Wild Hogs: Diálogo con John Travolta, Tim Allen y Ray Liotta

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Vaya por delante una obviedad: Wild Hogs, de Walt Becker, es una comedia tan cuidadosa en su reparto como eficaz en su puesta en escena.

Son dos méritos apreciables, pero es una lástima que ahí concluya lo principal del programa.

En ajustada correspondencia con el moderno humor cinematográfico, el guión de Brad Copeland no tiene la suficiente inspiración para desarrollar la propuesta con algo más de vuelo.

Que nadie espere, por consiguiente, crescendos implacables al estilo Blake Edwards, o el fraseo chispeante al que nos acostumbró Billy Wilder. Basándose en una idea ingeniosa, la película se limita a ir administrando clichés de linaje televisivo, sonoridades de un slapstick facilón −persecuciones y peleas registradas hasta la saciedad− y un ritmo condicionado por las características de los cuatro protagonistas, quienes, por otro lado, se bastan y se sobran para justificar el encanto de la película. Lo que no es decir poco. Ya se ha apuntado en alguna ocasión desde esta revista que la comercialidad, lejos de ser un defecto, constituye un arte difícil, que también merece ser destacado.

JohnTravolta

Por lo que a esto último se refiere, debo aclarar que la promoción de Wild Hogs es de primera categoría. Los responsables de distribuir la cinta entre nosotros −el equipo de Buena Vista−, nos han convocado a una reunión junto a tres de los intérpretes principales: Tim Allen, John Travolta y Ray Liotta. El trío es lo suficientemente luminoso como para que no echemos de menos a quienes completan el reparto: Martin Lawrence y el fabuloso William H. Macy. (Lo singular de este elenco, ahora que caigo en ello, es que cubre todas las modalidades de la interpretación hollywoodense: desde la fluidez escénica de Macy al gesto impostado y a ratos cargante de Lawrence.)

Mientras los observo a través del objetivo, advierto que un eje de melancolía separa a Liotta de Travolta y Allen. Parece como si el protagonista de Uno de los nuestros hubiera sufrido una caída de tensión, puesta en evidencia por las virtudes fotogénicas de sus colegas. Así, mientras que Tim Allen y John Travolta se esfuerzan por parecer divertidos, Liota nos observa distante, como si acabase de superar un aterrizaje de emergencia.

El turno de preguntas comienza pocos minutos después, en un amplio salón del Hotel Villa Magna. La primera curiosidad que planteo a nuestros anfitriones tiene que ver con su método de trabajo. Sé que Travolta y Allen valoran mucho la improvisación, y eso me lleva a plantearles en qué medida recurrieron a ella durante el rodaje. “El guión −responde Allen− era sólido, pero también nos concedía un margen para improvisar. Todos tenemos experiencia en ello, y fue una suerte que el realizador se aprovechara de esa circunstancia. Esa libertad, por otro lado, también nos permitió ir descubriendo a nuestros personajes”. A juzgar por sus gestos, Travolta está de acuerdo. “A la hora de rodar cada escena −añade este último− me dejaban improvisar en alguna de las tomas. Luego me han comentado que ese es, justamente, el material que se incorporó al montaje definitivo”.

En la ficción, estos motoristas hablan de los viejos tiempos, y esa es la etiqueta que más les conviene: la de veteranos propensos a la nostalgia. “Llegado a esta edad −dice Allen−, entiendo que ser cincuentón tiene sus ventajas. Me llevo mejor con mi hijo y no me preocupo tanto de las noticias menos imporantes. Sin embargo, esta etapa de la vida también tiene sus inconvenientes. Me preocupo más por mi salud. Hago ruidos con sólo estar de pie y noto que las cosas no marchan como antes”. La misma preocupación parece rondar por la mente de Travolta, quien opta por ejercer como un profesional del optimismo. “Me acerco a la mejor epoca de mi vida −declara, enarcando las cejas−. Ahora procuro tomarme tiempo para cultivar los pequeños placeres. A decir verdad, éso es todo lo que pido y todo lo que necesito”.

A estas alturas, Liotta comprende que debe intervenir en el diálogo. Carraspea y con algo de mordacidad −cosa nada extraña en un ángel caído como él−, nos regala una respuesta que jamás se convertirá en titular: “La edad no significa ningún problema para mí. Es sólo una cifra”. Mientras le escucha, Tim Allen parece pensar: “¿Adónde nos va a llevar todo esto?”

Entre carcajadas y risitas, es el bueno de Allen quien se toma la molestia de animar la reunión.

