Del 27 de noviembre de 2007 al 17 de febrero de 2008, el Museo Thyssen-Bornemisza abre al público la exposición Maestros Modernos del Dibujo, una selección de 71 obras sobre papel de algunos de los nombres más destacados del arte de los siglos XIX y XX: Goya, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Gauguin, Picasso, Miró, Freud o Warhol, entre otros.
Además de la representatividad de las obras y los artistas reunidos, hay que destacar el hecho de que se trate de piezas procedentes de una colección privada española, la Colección Abelló, que se muestra al público por primera vez en un conjunto tan amplio.
El dibujo ha sido identificado desde el Renacimiento como la reflexión previa a la creación de la obra de arte, un elemento primordial que abarca su invención y su estructura, y no sólo su primer esbozo material. Esta concepción como proceso mental, común a todas las artes visuales, sirve para revelarnos lo más íntimo del artista: a través del dibujo reconocemos su sensibilidad, inteligencia, instinto y emociones, su consciente y su inconsciente. Para considerar el dibujo como un medio artístico en sí mismo habría que esperar a la liberación de las artes en el siglo XIX y la búsqueda por parte del artista de la especificidad del medio con el que trabajaba. Esta búsqueda es el punto de partida de la exposición, que trata de ahondar en las líneas esenciales de la modernidad artística a través del dibujo.
Al hilo de los artistas presentes en la muestra podemos seguir la evolución del dibujo a lo largo de los siglos XIX y XX, partiendo de Goya y terminando con un artista vivo, el británico Lucian Freud. Un completo recorrido que presta especial atención al último tercio del siglo XIX y primera mitad del XX, momento culminante de las vanguardias, desde el Impresionismo al Surrealismo.
Sin romper este arco cronológico, la muestra hace énfasis en lo español; el motivo no es otro que la indiscutible resonancia internacional que alcanzaron la mayoría de los artistas españoles presentes en la exposición, como Pablo Picasso, Juan Gris, Julio González, Óscar Domínguez, Salvador Dalí o Joan Miró.
En el catálogo de la exposición, Guillermo Solana escribe lo siguiente: "No sé si la palabra dibujo despierta todavía el recuerdo del trabajo con el carboncillo ante las estatuas de escayola, aquella fatigosa disciplina de las escuelas de arte. Probablemente se ha olvidado ya que dibujo y academia fueron, durante siglos, términos casi equivalentes. Giorgio Vasari, fundador de la primera Accademia del Disegno en Florencia, compiló un libro donde iba encuadernando los dibujos de los grandes maestros. Aquella y otras colecciones de dibujos aspiraban a ser un depósito de modelos clásicos, un medio de transmisión de la norma para los artistas. Pero el dibujo fue víctima de su misma posición dominante y sufrió graves limitaciones. Y cuando finalmente, hacia la mitad del siglo XIX, comenzó la demolición de la tradición académica, el dibujo perdió sus antiguos privilegios como disciplina, pero conquistó la máxima libertad como medio de expresión".
"Lo que había mantenido al dibujo encorsetado durante siglos –añade Solana– era ante todo el estricto código de la anatomía. El crítico británico Roger Fry se atrevió a afirmar hace ya casi un siglo que 'desde que el Renacimiento había establecido una cierta norma de representación, el dibujo había cesado de ser posible como un medio de expresión completo'. La norma renacentista vino a someter el dibujo de la figura, según Fry, a 'ciertos hechos anatómicos', a costa de la 'expresión rítmica' o de la 'solidez constructiva'. El mismo Fry anunciaba que la revolución artística moderna, al liberar al artista de la fidelidad anatómica en la representación, le permitiría 'encontrar una expresión más completa en el dibujo lineal que en cualquier otro momento desde el siglo XIV'. Esa revolución se anuncia ya sin duda en la que es la pieza más importante de nuestra exposición dedicada a una selección de la colección de obra sobre papel de Juan Abelló y Anna Gamazo. Me refiero al espléndido pastel de Degas 'Bañista secándose' o 'Después del baño' (c. 1895), que forma parte de una serie integrada por cuatro pasteles, varios dibujos al carboncillo y una obra esculpida que representan a la misma mujer sentada en un sillón junto a una bañera, secándose el costado. El rostro no es visible, y al eclipsarse, permite que el resto del cuerpo se libere, adquiriendo una presencia, cómo decirlo, más animal. Los “hechos anatómicos” no coartan en este caso la “expresión rítmica”, más aún, es la necesidad rítmica la que dicta la elección de la postura de perfil, y el modo de plasmar la carne o la cabellera. Una mano ataca el costado, lo acaricia con delectación, y respondiendo a ella, la otra mano se levanta como en un gesto de salutación ritual".
