
Desde el 14 de diciembre de 2007 hasta el 30 de marzo de 2008, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ofrece a los visitantes de su museo madrileño una magnífica exposición: Velázquez. Esculturas para el Alcázar.
Organizada en colaboración con Patrimonio Nacional y el Museo del Prado, la muestra presenta un total de setenta y seis piezas, entre esculturas, libros, cuadros, dibujos y documentos de archivo. Conviene, sin embargo, tomar como guía la calidad y no sólo la cantidad de dichas piezas, bien estudiadas por el comisario de la exhibición, José María Luzón Nogué, académico delegado del Taller de Vaciados de la Real Academia.
En la biografía de un genio, la sorpresa y la curiosidad son materia prima. Sus estudiosos eligen el esmalte con que recubrirlas, pero están ahí, como esas historias que, al contarlas una vez más, se enriquecen con nuevos detalles y nuevos síntomas.
A decir verdad, en el universo de Velázquez se penetra fácilmente, pero ya no se consigue salir de él. Nada hay más fascinante que sus múltiples facetas, en las que vibra una sensibilidad estética que, como si dispusiera de un doble fondo, alberga razones, afanes y misterios que la parrilla académica aún no ha conseguido aprisionar.
La muestra Velázquez. Esculturas para el Alcázar aborda, justamente, una de esas facetas inexploradas. Así, frente un bellísimo conjunto de esculturas, descubrimos las razones que le movieron a adquirirlas durante su segundo viaje a Italia (1649-1651).
¿El motivo fundamental? Decorar el Alcázar de Madrid. De ahí que Velázquez realizara su selección tomando como punto de partida piezas clásicas –solemnes, regias– que ornamentaban los palacios romanos de los Ludovisi, Medici y Borghese. En su búsqueda, felizmente, también se concentró en el Belvedere del Vaticano. Pero tiempo tendremos de comentarlo.
La exposición que presenta la Real Academia está compuesta por vaciados en bronce y en yeso, elaborados en el siglo XVII por maestros en dicho arte. Por ejemplo, Cesare Sebastiani, Pietro del Duca, Girolamo Ferreri y Matteo Bonucelli. Se trata, por consiguiente, de vaciados históricos, cuyo valor sólo puedo equipar a su belleza.
Lo sé: la obra pictórica de Velázquez pone de manifiesto una singularidad irreductible, pero no me negarán que este interés por la escultura es otro factor a tener en cuenta. Con todo, ya imagino a algún lector reticente, a quien no le seduzca una exhibición compuesta de vaciados, por antiguos e ilustres que éstos sean.
Pues bien, quien así opine se perderá una ocasión formidable. Verán ahora por qué.
El hecho es que las esculturas romanas en las que Velázquez se fijó fueron luego muy restauradas. Y saben cómo suelen acabar estas cosas. A una reforma le siguió una leve mejora, y a ésta, un nuevo arreglo… todo ello al gusto del XVIII.
A tal extremo hubo cambios en cada pieza, que esta colección de vaciados documenta su estado original, y por consiguiente, refleja cómo podía verlas un espectador del siglo XVII.
Al mirar hacia atrás en este proceso, también el anecdotario es sumamente atractivo.
Si apelamos a la Historia, podemos decir que nuestro pintor cumplió en Roma el deseo del Rey Felipe IV. Un deseo que, como ya vimos, requería la adquisición de pinturas originales y el vaciado de estatuas antiguas para ornamentar el Alcázar de Madrid.
Adelanto algunos datos. En 1643, el monarca nombró a Velázquez superintendente de obras reales, cargo que le comprometía como conservador de las colecciones reales. Un año después, le dio el título de ayuda de cámara con oficio, y con ese rango, el artista partió rumbo a Italia a fines de noviembre de 1648.
Con el fin de comprar cuadros de los maestros locales, Velázquez viajó desde Génova hasta Venecia. Visitó Módena, Bolonia, Florencia y Parma. Acudió también a Nápoles, en busca del Virrey, el Conde de Oñate, a quien Felipe IV había ordenado ayudar a nuestro artista en su misión.
Al decir de los estudiosos, el cometido del pintor sevillano no resultaba nada fácil. Era bien difícil aclararse como comprador de esculturas con la autoridad en contra. De hecho, el Papa Urbano VII había prohibido su exportación en 1636, y su sucesor, Inocencio X, no estaba por la labor. Vaciar esculturas importantes podía suponer para éstas un daño irreparable.
Con el auxilio diplomático del el embajador don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, duque del Infantado, y la ayuda providencial de don Juan de Córdoba Herrera, Velázquez se puso en contacto con coleccionistas como el príncipe Giovanni Battista Borghese, Niccoló Ludovisi y el cardenal Francisco Peretti de Montalto.
A la hora de elegir piezas en colecciones tan copiosas, el artista se dejó guiar por su intuición y por el permiso selectivo de los propietarios.
¿Pero cómo atraer a los artistas adecuados para la tarea de vaciado? Gracias a don Juan de Córdoba Herrera, el sevillano encontró a buenos colaboradores en los talleres que participaban en la construcción de la Basílica de San Pedro del Vaticano.
El fundidor más destacado de su equipo fue Mateo Bonucellus. Pero no fue el único. También colaboraron con Velázquez personajes como Pietro del Duca, Cesare Sebastiani, Orazio Albrizzi y Girolamo Ferreri.
Pese a que Felipe IV quería ver cuanto antes a Velázquez en España –entre el capricho y la desolación media poca distancia–, el pintor sevillano tuvo que prolongar su trabajo en Roma.
