Vladímir Baranov-Rossiné (1888-1944)
Nacido en la actual Ucrania, comenzó su formación en 1902 en la Escuela de Arte de Odessa. Posiblemente fue la ópera de Odessa la que despertó su entusiasmo por la música y la que puso la primera piedra de su posterior interés por los fenómenos de la sinestesia.
En 1910, igual que muchos de sus compatriotas, vive en París y emplea el pseudónimo de Daniel Rossiné.
Su convencimiento de la existencia de una relación entre las leyes y estructuras musicales y pictóricas –que compartió, por ejemplo, con Vasily Kandinsky y Alexander Skriabin– desembocó en su invención del piano ortofónico: al tocar las teclas de este instrumento se activa una proyección de luz que atraviesa una serie de discos de colores transparentes giratorios. Tras algunos tanteos tempranos de estilo cubista, acabó por asumir el orfismo de Robert y Sonia Delaunay con quienes mantuvo amistad.
El ritmo se convierte en el tema central de sus pinturas y esculturas. Las figuras constituyen con frecuencia el centro del universo en sus obras. En Ninfas y centauros las fascinantes fantasías se inscriben en una ornamentación circular multicolor que las eleva a un orden superior. Con medios pictóricos, Baranov-Rossiné creó espacios completamente nuevos, repletos de palpitantes energías que abren dimensiones infinitas.
Lo que Baranov-Rossiné afirmó sobre su arte, en una carta dirigida a Robert y Sonia Delaunay, puede aplicarse también a Nijinsky: «Hago todo lo que quiero. Lucho simple y llanamente contra las contrariedades que se interponen en mi camino para realizar lo que quiero. […] Para mí la pintura es la auténtica vida. Lo más importante es que lo que hago lo hago con amor, sólo así me gusta».
Vladímir Baranov-Rossiné, refiriéndose a su piano ortofónico en 1924, escribe en otra carta a Sonia y Robert Delaunay: «Un éxito inmenso. La sala estaba llena. Mi aparato permite una propagación desconocida de la pintura dinámica, la clase de pintura en color soñada por todos. El artista ya no es esclavo de la superficie del cuadro. Este es un campo verdaderamente ilimitado para la creatividad en la pintura. En un segundo, miles de millones de cuadros: un caleidoscopio voluntarioso, universal».













































































