La tarea de ocupar el puesto de líder de algunas de las campañas benéficas más importantes nacidas de la sociedad civil estadounidense parece haber encauzado definitivamente los últimos años de vida del actor.
Puede que la condición de Newman haya encontrado su metáfora ideal en los materiales de los que están elaboradas las calaveras de la tradición mexicana: obsidiana y azúcar.
El duro mineral podría figurar su imagen social, dura y ajena a las glorias de la futilidad hollywoodiense, y el azúcar su creciente humanidad, cercana a la juventud marginada en cuya dedicación redime todo lo que jamás pudo dar a su hijo Scott.
Tras el hombre premiado por UNICEF, como "Padre del Año", el día 19 de julio de 1990, se esconde un personaje torturado por los recuerdos.
Algún amigo me dijo –reconoce– que no fue la droga lo que mató a Scott, sino la falta de amor paterno, Podría ser así, pero resulta terrible no poder hacer nada para devolverle la vida. Por eso trato de paliarlo, en cierto modo, ayudando a otros jóvenes como él.
Fue el 2 de febrero de 1994 cuando se dio a conocer, por boca del director Arthur Hiller, que Newman sería el destinatario del premio humanitario "Jean Hersholt", que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.
Este premio, creado en 1956 en memoria del fundador de una sociedad de ayuda a los actores ancianos, había reconocido, en 1993, la labor benéfica de las actrices Audrey Hepburn y Elizabeth Taylor.
Cuando supo que le correspondía el premio "Hersholt" de 1994, Newman demostró una vez más que los oropeles no son de su agrado: Estuve emocionado, pero no puedo decir que me pusiera de pie o subiera a una silla con un paraguas y empezara a dar saltos, pero sí, es todo un honor. Estoy encantado y sorprendido.
Un hombre como Newman, que siempre conserva el recuerdo amargo de una mañana de noviembre de 1978, cuando supo de un joven –su hijo Scott– derrumbado en la habitación de un hotel, corroído por la sobredosis, no puede ver de otra forma un premio de esta índole.
La fugitiva iluminación surgida del dolor corrige una vida basada en el éxito y la celeridad.
El encuentro con los parias de la sociedad norteamericana significa para Newman una nueva razón para obligarse a vivir, algo que él mismo reconoce como difícil en determinados momentos.
Hay también un esfuerzo por dejar memoria del hombre, más allá del personaje.
Para esto último invierte grandes sumas en actividades humanitarias, figurando un itinerario adornado con un lema que es un viejo proverbio universal y que él hace suyo: Dios premie en el Paraíso cada gota de generosidad que tú distribuyas en la Tierra.
Poco le queda de vivir al que rompa esta seña.
Con el corazón colmado por la generosidad, las críticas que el actor recibe por su dedicación comercial al mundo de la gastronomía son tan sólo papel mojado.
Los grandes beneficios de mis salsas –dice– sirven para sufragar los gastos de la Scott Newman Fundation, con cuatrocientos mil dólares anuales para desintoxicar a todos aquellos que quieran dejar la drogadicción. Esto lo pagan las ensaladas, mi líquido de aliño y mi bolsillo. ¿Cómo se atreven a decirme que me he convertido en un mercader de imagen para vender jarabes para la lechuga?
En lo familiar y lo social, Paul Newman pone todo el énfasis en ese acto sencillo que el cantante irlandés Van Morrison resumía en un tema, "¿Te he dicho últimamente que te quiero?", y a la hora de defender sus actividades no conoce el descanso.
Con voluntad de diversificar su organización humanitaria destinó varios millones de dólares a una residencia campestre para niños afectados por la leucemia.
Su gesto encontró eco en lugares tan lejanos cono Arabia Saudí, donde el príncipe Bandar Bin aportó un sustancioso cheque con el que ampliar las instalaciones.
En 1990 saltó a los periódicos la noticia de que el actor había donado ocho millones de dólares a la caridad, los que, añadidos a dádivas anteriores, sumaban treinta y seis millones de dólares entregados por Newman para realizar todo tipo de obras humanitarias.
Tres años después, Newman prologaba un libro protagonizado por Snoopy, el perro nacido de la imaginación del dibujante Charles Schulz, cuyo fin era advertir a la población sobre las circunstancias y consecuencias de la leucemia.
Sin duda generoso, el Newman de la vejez poco tiene que ver con aquel otro juvenil y dinámico, con una causticidad que sólo emplea como autodefensa.
Si alguien considera sus cualidades humanas no es precisamente la prensa del corazón ni los tabloides, sino aquéllos que han recibido su favor, en los que él intentaba adivinar el rostro de su hijo Scott.
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