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| Homenaje a Chillida |
| Nota de Antonio Iraculis |
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A lo largo de su carrera, Eduardo Chillida realizó numerosos homenajes a artistas diversos con los que tuvo algún tipo de vinculación —Calder, Braque, Miró, Balerdi, y un largo etcétera— como muestra de amistad y respeto, y también como ensayos de interpretación de la pintura o escultura de aquéllos; también dedicó homenajes a escritores (poetas, filósofos) y músicos que le cautivaron; y a amigos y familiares.
Su fallecimiento en 2002 puso de relieve el inmenso aprecio y respeto que el colectivo de artistas de su edad o más jóvenes le tenían.
Esta exposición es el ejemplo de esa afinidad y de esa memoria visual hacia Eduardo Chillida y su obra.
Diversos artistas actuales, de Valdés a Serra, de Baselitz a Rauschenberg expresan en el marco de esta exposición su homenaje de una forma semejante a la que Chillida empleó para con otros artistas.
En la obra de Chillida destaca la modulación de los espacios y la orquestación de lo no dicho, del vacío, adquiere la categoría de signo.
Su estilo se basa en la simplicidad, en la eliminación de los excedentes retóricos de la imagen.
Este homenaje también se basa no en la retórica de las palabras sino en la sencillez de unas obras que hablan a Chillida en el lenguaje particular de cada uno de los artistas presentes.
Homenaje a Chillida ha contado con el generoso patrocinio de Grupo Urvasco.
La génesis del proyecto En el momento en que fallece Eduardo Chillida en agosto de 2002, se desconoce la existencia de homenajes de otros artistas hacia él.
Ello movió a la galería Colón XVI de Bilbao a concebir un tributo al escultor realizado por artistas que sentían agradecimiento y afinidad hacia Chillida y su obra, expresándolo en el marco de una exposición y articulándolo a través de la total involucración, de manera desinteresada, de la fundación del Grupo Urvasco, al que pertenecen todas las obras de la muestra.
Para ello se seleccionó a una serie de creadores contemporáneos internacionalmente reconocidos y se les encomendó realizar una obra que sirviera de tributo y homenaje a Eduardo Chillida. La exposición está comisariada por Kosme de Barañano.
En mayo de 2003 el proyecto ya estaba muy avanzado gracias a la respuesta rápida de los artistas.
Entre ellos se cuenta una primera generación coetánea de Eduardo Chillida — Anthony Caro, Ellsworth Kelly, Antoni Tàpies, Ráfols-Casamada, Pablo Palazuelo, Sol LeWitt, Ron Kitaj, Pierre Alechinsky, David Hockney, Robert Rauschenberg y Zao Wou Ki— cuyas obras son de distinta índole y que, en todas las generaciones, se pueden clasificar como obras de inmediata respuesta, obras referidas y obras generalistas.
Por ejemplo, Caro realiza una mesa en tierra chamota (material utilizado por Chillida) con el excepcional maestro ceramista Hans Spinner en el sur de Francia, en memoria de la mesa de carnicero que Chillida tenía en el salón de su casa y de unas herramientas que remiten al uso, por parte de Chillida a principios de los cincuenta, del hierro pudelado de instrumentos laborales para componer sus piezas escultóricas; o el artista franco-chino Zao Wou Ki crea un paisaje de casi dos metros de longitud con una visión de los Peines del viento de San Sebastián titulado explícitamente Homenaje a Chillida.
Otros artistas de la selección realizaron una obra referida, es decir, una pieza de su repertorio de trabajo pero relacionada o conectada en algún aspecto con el concepto de Chillida; tal es el caso de Pie izquierdo (Linker Fuss) de Baselitz quien tras observar con suma atención los dibujos de manos de Chillida, concibió su homenaje con una representación de un pie como contrapunto.
Por contra, Günter Förg realizó Dos manos directamente como homenaje.
