
El Museo Guggenheim Bilbao presenta, entre el 8 de junio y el 24 de octubre, la exposición Mark Rothko: paredes de luz, un recorrido por la trayectoria de uno de los grandes pioneros del arte norteamericano de la posguerra y, junto con Barnett Newman y Jackson Pollock, uno de los representantes fundamentales del expresionismo abstracto.
En el año 2003 y con motivo del centenario del nacimiento de Rothko, la Fundación Beyeler de Basilea, en colaboración con los hijos del artista, Kate R.
Prizel y Christopher Rothko, instaló unas salas dedicadas en exclusiva a este artista.
Estas salas son las que ahora se trasladan en una versión ampliada al Museo Guggenheim Bilbao y presentan una selección de pinturas de más de cuarenta años de trayectoria creativa, rindiendo un emotivo homenaje al artista y su obra.
La muestra está comisariada por Oliver Wick, Conservador invitado de la Fundación Beyeler, Petra Joos, Directora de Actividades Museísticas del Museo Guggenheim Bilbao y Tracey R. Bashkoff, Conservadora del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York.
Mark Rothko (Marcus Rothkovitz) nació en Dvinsk, Rusia, en 1903.
En 1913 emigró con su familia a Estados Unidos, asentándose en Portland, Oregón.
Asistió a la Universidad de Yale gracias a una beca entre 1921 y 1923, año en que abandonó la universidad sin licenciarse y se trasladó a Nueva York donde estudiaría en la Art Students League.
Comenzó a pintar en 1925 y ya en 1933 tuvo su primera exposición en solitario.
A finales de los años cuarenta y primeros años cincuenta continuaría refinando su técnica a medida que desarrollaba su estilo maduro por el que es conocido.
Al comienzo de su carrera como artista, Rothko exploró diversos estilos y tendencias antes de encontrar su estilo propio.
Durante los años veinte y treinta realizó infinidad de obras figurativas —desnudos, retratos, interiores con figuras, paisajes urbanos— tanto sobre papel como sobre lienzo.
A lo largo de la década de los treinta, sus obras muestran rostros planos y sin rasgos y figuras atenuadas que se funden con el marco arquitectónico, como ocurre en su exploración del metro de Nueva York Entrada al metro (estación de metro/escena en el metro), de 1938, un tema recurrente entre las representaciones de los artistas de la época.
Ritos de Lilit, de 1945, basada en mitos y símbolos clásicos, representa el trabajo de Rothko de los años cuarenta.
Sus obras de este período evidencian la influencia de las teorías de Friedrich Nietzsche y Carl Jung, e incorporan técnicas e imágenes abstractas propias del surrealismo, llegado a EE.UU.
a través de los europeos emigrados y de artistas americanos formados en Europa.
A finales de los años cuarenta Rothko elimina de su pintura cualquier elemento figurativo dando paso, con sus obras de transición realizadas entre 1946 y 1949 conocidas posteriormente como Multiformas, a su enfoque basado en los colores puros en el espacio.
En su madurez artística, Rothko explora el potencial expresivo de campos rectangulares de colores luminosos que parecen flotar sobre la superficie del lienzo.
Durante este tiempo, utiliza un amplio espectro de colores y tonos para crear y transmitir diversos estados de ánimo impregnando su obra “del poder de la música y de la poesía”.
Estas composiciones se convertirían en su estilo característico y en ellas plasma su ideal de “la expresión simple del pensamiento complejo”.
Una de las piezas de esta época, Sin título, de 1952–53, una pared de luz y color de enormes medidas, representa el deseo de Rothko de abarcar insospechadas dimensiones espaciales con su arte.
Esta pieza antecede a las series de murales posteriores que demuestran la preferencia del pintor por los grandes formatos.
A finales de los años cincuenta, la paleta de Rothko comienza a oscurecerse, abandonando los colores radiantes en favor de los tonos rojos, granates, marrones y negros.
Tras sufrir un aneurisma en 1968, el artista tuvo que abandonar el gran formato en favor de la pequeña escala y utilizar el acrílico sobre papel.
A partir de este momento trabajó intensamente tanto sobre papel como sobre lienzo, incluso cuando retomó formatos más grandes en 1969.
Las Pinturas de negro sobre gris, que inicia un año antes de suicidarse en 1970, confirman la creencia de Rothko de que su obra encerraba una tragedia.
Denominadas por el mismo artista como Sin título, estas pinturas son, al mismo tiempo, comienzo y punto de inflexión en su carrera.
Todas ellas tienen formato horizontal y están divididas en dos partes: la inferior, en colores grises y a veces marrones, y la superior, siempre negra.
En ocasiones, ambas superficies están entreveradas mediante pinceladas gestuales.
De esta forma, aunque parece predominar un nítido horizonte en torno a la divisoria central, es ahí precisamente donde el gris y el negro se entremezclan.
Una peculiaridad llamativa es la estrecha franja blanca que enmarca todas las pinturas a excepción de una.
Este énfasis en los límites reales de la pintura intensifica el efecto de cuadro dentro del cuadro y contribuye a la sensación dominante de que el espectador ya no ve campos de color dentro de un cuadro, sino un cuadro cuya identidad se afirma a través de su naturaleza plana.
Al mismo tiempo, la reducción de la composición a una única división horizontal también sugiere una relación con el paisaje, como si estuviéramos mirando hacia el vacío desde el borde de un planeta.
El marco blanco subraya en este caso la percepción de la pintura como “ventana” que se abre a una realidad desconocida.
Cabe suponer que Rothko jugó con estos dos efectos contradictorios a propósito y resulta llamativa la distancia que, con ello, se impone al observador.
Éste ya no se ve envuelto en los campos de color flotante que parecen expandirse por la sala, sino que ahora es confrontado por una presencia superior, una austeridad icónica.
Instalación “Sería mejor no seguir un orden cronológico, sino agrupar las obras potenciando el óptimo efecto de interacción entre ellas. Por ejemplo, los cuadros más luminosos fueron colocados juntos —amarillos, anaranjados, etc.— enfatizando así el efecto que producían”.
Con estas palabras expresaba el propio Rothko el criterio para instalar sus obras en la exposición retrospectiva que le dedicó el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1961.
La instalación de la exposición Mark Rothko: paredes de luz en el Museo Guggenheim Bilbao ocupa las tres salas clásicas de la tercera planta del Museo y es fiel a las inquietudes manifestadas por el artista, para quien la relación de unas obras con otras dentro del espacio expositivo era de gran importancia para la creación de armonías y efectos que traspasan la superficie de los lienzos llegando al espacio circundante y para la sensación que producen en el espectador.
Copyright de texto e imágenes © Museo Guggenheim Bilbao. Cortesía del Departamento de Comunicación y Marketing del Museo Guggenheim Bilbao. Reservados todos los derechos.
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