La gala de entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood es un espectáculo rutilante, decadente, contemplado por espectadores de todos los rincones del mundo.
En su esencia, pese a la cuidada organización, supone una cierta ceremonia de la confusión, dado el particular carácter de estos premios, arbitrario y caprichoso según muchos.
Cierto es que se trata de unos galardones otorgados corporativamente por los profesionales que a la misma disciplina que el premiado se dedican, pero quizá precisamente por esta razón se han añadido nuevas líneas a una nunca reconocida lista negra que incluye a genios de la imagen jamás premiados.
Para bien o para mal, ese ya no es el caso de Paul Newman que, en el momento que nos ocupa, ya tiene su premio en un anaquel casero, ya asiste a las galas y, lo que es más curioso tras lo dicho, interviene como presentador en su transcurso.
Acaba el mes de marzo de 1992 cuando el público del Dorothy Chandler Pavillion se dispone a abandonar, un año más, esa monumental estancia repleta de eufóricos ganadores y perdedores de sonrisa forzada.
Pero los focos aún no se apagan, porque falta aparecer en el escenario una pareja para entregar –esto es menos importante para muchos– el premio de la noche.
Como si de una traición a la biología se tratase, Paul Newman y Elizabeth Taylor asoman ante millones de espectadores con un gesto tranquilo que resume décadas de cine y devuelve a la memoria una de las versiones más sólidas de la obra de Tennessee Williams en el celuloide.
Como ocurría con el resto de los personajes de la jornada, el lazo rojo, solidario con los afectados por el sida, legión en Hollywood, brilla en la solapa de Newman.
Este hecho, la intervención del actor, borra de la memoria de muchos asistentes el éxito de El silencio de los corderos, el recuerdo a Satyajit Rayen una pantalla gigante e incluso la entrega del premio "Irving Thalberg" a George Lucas.
La razón es bien simple. Newman, durante años, ha sido un marginado de la Academia.
Sus interpretaciones más brillantes han caído en el más lamentable olvido de esas noches que anualmente devuelven la vida a Hollywood, a no ser por un Oscar honorífico en 1985, que más pareció, en su momento, clausurar una trayectoria que premiarla.
Sólo en 1986, tras no pocas decepciones, había obtenido el que se perfila como el único galardón de Hollywood en toda su carrera, cuando la Academia le concedió el premio al mejor actor por El ealardel dinero.
De cualquier modo, siempre le queda a Newman el consuelo de haber sido agraciado con importantes galardones en Europa, como aquel logrado en 1958 en el Festival Internacional de Cine de Cannes por su soberbia interpretación en El largo y cálido verano.
También, en el ámbito anglosajón, recibió el premio al mejor actor extranjero de la Academia Británica por su trabajo en El buscavidas, que Newman recuerda con un afecto particular.
Lo mismo le sucede al contemplar aquella Copa Volpi con que el Jurado de la Muestra de Arte Cinematográfico de Venecia reconoció a él y a su esposa Joanne por su espléndida intervención en Esperando a Mr. Bridge.
Frente a la prolongada ceguera de los integrantes de la Academia, los críticos estadounidenses sí han reconocido la tarea de Newman, ante la cámara y tras ella.
En 1968, el Círculo de Críticos de Nueva York consideró a Paul Newman mejor director del año por su trabajo en Raquel, Raquel.
Y es éste un premio que el actor recibió con un mayor orgullo, por lo que supone de aval para su carrera como cineasta, más allá de la pura interpretación como actor, a las órdenes de otro.
A estas alturas de su vida, resulta difícil imaginar que los premios impresionen a Newman.
¿Premiada? ¿Acaso no ha sido más adecuado no haberlo sido? La navegación contra corriente ha curtido creativamente al hombre y al artista, de modo que, ante el aspecto tomado por los personajes mejor cuidados en ese reino de la duda que es Hollywood, resulta preferible el de Newman, rebelde y eficaz en su rebeldía.
Así es la ley de hombres como él, cuyas afinidades hay que buscarlas en el ámbito del cotidiano enfrentamiento contra lo establecido.
Si alguien logra entrever una sonrisa cómplice en ese actor maduro que acompaña a Elizabeth Taylor en el escenario del Dorothy Chandler quizá descubra la intensidad de un hombre que, con naturalidad, ha alcanzado un premio que pocos actores vivos atesoran: sin escaleras de honor que subir, Newman camina ya por el terreno de la leyenda cinematográfica.
El gesto de esa noche basta para justificarlo.
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás
595 días atrás













































































