Entrevista con Carlos Saura y Paco Rabal

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Entre los proyectos de Luis Buñuel que no llegaron a prosperar figura un guión, Goya, presentado sin éxito a la Junta Magna del Centenario de Goya en Zaragoza.

Otro tanto ocurrió con el libreto en inglés La duquesa de Alba y Goya, que ofreció el director a la compañía cinematográfica Paramount Pictures en 1937.

Con esos antecedentes, la representación que del pintor aragonés hace Carlos Saura en su film Goya en Burdeos (1999) adquiere un tinte buñuelesco lleno de magia.

Para calibrar esta relación entre Goya y Buñuel, conviene antes recordar la confianza depositada por el realizador en su paisano y amigo: "De Carlos Saura, aragonés como yo, a quien conozco hace tiempo (incluso consiguió hacerme interpretar un papel de verdugo en su película Llanto por un bandido), me gustaron mucho La caza y La prima Angélica. Es un cineasta al que soy generalmente muy sensible, con algunas excepciones como Cría cuervos".

El elogio, que puede leerse en Mi último suspiro (1982), permite colocar a Buñuel en el centro del proyecto cinematográfico de Saura, muy relacionado con todo lo escrito en torno a Goya por el director de Calanda.

Todo ello salió a relucir en las preguntas que formulé a Carlos Saura y al actor Francisco Rabal durante el encuentro con la prensa celebrado el 4 de noviembre de 1999, tras el preestreno de Goya en Burdeos.

Goya en Burdeos, en el fondo y en la forma, viene a ser un gran homenaje a Luis Buñuel.

CARLOS SAURA: Todos sabemos que Buñuel es un extraordinario cineasta, pero además fue para mí un amigo entrañable, desgraciadamente perdido. Conversar con él era una experiencia maravillosa, dado que siempre tenía infinidad de ocurrencias. Y han sido esas charlas una fuente de inspiración muy considerable a la hora de redactar mi guión sobre Goya.

Los diálogos de la película son, lógicamente, invenciones, pues el pintor apenas dejó constancia escrita de sus pensamientos, más allá de su conocido epistolario con Zapater. Por esa razón, a la hora de rellenar las diversas lagunas de su personalidad, opté por atribuirle frases que yo había escuchado decir a Buñuel; no en vano considero que son muchos los paralelismos existentes entre ambas figuras.

Lo cual viene a justificar otro detalle de la caracterización: cuando Francisco Rabal me preguntó cómo veía yo al personaje, le dije que debía imitar, con cierta mesura, el habla de Luis Buñuel.

A la vista de algunas secuencias, me parece que tal imitación casi resulta exagerada, y yo estoy viendo ahí a un Buñuel redivivo. En este sentido, hay que reconocer que esa inspiración era esencial para ambos.

Don Francisco, usted conoció muy bien a Buñuel. ¿Cómo ha logrado apropiarse de sus rasgos para interpretar a Goya?

FRANCISCO RABAL: El Goya que interpreto padece, como Buñuel, la sordera y el exilio, que es una de las cosas más tristes del mundo. Indudablemente, su recuerdo ha sido habitual durante todo el rodaje y, aun en este momento, sigue emocionándome. Buñuel era un hombre encantador, de una gran dulzura.

Cierto que a veces mostraba una faceta más brusca, pero esa violencia... esa violencia traslucía la ternura de su carácter, que él volcaba de forma muy significativa sobre los humillados, sobre las personas más desfavorecidas.

Por esa humanidad, este recuerdo que conservo de Luis es el de alguien que llegó a ser extremadamente familiar para mí. De hecho, al conversar, siempre me llamaba "sobrino", mientras que yo hablaba de él como "mi tío".

En cierto sentido, sigue vivo para mí. Sueño mucho con mis parientes desaparecidos -mi padre, mi hermano- y también sueño con Buñuel, en quien hallé un segundo padre.

Con el paso del tiempo, se convirtió en una presencia continua en mi vida. Nos conocimos cuando me llamó para interpretar el papel de Nazario en Nazarín, un título que renovó mi carrera y motivó mi proyección internacional.

