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Entrevista con Ricardo Darín

RicardoDarin

No suele ser ya costumbre hacer cine negro. Para quienes aman las modas, ahí va este pequeño dato: frente a un centenar de thrillers de acción, la cartelera de este año sólo ha ofrecido un policiaco clásico.

Su título, La señal, ya es toda una premonición. Y si les digo que su director y protagonista es Ricardo Darín, la calidad queda garantizada. En animada charla, el actor argentino nos revela los principales secretos de su película, y da a entender por qué ya no se filman producciones de este tipo.

Es el año 1952 y nos hallamos en Buenos Aires. Eva Perón agoniza. Un detective privado, Corvalán (Ricardo Darín), acepta el encargo de Gloria (Julieta Díaz), una bella vampiresa. En el fondo, Corvalán sabe que lo que Gloria le pide –un rutinario trabajo de seguimiento– oculta misterios que no conviene revelar. Pero ni siquiera su socio Santana (Diego Peretti) consigue disuadirle de esa aventura que más bien parece una condena.

He aquí el argumento de La señal, una película como las de antes, bellamente filmada e interpretada con soltura por Darín, Peretti y un excelente elenco de secundarios. Quien firma el guión es Eduardo Mignona, autor de la novela en que se inspira la trama y fallecido antes de que pudiera llevarse a la pantalla.

La muerte de Mignona puso en riesgo el proyecto, pero éste salió adelante gracias al empeño de Darín y Martín Hodara, que se hicieron cargo de la dirección. Con el constante apoyo de ese magistral intérprete que es Diego Peretti, reestructuraron la película y diseñaron una de sus cualidades estéticas más notables: el proceso de descromatización que, de forma sumamente evocadora, recuerda por su textura a las viejas cintas en blanco y negro.

“Hicimos un trabajo previo tan largo –nos dice Darín–, que encaramos la etapa del rodaje confiando en que nuestro encuentro estaba contenido por no sé qué cosa que hacía que fuéramos para delante, y que lograba que pudiéramos sortear todos los obstáculos de forma tranquila y amable”.

Los profesionales que han intervenido en la cinta son, qué duda cabe, de primer nivel. Producida por José María Morales, Pablo Bossi y Francisco Lázaro, La señal está fotografiada por el genial Marcelo Camorino, su montaje corre a cargo de Alejandro Carrillo Penovi y cuenta con una directora de arte excelente, Margarita Musid.

“Para mí –llega a decir Darín– La señal se ha convertido en algo más que una película. Además de ser una historia maravillosa, hoy representa la oportunidad de seguir con el sueño que comencé junto a Eduardo Mignogna como actor, y que ahora siento la obligación moral de llevar hasta el final, junto a todo el equipo, en su lugar. Es algo así como una herencia, un camino en el que, estoy seguro, nos está acompañando”.

Ricardo, me gustaría que me explicaras, e imagino que es una curiosidad extendida, qué referencias tuviste en cuenta a la hora de preparar el proyecto. Entiendo que la pregunta pueda parecer obvia, pero es evidente que en La señal hay muchos elementos que homenajean al cine negro clásico.

En realidad, son tantas las referencias, tantas las películas que utilizamos en este proceso de buscar material, investigar y ser lo más fieles posibles al género, que nombrar una sola seria injusto con todas las demás. Hemos visto de todo, no sólo en términos estéticos, sino musicales.

Se nota mucho el cuidado puesto en la ambientación, y en especial, en el desarrollo de vuestros personajes.

Hicimos un trabajo muy grande, no sólo nosotros dos. Y esto merece la pena que lo aclare. Diego Peretti ha sido un compañero de ruta invalorable, incluso antes de que Eduardo Mignona falleciera. Él nos convocó, y empezamos a tener una serie de reuniones con él, en las que discutíamos distintos aspectos e intercambiabamos opiniones. Durante esa fase, tratábamos de afinar nuestros criterios para definir cuáles iban ser la dirección, el color, la textura que iba a tener esta historia. Después se sumó alguien que debería estar hoy aquí y que no está por razones profesionales.

Te refieres, supongo, a Martín Hodara.

Martín es el codirector de esta película. Él es el responsable directo de que la estética de La señal sea la que es. Y sin duda, hemos trabajado muy profundamente en todo esto que me estás consultando… en toda la parte referencial, o dicho de otra forma, de qué agua fuimos a beber.

No debe de ser fácil embarcarse en un film de época con un género tan específico como el policial.

En realidad, el punto en discusión para nosotros siempre fue buscar un punto de equilibrio. Eso es lo que teníamos como meta cuando hicimos la reestructuración del guión. Nos dimos cuenta cuando la historia se empezó a oscurecer y empezamos a tentarnos con tener la chance de, por fin, hacer una de género.

¿A qué punto de equilibrio te refieres?

A un criterio de verosimilitud…, a que el estilo interpretativo, aun respetando las reglas y los códigos del género, se acercara un poco más a lo que hoy entendemos como unas actuaciones que no sean, por decirlo de alguna forma, tan acartonadas.

¿Acartonadas?

Lo digo entre comillas… Me refiero a esas actuaciones acartonadas a los que nos tiene acostumbrados el género, sobre todo en la época del cincuenta y también del cuarenta. En ellas había cierta aspereza en el rubro interpretativo, deliberadamente buscado de esa forma. Son actuaciones que hoy, por un deliberado entrenamiento que todos los espectadores tenemos, deben variar. Y si bien es cierto que nos hacíamos cargo del reto que significaba meternos con el género, queríamos acortar un pelín las distancias como para que el estilo interpretativo fuera más digerible.