Gesticula y bromea como alguien que jamás hubiera padecido jaquecas. “Disfruto de una vida maravillosa −explica−. Antes de ser famoso, tuve la oportunidad de recorrer Europa, Estados Unidos y América del Sur. Luego me convertí en comediante y entré en el negocio del cine. Aún procuro escapar de la rutina en la medida en que me lo permiten la obligaciones familiares. Toda mi vida ha sido una aventura maravillosa, pero soy consciente de que los chicos con los que crecí en Detroit no han tenido las mismas oportunidades. Por eso yo las aprovecho en nombre de todos ellos”. Travolta ríe la gracia y luego recobra la compostura. Su respuesta, una vez más, parece salida de un manual de autoayuda: “Al igual que mi personaje en la película, también yo disfruto de las pequeñas escapadas. Uno de los grandes placeres de la vida son esas vacaciones de fin de semana con los amigos y la familia. Son experiencias muy ricas, que me proporcionan mucho equilibrio”.

RayLiotta

Vuelvo mis ojos hacia Liotta. Parece sentirse más cómodo, o al menos eso interpreto. Allen le ha hecho reír y eso hace que su nueva intervención sea algo menos adusta. “Nuestro trabajo es maravilloso −dice−. Nos da la oportunidad de interpretar a muy diversos personajes, y también de viajar. Ayer, sin ir más lejos, estuvimos en Toledo −frunce el ceño y hace otra pausa valorativa−. En realidad, la vida misma es lo que resulta duro”.

Créanme: es lógico que los tres actores entiendan lo que suponen el fracaso y las segundas oportunidades.

Por culpa de las drogas, Tim Allen cumplió condena durante dos años antes de introducirse en el mundo del espectáculo.

Travolta le debe a Tarantino una resurrección artística que nadie se hubiera atrevido a predecir.

Y Liotta, pese a su descomunal talento, parece condenado a arreglárselas como actor secundario (Cuentan que la suerte comercial le esquiva desde que rechazó el papel de Harvey Dent en Batman, de Tim Burton, para protagonizar Uno de los nuestros, de Scorsese).

Lanzar ideas en torno a lo anterior acarrea emociones intensas. “Al público −dice Allen− no le gusta verme en papeles de villano o disparando con una pistola. Si os fijáis, por ejemplo, en ¿Quién es Cletis T?, la película que rodé con Christian Slater y Richard Dreyfuss, yo interpretaba a un asesino y fue un rotundo fracaso”. “Pues yo me considero afortunado −añade Travolta, demostrando su felicidad más allá de toda duda razonable−, porque a lo largo de los últimos años me han surgido cientos de nuevas oportunidades. Me alegro por todas ellas, y las agradezco”. “Toda carrera tiene sus altibajos −concluye Liotta, menos eufórico−, y puede ser igualmente enriquecedor trabajar como actor de reparto. Por lo que a mí respecta, no me siento encasillado en papeles turbios o de villano. He participado en comedias como Corina, Corina, junto a Whoopie Goldberg, e incluso trabajé con Miss Piggy en Muppets from Space. También he encarnado a personajes positivos. Sucede, sencillamente, que a ojos del público los personajes malvados destacan en mayor medida”.

Hablamos de villanos, y Travolta hace un inciso para aclarar dudas en torno a su papel del pérfido J.R. Ewing en el largometraje Dallas, que dirigirá Gurinder Chadha, la realizadora de Quiero ser como Beckam y Bodas y prejuicios. “Ya esoy comprometido con ese proyecto −señala−, pero su rodaje no comenzará hasta septiembre, o quizá se retrase algo más. Ahora el principal objetivo es introducir mejoras en el guión”.

Allen, norteamericano hasta la médula, parece sorprendido con las motocicletas locales. “Ayer fui por la calle −dice−, y vi motos deportivas, pero ninguna Harley. ¿Qué pasa? ¿Es que os molesta el ruido o algo así?”. Ni que decir tiene que este comentario proviene de alguien que ha cruzado las rutas de Nuevo México con vehículos del Orange County Chopper, pisando el acelerador de la mítica Sunshine 1974.

A este respecto, conviene saber que Wild Hogs es una cinta donde se mide el prestigio de los moteros estadounidenses. Incluidos los neófitos y los torpes. “Yo ya era aficionado a las Harleys −comenta Travolta−, pero no supuso ningún problema que Bill Macy no tuviera esa experiencia. Nos entrenaron a lo largo de tres semanas, y al cabo de ese tiempo, todos sabíamos qué hacer. De hecho, Macy dispone ahora de su propia Harley”.

Con todo, el motorista más genuino que figura en el reparto es Peter Fonda, icono de los Ángeles del Infierno y personaje ineludible cuando se habla de moteros cinematográficos. “Fue mía la idea de que Peter participase en la película −explica Travolta−. No en vano, soy el único de los que aquí estamos con la edad suficiente para haber visto Easy Rider en 1968”.

No queda mucho tiempo. Allen me firma un autógrafo −compruebo que es zurdo− y Travolta se dispone a cumplir con la misma cortesía. Pero Liotta, con gesto impaciente y a la vez gallardo, abandona la sala sin mirar atrás, como desentendiéndose de cualquier ulterior obligación. No puedo evitarlo: desde hoy, aún siento mayor simpatía por él.

Copyright © de las fotografías (de arriba a abajo, John Travolta, Tim Allen y Ray Liotta): Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.


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