Fotografiando a Daniel Craig

Daniel Craig

Situado junto a una enredadera, subrayo varias notas de mi cuaderno. Intento encontrar una línea signiticativa, alguna declaración que permita a los lectores comprender sobre quién les hablo.

Paso por encima de los párrafos biográficos, y encuentro un entrecomillado que dice así: “Voy por la vida pensando que todo va a terminar mañana”. No es un mal titular. Aunque cargada de adrenalina, la frase me sirve para resumir la psicología de Daniel Craig. En cierto sentido, él mismo parece uno de esos tipos que, caminando a grandes zancadas, se alisan la camiseta y nos dan la bienvenida en el campo de rugby. Hay un montón de apremiantes motivos para tenerle respeto, y sin embargo, la prisa lo impide. Es como si, a cada momento, dijera: “¿Quieres acompañarme o prefieres esperar?”

Ya es hora de que alguien me saque de estos pensamientos. Otros reporteros han ocupado su lugar frente al espacio previsto para la sesión fotográfica. Con paciente cordialidad, los organizadores resuelven dudas y atienden a los recién llegados. En este momento, no veo a los empleados del hotel −nos hemos reunido en el Santo Mauro−, así que cojo una silla de la terraza y me subo a ella. De este modo, consigo alzarme sobre la muralla de colegas que me antecede.

Mientras hago equilibrios sobre mi atalaya, reviso el teleobjetivo y el funcionamiento del flash.

Es probable que Craig ya esté al otro lado de la puerta que da a esta terraza. Quizá entrecierre los ojos y piense en lo voluble que es la vida de un actor. Según mis anotaciones, visitó España cuando era un adolescente, oculto en el reparto del National Youth Theatre.

Entre ensayo y representación, debía trabajar como camarero. Luego las cosas empezaron a suceder a un ritmo más rápido. Lo cual no quiere decir que se hiciera famoso. A última hora, el prestigio ganado en los escenarios y en algunas películas de buena factura −“Ah, claro, era ése que se parece a Steve McQueen”− fue puesto en entredicho por culpa de un golpe de suerte. En octubre de 2005, al poco de rodar Munich, obtuvo el papel protagonista de Casino Royale. Su primera reacción fue de euforia: “No había nadie más −suele comentar−, así que salí solo a tomar una copa y a celebrarlo. Por supuesto, no podía empezar a decirle a la gente del bar que yo era James Bond. Me hubieran echado o hubieran llamado al hospital para que me recogieran”.

Pocos días después, Craig divisó el tsunami de críticas que amenazaba con devorar sus esperanzas. “Los fans de Bond me odian. −confesó a un periodista del Entertainment Weekly−. No creen que yo sea adecuado para interpretar al personaje. Es tan simple como eso”.

Tengo que admitirlo, yo también me hubiera vuelto paranoico.

Si el tiempo comenzase a dar marcha atrás, y Craig hubiese conocido de antemano las excelentes críticas que hoy merece Casino Royale, seguramente nos trataría de otro modo.

Desde luego, una revancha se debe disfrutar, y eso es lo que ha comenzado a hacer. Basta con verle en este momento, apoyado sobre el hombro de Caterina Murino, intercambiando gestos de aprobación −“Pues claro, muy propio de ti.” “Luego hablaremos.”− con el director Martin Campbell y con su adversario en la película, Mads Mikkelsen.

Lo único que pretendo en este momento es capturar su mirada en el objetivo de la cámara.

Su semblante no ofrece la menor pista de lo que piensa, y sin embargo, me esfuerzo por no quedar excluido de su campo visual. Con difusa cordialidad, levanta la vista, sonríe y levanta una mano abierta para justificar lo que viene después. La prisa. De pronto, ya no le importan el aquí y el ahora. Va a marcharse por un camino que ya conoce. Es suficiente, en cualquier caso. Mientras se aleja, no hay en él un solo rasgo de rigidez.

Copyright © de las fotografías: Guzmán Urrero, 2006. Reservados todos los derechos.


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