Hablando de la composición de los personajes, hay algo que no me resisto a preguntarte. La ambientación y el vestuario son magníficos, y eso me lleva a creer que una parte de vuestro camino como actores ya estaba recorrido antes de rodar cada toma. ¿Es esto cierto o me dejo llevar por un prejuicio?

Hay una cosa que he escuchado decir a los viejos actores…y cuando digo viejos hablo de grandes actores. Cuando era muy joven, me parecía siempre una exageración esa cosa de la vieja escuela de “Me pongo la gorra y entro a escena” o “Una vez que uno se pone el traje, ya se siente de otra forma”.

Es cierto…

Siempre me ha causado hasta casi te diría un poco de gracia. Me parecía un concepto un poco facilista, sobre todo para generaciones como las nuestras, un poco más volcadas a hacer una elaboración de otras características en la aproximación a un personaje. Siempre me había parecido un tanto simple el hecho de que, bueno, el actor se pone el traje y avanza. Sin embargo, en este caso ocurrieron cosas significativas, y no porque no haya hecho películas de época en otro momento. Pero recuerdo, por ejemplo, las primeras pruebas de vestuario con Diego, hace mucho tiempo de esto ya. Y la verdad es que es cierto: tener que vestir de una forma determinada, tener que utilizar sombrero…, esas cosas condicionan, y no sólo la forma de ser. También condicionan la forma de caminar, la forma de pararse, de relacionarse.

Ya lo creo.

Si a eso le sumamos una serie de condicionamientos que están directamente ceñidos a la vinculación entre las personas y a su trato, uno, casi sin darse cuenta, empieza a comportarse de una forma un poco más similar a lo que pretende. En definitiva, el tránsito que hay que hacer para viajar en el tiempo sesenta años atrás recibe ayuda de ese tipo de datos.

La dirección musical de La señal corre a cargo de Juan Ponce de León, y de la música incidental se ocupan Andrés Goldstein y Daniel Tarrab. Te confieso que su trabajo me parece formidable, tanto en lo que se refiere a la música original como a los temas ajenos que incluye la banda sonora.

Son gente muy confiable. Realmente trabajan de una manera extraordinaria, y nos entendimos muy rápidamente.

¿Cómo fue el proceso de diseño de la banda sonora?

En un principio, trabajamos con unas músicas de referencia. Empezamos a aproximar músicas de referencia durante el rodaje, con el montajista, a quien empezamos a sugerirle posibilidades.

Parece una tarea compleja, ¿no es cierto?

Partimos de caminos distintos. Por un momento, pensamos que la película no tenía que tener ninguna música.

¿Ah, no?

Quisimos ser económicos en ese sentido, y no queríamos sobrecargarla de música, a pesar de que el género está sobrecargado de música porque, bueno, la música ayuda muchísimo. Y aquí vuelvo a lo que te decía acerca de buscarle el punto de equilibrio o de verosimilitud. Había secuencias, situaciones enteras que queríamos que respiraran por sí mismas. Entonces utilizamos dos caminos distintos. Por un lado, fuimos exageradamente económicos en términos musicales… y luego tomamos el otro camino. Había dos cosas que tuvimos en cuenta. Dos cosas que fueron muy importantes. Tratándose de una historia que sucede en Buenos Aires en 1952, tiene un contexto sociopolítico que son los quince o veinte últimos días de la vida de Eva Perón, bajo un gobierno peronista, y teniendo además referencias concretas, como el personaje del protagonista.

Un bandeonista…

Por eso no queríamos pasarnos de argentinidad. Las condiciones estaban dadas para que esta fuera una película de tango por todos lados. Pero el sabor empezó a ser un poco turístico, un poco for export.

Entiendo.

…Y eso no nos gustaba nada. Entonces decidimos olvidarnos del tango. Cuando decidimos olvidarnos del tango (que era difícil, porque teníamos referencias concretas dentro de lo que es el guión), nos volcamos por el lado del jazz.

Un cambio notable.

Por supuesto, como todos sabemos, si uno elige determinadas piezas de jazz como músicas referenciales, hay algo evidente, y es que hay muy pocas cosas a las que les quede mal el jazz.

Quizá sea la música de cine más funcional que pueda darse.

Con la textura que estábamos trabajando y con la música de referencia de jazz, todo era extraordinariamente bello. De modo que nos pasaba lo mismo pero en sentido contrario. Nos habíamos alejado tanto de la argentinidad y nos habíamos acercado muchísimo hacia un lugar al que no queríamos acercarnos.

¿Y cuál fue vuestra decisión ante ese dilema?

Buscando ese punto de equilibrio, empezamos a aproximarnos a la música que hoy tiene la película. Una música debida a Juan Ponce de León, a Andrés Goldstein y Daniel Tarrab. Nos llamó precisamente la atención que, con tanta experiencia, fueran realmente económicos en términos musicales. Por ejemplo, llegaron a decirnos “Esta secuencia no tiene que tener música”… que es una cosa difícil. Es como si un director de fotografía dijera “Esa escena no debe tener luz”. Pero también en el terreno musical estuvimos bastante de acuerdo.

Ricardo Darín en la Casa de América, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.


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