Curiosamente, las mejores obras de Newman como director son algunas en las que no figura como tal en los créditos.
Él suele decir que cuando se realiza un trabajo verdaderamente bueno, es complicado afirmar dónde acaba la tarea del director y empieza la del actor.
Justo esta frase es la que apunta su estrecha colaboración con George Roy Hill en Dos hombres y un destino y El golpe.
Las dos conservan un tono particular que no se observa en el resto de la obra fílmica de Hill.
El equipo reconoció en su momento que escenas como aquella tan hermosa de las bicicletas en Dos hombres y un destino son responsabilidad de Newman.
Seguramente éste trabaja mejor con un director poco disciplinario, que le permita desarrollar su creación más allá de los límites de su oficio de actor.
Al menos, esto es lo que parece adivinarse tras la calidad de ambos títulos.
Por otro lado, no es un actor acaparador.
Admite que la calidad de la obra está por encima incluso de su presencia.
Es conocida una anécdota protagonizada por John Huston, cuando buscaba actores para interpretar a los personajes de El hombre que pudo reinar y se decidió a hablar con Newman, pensando en la pareja de éste con Redford para tal fin.
Una vez el actor americano hubo conocido los pormenores del proyecto, éste no sólo se negó a participar sino que le recomendó vivamente al cineasta irlandés que contratase a Michael Caine y Sean Connery.
Pero, cuando interviene en un rodaje, su vinculación con el director suele ser completa.
Y cuando no es así, se hace evidente en la pantalla.
Exodo (1960), por poner un ejemplo de enfrentamiento de Newman con un director, Otto Preminger, puede ser un exponente de cine de gran producción, pero no de dirección de actores.
Newman presenta una actuación irregular y su personaje no termina de concretarse.
En el extremo contrario, la colaboración de Newman con el cineasta neoyorquino Robert Rossen dio lugar a una de las cintas más interesantes de toda la filmografía de Newman, El buscavidas (1961), intensa, opresiva y personal.
En este caso, hay que añadir el concurso del operador Gene Shufton que, con sus habilidades fotográficas, dio un tono aún más claustrofóbico a esta peripecia terrible y desazonadora.
Referente a los cineastas clásicos, dos nombres surgen de inmediato al hablar de la relación de Newman con los directores.
El ya mencionado Huston realizó con el actor dos cintas vapuleadas por la crítica.
El juez de la horca (1972) es una obra singular, atropellada en su narración, con algún instante de brillantez y otros tantos de mediocridad, y El hombre de Mckintosh (1973) resulta pretenciosa y, lo peor, aburrida e incomprensible por momentos.
Lo positivo, en medio de tanto despropósito, es la buena amistad surgida entre Newman y Huston. No puede decirse lo mismo de Alfred Hitchcock.
Newman no tuvo un contacto muy estrecho con el cineasta británico durante el rodaje de Cortina rasgada (1966).
La cinta no figura entre lo mejor de su director, pero abunda en detalles de interés desde el punto de vista narrativo.
Tal es el caso de su reiterada insistencia en exponer el episodio violento en tiempo real, prolongando sin remedio la atención del espectador.
La relación de Paul Newman con los intelectuales de su tiempo ha sido constante.
Con algunos, además, ha mantenido una relación personal dentro y fuera de los estudios de rodaje.
Ocurre esto con Gore Vidal, uno de sus mejores amigos, que escribió el argumento televisivo en el que se basó El zurdo (1958), apuntando así el género que más éxitos habría de darle como literato: la novela histórica.
En este caso, el resultado cinematográfico era desigual, pero más por razones de dirección que por la calidad del guión.
Cuando se tiene por referencia el escenario, y más concretamente a un hombre de teatro tan complejo como Tennessee Williams, el tránsito de un libreto a guión cinematográfico ha de efectuarse con el mayor de los cuidados.
De las varias versiones que de las obras del autor sureño interpretó Newman en la gran pantalla, la más lograda pieza es, sin duda, La gata sobre el tejado de zinc (1958).
Arrebatada en sus interpretaciones y narrada con pulso firme por Richard Brooks, esta cinta es un memorial de Williams que resume los arquetipos de su obra.
La fascinación por los personajes encerrados, sometidos a la disciplina de la adversidad, es un asunto propio del escritor americano que mejor ha sabido retratar la ambivalencia psicológica.
Williams, además, es uno de los escritores favoritos de Newman, quien ha buscado su inspiración en su última obra tras la cámara, El zoo de cristal.
Más extremado que Williams es el autor original de otra obra del Newman director, Casta invencible: Ken Kesey.
Si cabe, este literato es más conocido por sus durísimas investigaciones en el ámbito de las drogas psicodélicas y los hospitales psiquiátricos –véase su novela "Alguien voló sobre el nido del cuco"– que por sus méritos como escritor.
Casta invencible (1971) es una adecuada metáfora de las dos Américas que se enfrentaban al filo de los primeros 70, y su correspondencia fílmica aprovecha convincentemente ese recurso temático, explorando el corazón de una familia que recibe la visita de un elemento disgregador.
Otra cinta de la filmografía de Newman, interesante desde el punto de vista literario, es Cuatro confesiones (1964), cuyo guión se inspiraba en una obra corta del escritor japonés Ryunosuke Akutagawa, "Rashomon", conocida en Occidente por su primera versión cinematográfica, realizada en 1950 por Akira Kurosawa.
Rashomon, como ocurría con La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, ensaya un juego de narraciones paralelas en torno al mismo hecho, de suerte que cada visión recoge un episodio distinto, una versión diferente de la misma realidad.
Frente a la genialidad de la obra de Kurosawa, Cuatro confesiones no transmite esa idea de la existencia como un extraño juego holográfico, en el que las partes, en su multiplicidad divergente, componen el todo.
Lejos de eso, la cinta mantenía un tono poco acertado, en el que sólo destacaba la voluntariosa intervención de Paul Newman.
Se cierra este catálogo de escritores cercanos al trabajo de Newman con Ross McDonald, el creador del detective Harper, que sí halló una brillante e impactante dimensión en la gran pantalla gracias a dos cintas, Harper, investigador privado (1966) y Con el agua al cuello (1975).
MacDonald, un californiano cultivado y buen conocedor del género policiaco, tuvo en el detective Lew Archer la más sólida de sus creaciones.
ArcherlHarper no puede cambiar la sociedad, pese a que lo intenta, y eso le vuelve cada vez más cínico, más desencantado, tal y como les ocurre a investigadores como Murray Kirk, creación de Stanley Ellin, y, en definitiva, a los demás clásicos del hard boiled, con un autor, James Hadley Chase, a la cabeza.
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás













































