También es una obra referida la pieza del artista egipciosuizo Yves Dana, que realizó una gran barca de piedra y madera, Ofrenda (Offrande) en memoria de las mesas que Chillida dedicó, por ejemplo, a Luca Paccioli, a modo de barcos varados.
Por su parte, Anish Kapoor realizó una de sus Pool en acero y laca, que pintó de color negro como la obra de Chillida.
Finalmente, otras obras de la muestra son generalistas, es decir, no evocan ni se acercan al mundo visual de Chillida; tal es el caso de las piezas de Christo o Magdalena Abakanovizc quienes, como le ocurría al artista vasco, no pueden acoplar su obra a un determinado encargo o fecha debido, por ejemplo, a la naturaleza de su discurso artístico.
En este grupo se engloban también las piezas de Richard Serra, de Ron Kitaj o de Gonzalo Chillida, hermano del artista cuya obra remite a su mundo más personal, a su unívoca forma de mirar la playa, al universo central de su obra.
Selección de obras para la exposición De los doce artistas senior, Richard Serra y Georg Baselitz, respondieron rápidamente.
Los alemanes A.R. Penk, Markus Lüpertz, Günther Förg, Anselm Kiefer y Sigmar Polke también se sumaron con prontitud, Kiefer, de forma generalista, los otros, de manera referida, o incluso inmediata, como la especie de retrato que Lüpertz concibió de Chillida, fascinado siempre por la fortaleza física del vasco y por el porte de su cabeza de “gran etrusco”.
Los italianos Arnaldo Pomodoro y Mimo Paladino realizaron obras directas; el primero, con una puerta, Umbral (Soglia), como forma de evocar el juego de interior y exterior de toda la obra de Chillida, al igual que hizo el británico Tony Cragg con su Dentro-fuera (Inside-Out).
Paladino, con su obra Carro, al igual que hace Anthony Caro, rememora el interés primordial de Chillida por las herramientas en una obra que parece pensada para Zabalaga.
Por su parte, el griego residente en Italia, Jannis Kounellis, entregó una obra más propia de su repertorio clásico: un saco sobre una placa de acero Sin título.
El danés Per Kirkeby y el portugués Julião Sarmento respondieron con sus respectivas maneras pictóricas a su propia memoria del paisaje y del color de Chillida.
Por su parte el irlandés Sean Scully realizó primero un pastel en grises, como un enorme grabado de Chillida, y después un cuadro, Figura amarilla (Yellow Figure).
La selección incluye a los artistas ingleses Tony Cragg, Richard Deacon, Anish Kapoor (que recibió con Chillida, ya póstumamente, el Premio Internacional Julio González en 2003) y Anthony Caro; entre los norteamericanos se cuentan algunos a los que Chillida frecuentó como Serra y Shapiro.
La pieza de David Hockney es una silla vacía que evoca la ausencia del escultor, mientras que Rauschenberg elige un cuadro con imágenes de Bilbao tomadas cuando acudió a contemplar su retrospectiva en el Museo Guggenheim Bilbao, y última vez que se encontró con el escultor vasco.
Ron Kitaj y Ellsworth Kelly, de más edad, entregaron una obra de su producción debido fundamentalmente a su edad y compromisos adquiridos ya que, por ejemplo Kelly, en su octogésimo aniversario, tiene varias exposiciones por todo el mundo.
Su primer encuentro casual con Chillida fue en 1949 en el court del Louvre —que sería cubierto por el arquitecto I.M. Pei con su pirámide de cristal— cuando ambos eran estudiantes, y volverían a encontrarse años después en Dallas, en 1989, reunidos involuntariamente por Pei en su proyecto del Morton Meyerson Symphony Center: Kelly con un gran relieve en el interior del edificio y Chillida con De música, dos columnas de acero de 81 toneladas en el exterior del mismo.
La respuesta de los españoles fue similar.
