
Los coches pasan muy despacio por delante del hotel Ritz. Desde la terraza, compruebo con alivio que un sol primaveral ilumina la fachada.
A ratos, la luz languidece, pero su intensidad es suficiente para animar a los reporteros, contagiados ya por la relajación del clima.
Por supuesto, aceptar sin reservas este escenario no excluye cierto grado de tensión. Al fin y al cabo, una parte de nuestra labor estriba en la suerte, y llegado el momento de rendir cuentas, la espera puede resultar inútil.
Atentos a la señal, todos preparamos nuestras cámaras. Por una escalinata, descienden Monica Bellucci, Elsa Pataky, Carlo Verdone y el director Giovanni Veronesi. Cordialmente, improvisan un protocolo frente al cartel de su película, Manuale d’amore 2, y deciden quién posará primero. Las fotos de grupo revisten menor interés, así que opto por aguardar a que las dos actrices dominen el escenario.
Cuando Bellucci y Pataky se sitúan frente a nosotros, me asalta una sola palabra: perplejidad. Y créanme, no se trata de una impresión desagradable.
Es sabido que la especie humana tiende a la homogeneidad, pero a veces nos sorprende con hallazgos biológicos como estas dos mujeres, distinguidas con un curioso hábito: el de ser el centro de cada reunión.
Unidas hoy en un abrazo informal, personifican dos extremos complementarios de la belleza mediterránea.
La española, risueña y halagada, coquetea sin malicia.
En contraste, Bellucci nos observa del mismo modo en que la Reina de las Nieves pasaría revista a un grupo de trasgos. Su frialdad de hoy, me comentan, no es algo nuevo.
Concluida la hora de los retratos, llega el momento de charlar con nuestros anfitriones. Hace poco que he visto su película y, ciertamente, me asalta más de una curiosidad.
Pese a la frescura del conjunto, Manuale d’amore 2 satisface las expectativas de quien suele disfrutar con los vaivenes de la comedia italiana.
En rigor, la cinta cumple con las normas del género. A saber: ternura costumbrista, aliñada con detalles de picardía erótica; posibilidad de observar de cerca la decoración social, sin excluir sus grietas y puntos oscuros; júbilo y compadreo de barrio, ceñido a una clara idea de solidaridad, y sobre la base de todo ello, intrigas de andar por casa, a cuyo término surge una respuesta determinista, sabiamente tranquilizadora, al estilo de “Ya sabía yo que esto no podía acabar de otro modo”.
Dado que todos estos clichés convergen en la cinta de Giovanni Veronesi, pregunto a éste por su catálogo de influencias: “Desde que nací −responde−, mi cultura cinematográfica se ha nutrido casi exclusivamente a partir de la comedia italiana. Se trata de un género que, sin perder la comicidad, aborda los asuntos cotidianos con cierto sesgo de tristeza. Dentro de este ámbito, tengo por maestros a Mario Monicelli, Pietro Germi, Ettore Scola y Dino Risi. Desde luego, aquí sale a relucir la vieja diatriba entre lo que le gusta al público y a la crítica. A decir verdad, un filme habla por sí solo, y ahí es donde queda claro que el público es soberano. Con todo, tú me preguntas por mis antecedentes, y en este sentido debo mencionar la pelicula que más me ha influido: La gran guerra (1959), de Mario Monicelli”.
Parte de la fama −y el gancho− que distingue a Monica Bellucci tiene que ver con su asombroso aspecto físico. Quienes admiran este don −ya son muchos, y su número aumenta−, a veces se olvidan de que la actriz también posee un nítido talento escénico. Por desgracia, el personaje que interpreta en esta cinta −Lucía, la fisioterapeuta que encarna el deseo inconfesable de Riccardo Scarmacio− no contribuye a desdibujar ese encasillamiento que lleva a algunos a repetir la consabida frase: Lei è la più bella donna del mondo. Con un empeño digno de mejor causa, Monica intenta hoy desmentir este cálido prejuicio. “Lucía −dice− no es un objeto de deseo, sino el sujeto de ese mismo deseo. Como es sabido, la prerrogativa de hablar del placer corresponde, en mayor medida, a la esfera masculina que a la femenina. En este caso, no es así. Lucía reivindica el placer femenino, y se toma la libertad de disfrutar de ello. Venimos de una cultura judeocristiana donde el concepto de placer libre por parte de una mujer es algo de lo que no se ha podido hablar. En ese sentido, Manuale d’amore 2 es una cinta moderna”.
Atenta a la explicación de su compañera, Elsa Pataky aplica el mismo argumento a su personaje, la española Cecilia, por quien pierde la compostura el cincuentón interpretado por el gran Carlo Verdone. “La joven a quien doy vida −aclara Elsa− tampoco es un simple objeto sexual. Si el personaje de Carlo se enamora de ella no es sólo por la atracción sexual. También le fascinan su forma de vivir, la juventud que ella tiene, su naturalidad y la alegría con que se plantea la existencia. Junto a Cecilia, este hombre tiene la ocasión de vivir un amor pasajero, hecho de ilusiones que lentamente se van diluyendo”.
Cuando pregunto a Verdone por su método de trabajo, intuyo que la naturalidad de su interpretación no ha sido algo definido en el libreto. Más bien parece fruto de la intuición. “En mi carrera −responde−, he ejercido como director, guionista y actor. Como intérprete, el número de mis películas es inferior, aunque haya podido participar en cintas de Alberto Sordi, Bertolucci y el propio Veronesi. Por todo ello, ha sido una experiencia nueva dejarme dirigir por otro cineasta. Giovanni me conoce y sabe que mi estilo oscila entre la comicidad y la melancolía. Se trata de un rasgo de mi labor que está presente desde que debuté con mi primer filme, producido por Sergio Leone. Dentro de esta línea, mi personaje en Manuale d’amore 2 requiere un delicado equilibrio entre la gracia, los momentos poéticos y la melancolía. No fue algo concebido a priori. Surgió en el día a día, por medio de la improvisación y el instinto, dos factores que me dan seguridad como actor. De hecho, nunca tuvimos que ensayar, salvo en aquellas escenas donde Elsa interviene, en las que fue preciso hacerlo para evitar dificultades con el idioma”.
A la hora de las despedidas, compruebo que el encanto de Elsa Pataky no es un rasgo calculado. Pese a la experiencia internacional que va acumulando, aún sabe agradecer los elogios con la cordialidad de una principiante.
La simpatía, por cierto, también adorna a Veronesi y a Verdone, quienes observan, de reojo, a la multitud de reporteros que ya rodea a la Bellucci. Por un instante, da la impresión de que la diva ha abierto de par en par las puertas su suite, invadida sin remedio por quienes formamos la clase Turista.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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