"La densidad suntuosa del color –concluye Guillermo Solana– sumerge a la figura en una atmósfera húmeda y cálida, especiada y algo exótica, casi oriental. Si comparamos este pastel de Degas con otro desnudo varias décadas posterior, la Joven arreglándose el pelo (1939) de Matisse, comprobaremos la enorme distancia recorrida por la modernidad en su alejamiento del modelo natural. La presencia física del cuerpo de la modelo, que domina el pastel de Degas, se transmuta en Matisse en una vitalidad más abstracta, en la energía de un trazo nervioso que vibra y danza alrededor de los contornos. Y si Degas ya comenzaba a apartarse del naturalismo, de la anatomía como puro factum, en el caso de Matisse las proporciones del desnudo apenas tienen ya nada que ver con el natural, como muestra la desproporción abismal entre la mitad superior y la mitad inferior de la figura femenina. La anatomía ya no es un dato inamovible, sino que puede ser alterado en función de las exigencias decorativas y expresivas".
Dibujo en estado puro
El recorrido arranca con un magnífico retrato a lápiz que Goya realiza de su mujer, Josefa Bayeu, en 1805. El pintor aragonés es el más claro precursor del arte moderno, sobre todo en lo que a su obra gráfica se refiere, con la que alcanzó notoriedad internacional en vida.
La revolución que supuso la liberación de la fidelidad anatómica en la representación del cuerpo está ya anunciada en la que es la obra más importante de la exposición: el pastel de Degas Después del baño o Bañista secándose (c. 1895); si la comparamos con Joven arreglándose el pelo (1939) de Matisse, vemos la enorme distancia recorrida por la modernidad en su alejamiento del modelo natural, que llega todavía más lejos, casi hasta la desfiguración, en Mujer en cuclillas (1917) de Egon Schiele.
Tras el énfasis en el color y la búsqueda de sensaciones y emociones del Impresionismo y del Expresionismo, con nombres como Pissarro, Bonnard, Nolde, Munch o Kandinsky -todos ellos presentes en la muestra-, surgirán los primeros impulsos del dibujo como creación autónoma: desde el sintetista Gauguin, al sofisticado Klimt, el existencialista Giacometti o el mismo Van Gogh, del que se expone Cabeza de una campesina (1884), una obra de extraordinaria fuerza expresiva, perteneciente a una serie dedicada a los rostros de campesinos que culminaría en la famosa composición Los comedores de patatas.
Entre las aportaciones más señaladas de la Colección Abelló y, por tanto, de la muestra, cabe señalar el formidable conjunto de obra sobre papel de Pablo Picasso; desde Mujer desnuda (c.1903) hasta Escena de corrida (1960), pasando por su Personaje cubista (c.1914-1915), sus Bañistas (1920) o sus Cabezas de caballos (1933), podemos encontrar casi una minihistoria del artista malagueño y, a su vez, del arte del siglo XX. También están presentes otros representantes de la corriente cubista y de sus derivaciones: desde Juan Gris o María Blanchard -una de sus más tempranas seguidoras-, hasta Pablo Gargallo y Torres García; todos ellos dan sentido a la afirmación de Gertrude Stein sobre la naturaleza española del Cubismo.
Destaca también la obra sobre papel de Julio González, figura clave de la escultura del siglo XX no sólo por su contribución en el uso del hierro sino, precisamente, por lo que él mismo denominó “dibujo en el espacio”; uno de los ejemplos más expresivos es su Desnudo atormentado (c.1910-14). En el extremo opuesto, por su simplificación esquemática y su ritmo expresivo primitivista, encontramos Mujer desnuda de pie de Brancusi. El sentido táctil de la forma domina también la obra de otro gran escultor presente en la exposición, Henry Moore, cuya Mujer sentada (c.1937) emerge como un gigantesco ídolo majestuoso.
Otro de los grandes movimientos de la vanguardia del siglo XX, el Surrealismo, se encuentra igualmente muy bien representado en la muestra: desde los españoles Joan Miró, Salvador Dalí -con su obra maestra Retrato del padre del artista y su hermana (1925)- y Óscar Domínguez, hasta André Masson o René Magritte.
Como punto final del recorrido, una pequeña representación del arte de la segunda mitad del siglo XX, con Balthus -Estudio para Katia leyendo (1969)-, Lucian Freud -Cabeza apoyada (1947)- y Andy Warhol -retrato de Jean Cocteau (1980)-; son las obras más cercanas en el tiempo, junto a algunos de los dibujos de Miró con los que cierra la exposición, como su Homenaje a Pollock (1978) en el que, al igual que en las propias obras del artista norteamericano, los trazos dejan de ser contornos que separan el interior y exterior de una figura para convertirse en vectores de fuerza y movimiento, trayectos a lo largo de los cuales se verifica una acción más rápida que el propio pensamiento: dibujo en estado puro.
Ficha de la exposición
Título: Maestros Modernos del Dibujo
Fechas: Del 27 de noviembre de 2007 al 17 de febrero de 2008
Organizador: Museo Thyssen-Bornemisza
Número de obras: 71
Comisario: Guillermo Solana
Dirección: Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado 8, 28014 Madrid
Lugar: Salas 47 y 48 (planta baja)
Horarios: de martes a domingo de 10.00 a 19.00 horas. La taquilla cierra a las 18:30h.
Entrada gratuita
Copyright del texto y las imágenes © Museo Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid. Cortesía del Departamento de Prensa del Museo Thyssen-Bornemisza. Reservados todos los derechos.
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