Esta exposición, que se inaugura en el Museo Guggenheim Bilbao el 2 de octubre, muestra conjuntamente la obra de dos de los creadores más destacados en el panorama artístico español de la segunda mitad del siglo XX.
La muestra presenta un total de dieciséis piezas, seis esculturas, un mural y cinco obras sobre papel de Eduardo Chillida y cuatro lienzos de Antoni Tàpies pertenecientes a la Colección Permanente junto a otra obra del artista catalán de la colección Tubacex.
El Museo Guggenheim Bilbao posee una nutrida representación de la obra del artista vasco Eduardo Chillida (San Sebastián, 1923), compuesta por dos esculturas de gran formato, tituladas Consejo al espacio V, 1993, y Abrazo XI (Besarkada XI)1996, ambas realizadas en acero, una obra en granito, Espacio para el espíritu, 1995, y la obra titulada Lo profundo es el aire realizada en alabastro el año 1996.
En la presente instalación de la Colección Permanente, estas piezas se complementan con otras dos esculturas adicionales provenientes del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, un mural en terracota así como con cinco obras sobre papel que representan, en su conjunto, las diferentes etapas dentro de la obra escultórica de Eduardo Chillida y la variedad de materiales y medios artísticos utilizados a lo largo de su dilatada trayectoria artística.
A las esculturas de Chillida se unen cuatro obras en gran formato del artista catalán Antoni Tàpies (Barcelona, 1923) Marrón sobre negro (Marró sobre negre) 1959, Gran díptico marrón (Gran díptic marró) 1978, Gran Bañera (Gran Banyera) 1989 de la colección Tubacex y Ambrosía (Ambroisie) 1989, pintura compuesta por dos grandes paneles, perteneciente a la Colección propia del Museo Guggenheim Bilbao.
Desde la segunda mitad de la década de los años cincuenta, la obra de Tàpies se ha caracterizado por el gran énfasis puesto por el artista en la investigación de la materia, combinando las texturas con signos, con alusiones simbólicas y personales.
En palabras del propio Tàpies: “Hacia finales de 1958 incrementé mucho las obras con materiales considerados pobres. Experimenté la necesidad de insistir y profundizar todo aquel mensaje de lo insignificante, gastado o dramatizado por el tiempo. Al lado de las grandes composiciones murales –a gritos o en silencio-, los residuos de cada día.
En realidad fue una recuperación más consciente de temas que con frecuencia ya me habían atraído”.
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