Hábleme de ese primer encuentro.

FRANCISCO RABAL: Fue sencillo: recién llegado yo a México, al poco de saludarnos, hubo una simpatía recíproca que convirtió aquel primer contacto en amistad. Una amistad que se prolongó en su familia, a tal extremo que continúa hoy el afecto que siento por sus hijos Juan Luis y Rafael, y también por su sobrino, Pedro Christian García Buñuel.

Traté asimismo al hermano de Buñuel, Alfonso, fallecido en 1961.

Por desgracia, la muerte nos va arrebatando a todos los integrantes de aquella generación... Perdimos hace poco a Rafael Alberti, muy querido por mí.

Un superviviente de aquella generación, Pepín Bello, me dijo que le enviase un abrazo de su parte.

FRANCISCO RABAL: Por suerte Pepín aún esta nosotros. Y Buñuel... Buñuel sigue presente en todo cuanto hago y siento. Es más: aún atiendo sus consejos cada día, fascinado por aquel universo creativo que supo componer con su enorme talento. De ahí mi alegría por este homenaje que se le haya podido rendir con la película Goya en Burdeos.

Goya en Burdeos es cine aragonés en estado puro. No sólo salen a relucir Goya Buñuel. También Baltasar Gracián.

C. SAURA: Como indicaba, hay mucho de Buñuel en este largometraje. Y es cierto, nos movíamos entre aragoneses, dado que, aparte de mí, lo eran Goya, Buñuel y Baltasar Gracián, un escritor a quien siempre he admirado y que, además de inspirar numerosas imágenes a Goya, también me ha servido como estímulo en algunas de mis películas, incluida esta última.

He hablado muchas veces con Luis de la obra literaria de Gracián, que siempre le influyó mucho.

Por otro lado, puestos a extender el paralelismo entre Goya y Buñuel, pienso que, de haber vivido en nuestros días, el pintor podría haber sido también un cineasta. El cine es un medio idóneo para manejar la memoria y también para combinar la realidad cotidiana con otros estados que la deforman. Cuestiones que, salvando las distancias, Goya puso en práctica de una forma muy lúcida.

En concreto, la secuencia que ilustra los títulos de crédito parece aludir a los carnuzos que tanto fascinaban visualmente al realizador.

C. SAURA: Tú debes de ser aragonés si sabes esas cosas... Pero esa secuencia no se refiere tanto a los carnuzos de Buñuel, como a un hermoso cuadro de Rembrandt, El buey. No es una cita casual, pues Goya decía que sus grandes maestros eran Velázquez, Rembrandt y la naturaleza.

F. RABAL: Esa forma de ser de Buñuel, tan semejante a la de Goya, me ayudó mucho en mi actuación. Ha sido ésta una de las ocasiones en que he trabajado con mayor profundidad el personaje, metido dentro de su piel, maravillado por todos los detalles del rodaje. Siguiendo la ya citada indicación de Carlos, me tomé la libertad de imitar a Luis.

Lo cierto es que yo hubiera acentuado esa imitación, pero Saura no lo consideró adecuado. Simplemente, me decía: "Piensa en Buñuel", y pensar en él era dejarme llevar por su sombra protectora.

Aparte de esta presencia familiar, me sirvió de inspiración leer muchos libros sobre Goya y su obra, y también visitar en numerosas ocasiones el Museo del Prado. Pero sobre todo me ha servido la asistencia de Carlos, sin olvidar el hecho de que, físicamente, me parezco bastante a Goya, sobre todo cuando me he ido haciendo mayor. Por otro lado, Buñuel me habló de su proyecto sobre Goya.

¿Y qué le dijo?

F. RABAL: Solía destacar una secuencia un tanto escatológica: el pintor y un amigo suyo aparecen haciendo sus necesidades en medio del campo mientras hablan de la vida.

A su modo, con ese planteamiento, también pretendía hacer del artista alguien más humano.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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