
La década de los cincuenta va a suponer el canto de cisne de la pintura como medio moderno, dando lugar a un último momento triunfal justo antes de su desbordamiento a favor de una traducción literal de los elementos corporales, teatrales, procesuales y conceptuales.
La pintura que triunfa en los cincuenta no es ya la pintura de caballete de tradición burguesa, medio en que se habían librado gran parte de la revolución de las primeras vanguardias, sino el gran formato que rechaza los constreñimientos formales y conceptuales del marco para proyectarse física y visualmente en el espacio.
Este redimensionamiento de la pintura se desvincula del proyecto utópico de las vanguardias de principios de siglo para convertirse en la expresión expansiva de la subjetividad del artista, símbolo cultural del mundo libre dentro del clima ideológico de la guerra fría.
Este proceso llega a su momento climático en la década de los cincuenta, como se comprueba en las obras de Adolph Gottlieb y de Robert Motherwell, percibiéndose de un modo particularmente claro en las amplias superficies monócromas de la tendencia “retiniana” de la abstracción norteamericana, denominada por el crítico Clement Greenberg como Abstracción Postpictórica.
A pesar de la fuerte impronta de la vanguardia norteamericana, se pueden detectar rasgos enfáticamente diferenciales en las prácticas de esta pintura expandida a este lado del Atlántico.
Tales son los casos de las obras de Antonio Saura, Manuel Millares o Rafael Canogar, cuyos estilos personales tienen en común los contrastes cromáticos y el blanco y negro y una potente agresividad expresionista en la crudeza del medio y la violencia del trazo, rasgos que se convierten en marca distintiva de la pintura española en el ámbito internacional.
Caso aparte es el de Antoni Tàpies, quien sigue profundizando en su investigación de superficie como muro y de la pintura como escritura, iniciada a comienzos de los cincuenta.
La perspectiva que añaden a este último momento de protagonismo de la pintura dos de los artistas que más contribuyeron a su redefinición durante la primera mitad de siglo, Joan Miró y Pablo Picasso, es particularmente interesante.
Mientras Miró parece buscar en la reducción de medios y ampliación de formatos el grado cero de la pintura, Picasso se pliega sobre el gesto mismo de pintar y los impulsos libidinales que subyacen al mismo.
(Este texto forma parte de la descripción de las salas del Museo Nacional de Arte Reina Sofía, facilitada a los medios coincidiendo con la presentación de la nueva Colección, el 26 de mayo de 2009)
Copyright de texto e imágenes (Joan Miró: "Pastorale: 1923–1924") © Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Cortesía del Gabinete de Prensa Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Reservados todos los derechos.
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