Finalmente, ya el regreso fue imperativo, y Juan de Córdoba quedó a cargo de los envíos pendientes. De cualquier modo, el proyecto tuvo larga vida. Casi un cuarto de siglo más tarde, llegó a puerto español el último de los barcos con esculturas romanas para el Alcázar.
A la vuelta de los siglos, no es difícil comprender la magnitud de la tarea encomendada a Velázquez. Como encargado de la ornamentación del palacio, dio un sentido iconográfico a las estatuas y, si me apuran, convirtió a este edificio en almacén de las esencias monárquicas.
Es una lástima que tantos afanes quedaran destruidos por las llamas cuando el Alcázar se incendió, el 24 de diciembre de 1734. El siniestro, conviene saberlo, arruinó a un buen número de las esculturas que nos ocupan.
Fue Giovanni Domenico Olivieri quien quiso emplear algunas de las piezas que no fueron dañadas. Con buen juicio, las usó en esa academia de dibujo que, dándole cara a un sueño, puso en marcha en las estancias palaciegas.
Años más tarde, en 1752, la escuela de Olivieri dio lugar a la Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Fernando. Así pues, viene a ser de justicia que las esculturas velazqueñas se exhiban ahora en el mismo espacio que antaño les dio privilegio estético.
Lista de las piezas exhibidas
Hércules Farnese (Academia de Bellas Artes)
Flora Farnese (Academia de Bellas Artes)
Nióbide corriendo (Academia de Bellas Artes)
Hermes Ludovisi (Academia de Bellas Artes)
Ares Ludovisi en yeso (Academia de Bellas artes)
Ariadna Dormida del Vaticano (Academia de Bellas Artes)
Maqueta del Alcázar (Museo Municipal)
Germánico (Academia de Bellas Artes)
Dibujos previos a la restauración de Juan Pascual de Mena (Academia de Bellas Artes):
Nióbide corriendo
Sátiro Caetani
Ceres Borghese
Gladiador Borghese
Sauróctono
Baco Borghese
Fauno Danzante
Sileno con Dionisos Niño
Hermes Ludovisi
Busto de Apolo en bronce (Palacio Real)
Busto de Apolo en yeso (Academia de Bellas Artes)
Busto de Dionisos en yeso (Academia de Bellas Artes)
Busto de Safo en bronce (Palacio Real)
Busto de Safo en yeso (Academia de Bellas Artes)
Busto de Adriano joven en bronce (Palacio Real)
Busto de Adriano joven en yeso (Academia de Bellas Artes)
Busto de Galieno en yeso (Academia de Bellas Artes)
Venus de Medici (1753, número de inventario: 1503p)
Venus de Medici (1753, número de inventario: 1504)
Mercurio Joven (1753, número de inventario: 1504-2 p)
Hércules Farnese (1754, número de inventario: 1512p)
Hermes Ludovisi (Antinoo) (1756, número de inventario: 1526p)
Gladiador Borghese (1757, número de inventario: 1536)
Gladiador Borghese (1757, número de inventario: 1537)
Ariadna dormida (1763, número de inventario: 1550p)
Ariadna dormida (1763, número de inventario: 1551)
Baco Joven (número de inventario: 1857)
Francisco de Holanda, Antigüedades de Roma e Italia (Patrimonio Nacional, Escorial)
Perrier Segmenta nobilium Signorum… (Academia de Bellas Artes)
Antonio Palomino, El Museo Pictórico y Escala óptica. (Academia de Bellas Artes)
López Enguídanos, Colección de vaciados de estatuas antiguas que guarda la Real Academia de las tres Nobles Artes de Madrid. (Academia de Bellas Artes)
Documentos de traslado del Alcázar a la Casa de la Panadería (Academia de Bellas Artes) y de restauración supervisada por Corrado Giaquinto y otros (Academia de Bellas Artes)
Espinario en bronce (Museo del Prado)
Venus de la Concha en bronce (Museo del Prado)
Hermafrodita en bronce (Museo del Prado)
Cabeza de Hermafrodita en yeso (Academia de Bellas Artes)
Hermafrodita en mármol (Academia de Bellas artes)
Discóforo Vitelleschi en bronce (Palacio Real)
Discóforo Vitelleschi en yeso (Academia de Bellas Artes)
Sátiro Caetani en bronce (Palacio Real)
Sátiro Caetani en yeso (Academia de Bellas Artes)
Reducción del Sátiro Caetani en barro (Academia de Bellas Artes)
Cinco dibujos de Roberto Michel.
Gladiador combatiente en yeso (Academia de Bellas Artes)
Busto en yeso del gladiador combatiente
Busto de San Dimas (Academia de Bellas Artes)
Reducción del Gladiador Borghese en barro (Academia de Bellas Artes)
Sileno con Dionisos niño (Academia de Bellas Artes)
Reducción del Sileno con Dionisos en barro (Academia de Bellas Artes)
Reducción de los luchadores
Reducción del Apolo Belvedere en barro (Academia de Bellas Artes)
Andrés de la Calleja, Carvajal y Láncaster entregando la medalla (Academia de Bellas Artes)
Cuadro de Mariana de Austria o de Carlos II (Salón de los Espejos)
León en yeso dorado (Museo Casa de la Moneda)
Dibujo del león Medici atribuido a Roberto Michel (Museo Casa de la Moneda)
Leones de cera (Museo Casa de la Moneda)
León de bronce dorado de Mateo Bonucelli (Museo del Prado)
Ariadna dormida del Vaticano © Fotografía publicada por cortesía del departamento de prensa de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
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