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Entrevista con Cecilia Roth

Cecilia Roth

Cecilia Roth es una actriz argentina que ha simultaneado su carrera en su país y en España. Gran conversadora, Roth sabe describir con elocuencia y calidez los sentimientos de un actor.

El siguiente diálogo contiene preguntas que hice a la actriz el 21 de junio de 2001 y el 25 de noviembre de 2002, durante las presentaciones de Una noche con Sabrina Love, de Alejandro Agresti, y Kamchatka, de Marcelo Piñeyro.

¿Te consideras afortunada?

Ha sido para mí un privilegio estar en el lugar indicado en el momento preciso. Muy en particular, lo demuestran las primeras películas que rodé junto a Pedro Almodóvar durante mi estancia en España, en los años ochenta: Pepi, Lucy, Boom y otras chicas del montón, Laberinto de pasiones, Entre tinieblas y ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Todos estos proyectos coincidieron con un momento histórico tan importante como la transición democrática. Fue una enorme suerte vivir aquella primavera española.

Sin embargo, había otra fuerza que se fue intesificando: el enorme deseo de retornar a la Argentina, para de esa forma entender qué significado tenía ese paréntesis que había dejado sin cerrar.

¿Qué es lo que más te impresiona de la crisis por la que pasa Argentina?

Aunque durante el mandato de Menem sentía vergüenza por ser argentina, el dolor por cuanto sucede en mi país queda solapado por un fuerte afán de compromiso.

Y eso se traduce en una inevitable necesidad de pertenecer a aquel lugar donde nací. Esto, qué duda cabe, también me permite extraer un mayor significado de los recuerdos.

Imagino que la participación en Kamchatka, de Marcelo Piñeyro, te ha hecho revivir cómo afectó a tu familia el exilio.

Buscando un paralelismo con los personajes de la película –sobre todo en la raíz de sus actitudes–, me acuerdo de cómo creíamos en la brevedad de la dictadura. Aquello parecía que iba a acabar en dos meses.

«¿Cuánto va a durar esto?», nos preguntábamos. Y por lo general, la respuesta era: «¡Poco!». Tanto es así que, a la hora de buscar acomodo en España, mis padres dijeron: «Nos vamos por un año sabático. En cuanto se marche Videla, regresaremos».

La historia, como es sabido, fue muy distinta. Por todo ello, el rodaje de Kamchatka supuso una profunda angustia.

¿En qué sentido?

Encarnar a sus personajes era algo así como hacer digitopuntura: nuestra memoria queda tatuada en la piel, y al tocar cada punto, brotan viejas emociones.

De ahí que fuera surgiendo, a medida que avanzaba la filmación, toda esa cotidianidad, todo ese cúmulo de pequeñas vivencias íntimas, que no figuran en ningún documento.

Era fácil reconocerse en los protagonistas y entender lo mucho que se perdió cuando ingresaron en la lista de los desaparecidos.

Se olvida en ocasiones que cada desaparecido llevaba una vida familiar, sentía amor o amistad, iba a su trabajo y, en definitiva, compartía su existencia con quienes hoy lo recuerdan.

La mirada histórica nos facilita una perspectiva general de la que ellos carecieron. Con seguridad, esto también influye en nuestro trabajo, porque cuanto ahora sabemos acerca de aquella tragedia es mucho más de lo que entonces pudo llegarse a conocer.

Supongo que la inspiración para interpretar a estos personajes tan singulares resulta difícil de describir.

Tiendo a creer que los actores tenemos una extraña personalidad, en la que intervienen mecanismos sutiles, puestos en marcha durante la lectura del guión.

Al enfrentamos a él, surge ese personaje que va a incorporarse a la vida del intérprete y que, en sentido inverso, va a enriquecerse con la propia existencia del actor.

El engranaje comienza a evolucionar de manera muy arbitraria e inconsciente, y cambia de acuerdo con las cualidades y exigencias de cada personaje.

Háblanos del punto de vista que adoptaste para interpretar a un personaje tan singular como la estrella pornográfica de Una noche con Sabrina Love.