Manolo Valdés, pensando en la forma de construir de Chillida y en el uso del alabastro, optó por trabajar este material en una construcción que homenajea al Cubismo y a los paisajes de Horta del Ebro de Picasso, pero deconstruidos en forma de edificios; de este modo su pieza es un paisaje transformado en escultura, al revés de la práctica de Chillida, quien instalaba escultura para dinamizar paisajes.
De esta Horta. Homenaje a Chillida de 2003 saldrá después una serie de piezas en las que Valdés aborda otros materiales característicos de Chillida como el mármol negro, el hierro, etc.
Valdés fue el primero en aceptar participar en este proyecto y el primero en presentar su obra, quizá porque había visitado Zabalaga cuando Chillida ya no se encontraba bien y en su fantasía, durante aquella visita, estaba preocupado por introducir en el pequeño puerto de San Sebastián un enorme barco de 300.000 toneladas: como siempre, un problema de espacio y de escala.
En palabras del propio Valdés, recordando la grandeza de la mente de Chillida: “Eduardo siempre ha acometido riesgos y trabajos de gran envergadura en su aventura artística, incluso, ahora en el desvarío de su cabeza, su mente sigue buscando realizar proyectos utópicos”.
Eduardo Arroyo, en un arranque quizá sentimental, realizó, como Lüpertz, un espléndido y especial retrato de Chillida.
Miquel Navarro y Jaume Plensa realizaron dos obras más referidas, Esfinge en hierro e Hizketa en alabastro y luz eléctrica.
Navarro, como le ocurrió a Shapiro, quedó seducido por la primera y escasa obra figurativa de Chillida, mientras que Plensa realizó un homenaje más sutil, más literario y simbólico.
Juan Genovés, Luis Gordillo, Antonio López, igual que Rafols Casamada o Antoni Tàpies, permanecen en las coordenadas clásicas de su obra.
Juan Hernández Pijuán, fallecido recientemente sin llegar a ver este Homenaje, entregó un óleo titulado Recordando a Eduardo, también muy personal, como la pieza de Pierre Alechinsky con su Blanco volátil (para Chillida) [Blanc Volatil (pour Chillida)]; ambos mantienen su pictografía a la vez que recuerdan el mundo visual del artista vasco, al igual que Penck con los dos ojos de su obra que dedica a Chillida, a su mirada fija.
El último en entregar una obra personal y referida a Chillida fue Miquel Barceló quien, rompiendo sus innatas cualidades para el color, remitió una obra sobria casi en blanco y negro, como la de Chillida.
Con un juego de manchas con diferentes tipos de negro y con dos blancos muy metálicos crea un espacio de orificios y concavidades en el que flotan unas caracolas, que para él son las imágenes de la música de Bach, tan querida para el escultor vasco.
El grupo familiar de Chillida, su hermano Gonzalo, sus hijos Pedro y Eduardo, Carlos Lizariturry, fiel ayudante durante años, y Andrés Nágel, gran amigo y vecino, responden a los mismos criterios.
La pieza de Pedro Txillida es un puño de acero, Esku VI, mientras que Eduardo pinta el interior de la entrada de la casa paterna.
Carlos Lizariturry busca el interior de una piedra, y Nágel, más simbólico y alambicado, el equilibrio de formas.
En total se sumaron a este homenaje cuarenta y tres artistas y como colofón, se solicitaron unas breves líneas a los arquitectos que habían colaborado alguna vez con Chillida: I. M. Pei, John Pawson, Norman Foster, Frank Gehry, Arata Isozaki, Zaha Hadid y Jean Nouvel.
El conjunto de todas estas obras no sólo tiene el carácter de afecto propio de un homenaje como éste, sino que además contextualiza el mundo en el que el escultor donostiarra se movió, de la misma forma que los Homenajes de Chillida contextualizan el mundo en el que él se desarrolla intelectualmente, bien en sus lecturas o en los artistas a los que admira.













































































