Era sábado. Por más señas, 25 de julio de 1992. El bólido conducido por Paul Newman se salía en la décimo segunda vuelta del circuito de Lakeville, incrustándose en la protección de neumáticos lateral.
¿Es que no hay más que velocidad? Algo así debió plantearse el maduro actor al salir de su desvencijado vehículo, ileso, pero seguro de la advertencia que un hecho semejante supone para un conductor de cierta edad.
Decidido a dejar la alta competición, Newman dio la noticia a su esposa, Joanne, que siempre había sufrido con la trepidante afición de su esposo, una inclinación, por otra parte, compartida por compañeros como Steve McQueen y transmitida por Newman a jóvenes promesas como Tom Cruise.
Por lo menos, a Newman le quedó el consuelo de ver cómo se deslizaban por el asfalto los coches de la escudería cuya propiedad comparte con Carl A. Haas, un conjunto especializado en la llamada "Fórmula Indy", que contó con pilotos de la categoría de Nigel Mansell, quien fichó por la Newman-Haas en septiembre de 1992 y participó en la competición americana bajo su enseña hasta fines de 1994, cuando decidió regresar a su antiguo equipo, "Williams Renault".
El veterano Nigel logró para el equipo de Newman una importante victoria en Estados Unidos durante la temporada 1992–1993.
Los espectadores recordarán al Newman corredor por un programa televisivo de la ABC, Once upon a wheel (1971), dedicado al mundo de competición –y con la participación episódica de actores como James Garner, Kirk Douglas y Glenn Ford–, pero sobre todo por una cinta, Quinientas millas (1969), reflejo de la pasión automovilística de su protagonista y, en lo estrictamente cinematográfico, película de espléndidas interpretaciones y muy correcta dirección.
A buen seguro, este largometraje es uno de los mejores jamás realizados sobre el subgénero de las competiciones de bólidos, pues conjuga brillantemente la tensión de las carreras y la humanidad de un sólido guión.
Los aficionados a este arriesgado deporte saben que Newman no fue un participante frívolo en los circuitos.
Su pericia como corredor le permitió tomar parte brillantemente en carreras de reconocido prestigio, como Le Mans.
Reflejando una pretendida liberación, su furia en el asfalto equilibraba su ánimo fuera de éste.
No le tengo miedo a la muerte –declaraba–. Cuando estoy en el circuito sólo pienso en alcanzar la meta en primer lugar. Mis aspiraciones como piloto se centran en competir y ganar. La velocidad es ahora mi droga.
Hacia el mes de agosto de 1990 se rumoreó la posibilidad de que el director Sidney Pollack y el productor italiano Vittorio Cecchi Gori llevarían a la gran pantalla la biografía de Enzo Ferrari, al que tanto debe la industria automovilística.
Dos nombres se barajaron, en un principio, para protagonizar el proyecto.
Uno, Sylvester Stallone, pronto fue descartado; el otro, Paul Newman, todavía esperaba la oportunidad de montar de nuevo en un bólido, aunque sea en la ficción cinematográfica.
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