Además de todas las vivencias internas que volqué en esta mujer, también estudié a dos auténticas actrices de lo que en Argentina llamamos cine condicionado.

Cosa curiosa: al final, todo este proceso me sirve para confirmar que ciertas intuiciones, plenamente inconscientes, son la mejor alternativa. En todo caso, esta decisión intuitiva es la que permite plasmar los elementos interiorizados y también los datos extraídos de la observación.

No pretendo encasillarme, así que me agradó muy especialmente que me propusieran dar vida a alguien como Sabrina Love. Nunca pensé que fuera a encarnar a una pornostar, así que esta oportunidad me permite acumular un registro más, que aún no había explorado.

Alejandro Agresti es un realizador que tiene muy claro el modo en que quiere construir su universo narrativo.

Sin duda, el imaginario de este director queda expuesto con mucha solidez en la película. Eso sí, partiendo en lo esencial de la novela homónima de Pedro Mairal que sirve de base al guión.

¿Cómo ha reaccionado Mairal ante esta adaptación?

El cine siempre acaba alejándose del original literario. Es absurdo pensar en un calco cinematográfico de la obra escrita. Y por otro lado, no creo que Mairal se disguste con los cambios.

Muy al contrario: el hecho de que su novela ganase el premio Clarín, vendiendo de paso los derechos para esta versión, ya justifica su alegría.

Tu trabajo Una noche con Sabrina Love también te permitió compartir el rodaje con Giancarlo Giannini.

Él es un actor generoso, de quien siempre cabe aprender cosas nuevas.

En esta ocasión, llegó a decir sus líneas tras memorizarlas fonéticamente, y es todo un logro que consiga hablar en un castellano con muchos detalles de lunfardo.

¿Y el resto del elenco?

El encantador Tomás Fonzi, con quien he vuelto a coincidir en Kamchatka, posee, a pesar de su juventud, una experiencia televisiva muy amplia.

Protagonizó a lo largo de tres años una serie muy exitosa –Verano del 98 (1998-2000), de Carlos Luna y Federico Palazzo–, y demuestra esa sólida formación que ahora le lleva al teatro de la mano de Lluis Pasqual. Trabajará junto a Alfredo Alcón en un montaje de La tempestad.

El caso de Norma Aleandro requiere una aclaración, pues no compartimos secuencias en la película. Quisiera trabajar con ella y, de hecho, durante el proceso de preparación de Vidas privadas (2001), que dirige Fito Páez, Norma figuraba como la actriz encargada de interpretar a quien es mi madre en la ficción.

Finalmente, otros trabajos en el teatro y el cine le impidieron dar vida a ese papel que luego recayó en Chunchuna Villafañe, otra excelente actriz que coincidió con Aleandro en La historia oficial, de Luis Puenzo.

La película de Fito Páez te permite, una vez más, retornar a una etapa esencial de la historia argentina.

En líneas generales, el guión de la película, firmado por Fito junto a Alan Pauls, explora la resaca de la dictadura, y de alguna manera, trata de mostrar en qué nos hemos transformado, inadvertidamente, los argentinos.

La protagonista es Carmen Uranga, una mujer que lleva veinte años viviendo en España y debe regresar a su país.

Aunque pertenece a una familia de la oligarquía, fue detenida en 1978 junto a su esposo.

Por muchos motivos, ahí comenzó su tragedia: durante el internamiento en el campo de concentración, esta mujer descubrió que su marido era un militante de alto nivel.

Finalmente, a él lo hicieron desaparecer, pero ella logró salir gracias a los vínculos de su familia con la cúpula militar.

Durante su exilio en España, se transforma en una empresaria calculadora y solitaria. Nadie la ha vuelto a tocar o a besar. Y ha perdido la memoria: aparta de sus recuerdos lo que ocurrió dos décadas atrás.

Tiene que retornar a Buenos Aires porque su padre, al que da vida Héctor Alterio, está próximo a la muerte. Es un personaje útil para transmitir la realidad de un país que no puede ser feliz.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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