punta hasta la Chorrera. Libre, una vez más, en una tierra que también merece serlo
Copyright © de la fotografía (Andy García junto a Inés Sastre): Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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