
De todas las posibles maneras de fotografiar a Elsa Pataky, tal vez no haya ninguna tan incómoda como la que yo he elegido.
A contraluz, con el codo izquierdo apoyado sobre el hombro de otro reportero, sintiendo los músculos entumecidos por la espera.
¿Qué habría sucedido si hubiera elegido otro ángulo? ¿Se posaría sobre mí alguna de las palomas que nos observan desde la marquesina? La duda, por peregrina que a ustedes les parezca, tiene su lógica en este tipo de convocatorias.
Mientras uno aguarda, hay tiempo para despachar todo tipo de inquietudes. Con mejor sentido, algunos compañeros revisan el funcionamiento de sus cámaras. Podría decirse que en los preparativos ya imaginan el encuadre que les ha de solucionar la foto. El que esto escribe prefiere improvisar, disparando el flash con la prisa acostumbrada. Si no se padece de vértigo, es lo más recomendable.
Los relojes de sol no engañan. Es mediodía, y Elsa nos hace la vida un poco más fácil. Sonríe, sin tener que recurrir al gesto exagerado. Parece que se divierte, como si le hubieran contado una de esas historias que no tienen ni pies ni cabeza, llenas de insensateces pero decididamente graciosas. Un relato meridional, como los que cuenta Giovanni Veronesi, el director que la dirigió en Manuale d’amore 2. O mejor todavía, un cuento de superhéroes y adolescentes fracasados, de ésos que prefiere el realizador chileno Nicolás López.
Por si no recuerdan a López, les pondré al día. Hace un par de años triunfó con una película desquiciada, Promedio rojo, en la que se decían frases tan juiciosas como ésta: “Hay gente que dice que el colegio es la mejor época de la vida. Si es así, no me imagino cómo será la peor”.
Elsa acaba de rodar con Nicolás una película, Santos, que viene a ser la continuación de Promedio rojo. Me dicen que Adrien Brody –“Que no nos moleste nadie”– la visitó en el set, allá en Santiago de Chile, y que la prensa rosa –tenaz, lo mismo que un destacamento zulú– acosó a la pareja como suele. Es decir, con patológica indiscreción.
Tomo nota: Santos es una coproducción hispanochilena, y ha costado seis millones de euros. La historia, salvo que el lote incluya alguna sorpresa, tiene el color de lo ya visto: el protagonista (Javier Gutiérrez) es un dibujante de cómics que un día se da cuenta de que los seres que pueblan su fantasía se han hecho realidad.
Con cierta picardía, López cuenta que irá al Festival de Cine de Los Ángeles con la idea de conocer a George Lucas. Puedo imaginármelo en el rancho Skywalker, contando chistes a Georgie mientras le habla de tebeos y de golosinas, de muñecos coleccionables y de la cabellera de Elsa. “Su personaje se llama Laura Luna –le dirá, con cierto rubor–, pero en realidad se trata de una superheroína, la Chica Viento”. Y Lucas echará un vistazo al monitor, y acaso reconozca a una de las actrices de Serpientes en el avión: ojos azules, pómulos marcados y sonrisa amplia. Vistosa como esas muchachas rubias que florecen espontáneamente en los países nórdicos.
No es la primera vez que veo a Elsa en una convocatoria gráfica –un photocall, en el argot del medio–, y eso me permite confirmar su evolución.
A estas alturas, oye a los aduladores como quien oye llover. Parece enteramente feliz. Creo que eso explica el tono de su piel.
Nadie diría de ella que hace bien poco actuaba como una joven aspirante, dispuesta a creer que Al salir de clase era el no va más de la originalidad televisiva.
El único vestigio de aquella época son sus ojos. Unos ojos que alumbran ese lugar a donde está prohibido ir.
Copyright © de las fotografías: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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