Con el sano propósito de industrializar una creación culinaria –no muy original, todo hay que decirlo–, Paul Newman logró levantar un imperio gastronómico cuyo fin último son las obras de beneficencia.
El acontecimiento que dio lugar a tan feliz empresa tuvo lugar, claro, en una época igualmente feliz.
En Navidad –cuenta el actor– mi familia adoraba el condimento para ensaladas que yo preparaba, así que comenzamos a llenar botellas para los vecinos. De esta forma, decidimos comenzar la producción.
Y lo hizo a lo grande.
En 1985, Newman era ya propietario de una nada discreta multinacional alimentaria, con fábricas en San Francisco, Los Angeles, Boston e incluso Australia y Japón.
La gama Newman incluye salsa para ensalada –una copia mal disimulada del gazpacho español–, salsa para spaghetti y palomitas de maíz.
Con orgullo, el actor advierte: Los productos han comenzado a cobrar vida como personajes. Mi satisfacción más grande ha sido la de coger un producto claramente comercial y relanzarlo para hacer el bien.
Pero la codicia pronto amenazó tan generoso empeño, precisamente a través de un tendero amigo de Newman, Julius Gold.
Todo ocurrió en abril de 1990.
La querella de Gold era la genuina crónica del inventor engañado.
A juicio de Gold, Newman se había aprovechado de su ayuda inicial y luego olvidado sus promesas de repartir el dinero obtenido.
El juzgado de Bridgeport se encargó de poner las cosas en su sitio, para alegría de Paul Newman, que por un momento temió perder parte de los bienes destinados a sus fundaciones.
Al margen de lo que prepara para consumo ajeno, durante sus últimos veinte años de vida, Newman tiene sus preferencias.
Whisky irlandés, frío –menos frecuente desde que venció, según dice, el alcoholismo–, y, sobre todo, cerveza americana, bebida de la que consume casi una caja diaria.
También se incluyen en esta lista, en menor grado de afición, espumosos, como el elaborado por el veterano vinicultor Hanns Kornell en el californiano Valle de Napa, o caldos de calidad, al estilo de los de Matanzas Creek, Arrowood o Robert Pecota.
Y si se trata de comer, a Newman le basta con acudir a los mejores restaurantes de Connecticut.
Véanse el "Bentley's Restaurant"", en Danbury, el "Copper Beech Inn", de Ivoryton, el "Restaurant Zanghi", situado en Westport y, principalmente, el "Landmark Club", el local con la mejor carta de vinos de Stanford.
El director Francis Ford Coppola tiene unos viñedos en el Valle de Napa, los "Niebaum–Coppola", y puede que ese sea el siguiente paso de Newman en el ámbito de la industria agroalimentaria aunque, por el momento, prefiera consolidar en el mercado aquellos productos que le han dado fama y han beneficiado su causa caritativa.
Lo de la salsa empezó como una broma entre amigos –comenta–, pero la cosa creció. Cuando me dijeron que se podría poner mi cara en la etiqueta, me pareció la proposición más obscena que había recibido nunca, pero tenían toda la razón.
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