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Carl Gustav Jung y la filosofía oriental

William_Michael_Harnett1

Son bien conocidas las preferencias heterodoxas de Carl Gustav Jung, que le llevaron a estudiar a los sabios herméticos y a los filósofos de Oriente. Esto le atrajo las críticas de no pocos pensadores que no veían claro cómo un científico podía sumergirse en el mercurio alquímico sin perder el criterio. A decir verdad, no nos deben sorprender tales reticencias.

En opinión de los maestros alquimistas, todo ser vivo se componía de tres elementos fundamentales: el mercurio –que encierra en sí los cuatro elementos–, el azufre alquímico –nos liga con la esencia divina–, y el retoño que nace de la boda de ambos, la sal.

Si para un alquimista en cada ceremonia iniciática hay una renovación del mercurio del alma, para Jung la obra alquímica supone una proyección en la Materia de los elementos del inconsciente colectivo, el proceso de obtención del Yo o proceso de individuación.

“Los hermetistas y los tradicionalistas –comenta Mircea Eliade– reprocharon después a Jung haber traducido en términos psíquicos un simbolismo y una actividad que eran por su propia esencia trans-psíquicos. Reproches análogos le hicieron a Jung algunos teólogos y filósofos, acusándole de interpretar los hechos religiosos o metafísicos en términos de psicología. Conocida es la respuesta de Jung a estas acusaciones: la trans-psicología no es asunto del psicólogo; toda experiencia espiritual implica una actualidad psíquica, y esta actualidad está constituida por ciertos contenidos y ciertas estructuras de las cuales tiene el psicólogo perfecto derecho a ocuparse”.

Otra de las acusaciones vertidas sobre Jung es la ausencia de una estructura sólida que articule su pensamiento. A este respecto argumenta Enrique López Castellón que “sus profundos conocimientos sobre filosofía, religión, mitología, simbología, literatura comparada, etc., si bien enriquecen sus experiencias psiquiátricas personales, se vierten en sus escritos empañando en muchas ocasiones la conclusión científica, en alas de una imaginación portentosamente creadora y sugestivamente intuitiva”.

Pero no es ésta, ni mucho menos, la más dura de las acusaciones. Muchos son los teóricos que rechazan al completo su idea del inconsciente colectivo, negando la existencia de los arquetipos tal como Jung los plantea.

Tal es el caso de G.S. Kirk cuando dice que “el punto por donde más fácil resulta refutar la teoría de Jung es este de la comparecencia efectiva de los arquetipos. Aunque sus numerosas obras, así como las de sus seguidores, por ejemplo K. Kerényi, se ven repletas de afirmaciones en el sentido de que estos símbolos tienen una comparecencia frecuentísima y universal, no ha sido presentada nunca, ni se ha intentado siquiera establecer, una prueba estadística convincente”.

A pesar de esta crítica global al pensamiento junguiano, Kirk reconoce finalmente que “en su argumentación no hay nada que demuestre la probabilidad de que las ideas o símbolos son efectivamente hereditarios, pero hay que concederle, y ello es bien importante, que no hay ninguna razón especial que se conozca que les impidiera serlo”.

Frente a la razón, la intuición. Y si la razón anida entre los ramajes de la Vieja Europa, la intuición fluye por la fronda de Oriente.

Mas Oriente y Occidente no son dos lugares geográficos, sino dos dimensiones del propio hombre, como ya demostraron con su pensamiento Goethe –aún desconocido para muchos, a pesar de la popularidad de su obra–, Schopenhauer y Nietzsche –tan brillante como fallidamente interpretado–, y como más tarde demostraría el propio Jung con sus teorías.

Reconocer la diferencia e ir al encuentro del Sí-mismo es el único camino que puede aliviar al Yo de la tensión originada entre lo social y lo arquetípico. Porque “la totalidad no constituye un estado perfecto, sino una integridad” y el hombre no puede ser ajeno a su propia naturaleza.

Frente a la autonomía de lo inconsciente, tan pronto ajeno a códigos y tendencias morales de clase alguna como revelador de contenidos en cierto modo éticos, y, sobre todo, ante lo inextricable de la conciencia moral, la duda humana, la contradicción en el camino a seguir. Y la única salida, siempre, es la aceptación de esa unidad del psiquismo humano. En definitiva, la integridad como horizonte moral y la reflexión ética –como vena que fluye de lo inconsciente a lo consciente– que supere esa situación en la que existe una colisión de deberes.

Mientras el indio dice: “Yo no soy el propietario de mi vida. La Vida fluye en mí y de ella gozo y la forjo libremente”, en Occidente acontece una auténtica crisis cosmológica. No hay una concepción del mundo en la que insertar al hombre con un cuerpo y un alma separados.

Frente a esta dislocación, como ya se ha señalado, Jung propone la integración, la armonía. Jung entiende un camino individual –que no aislado o solitario– hacia la mismidad.

Es muy oriental esa idea del dolor renovador –también tan junguiana–: Si yo no estoy dispuesto a perder mi vida para encontrarla, no merece la pena ser humano pensante.

Existen en Oriente dos posturas éticas frente a la sociedad de masas que coinciden en algún punto con el pensamiento de Jung. Dos son las formas de superación humana en esta situación:

a) La distinción individual: fomentando el individualismo. Toda individualización implica ser original.

b) No hacerse diferente sino “sí mismo”, incomparable, único.

De nada sirve la rebelión contra la masa, el ensimismamiento, la huida de la realidad. La verdadera opción es descubrir el núcleo único de cada uno.

Todos tenemos un oriente y un occidente en nuestro interior. Occidente parte de la Historia. Oriente parte de la Realidad. En el presente opera el arquetipo y se articula la voluntad.

Jung invitaba a sus pacientes a recuperar su equilibrio personal a través del mandala, recuperando el sentido de la vida a través del símbolo. Así, el urbanita que retoma la aventura a través del viaje al interior abandona todo sedentarismo vital e inicia el mayor de los viajes, el que le conducirá a conocer el centro, el Sí mismo.

La compensación de las debilidades, la necesidad de equilibrar las tendencias, explica diferentes comportamientos. “En la misma medida –dirá Jung– en que las circunstancias exteriores y la íntima disposición dan lugar al predominio de extroversión o introversión, favorecen el predominio de una determinada función fundamental del individuo. Por funciones fundamentales, es decir, por funciones que tanto genuina como esencialmente se distinguen de otras funciones, entiendo –según por la experiencia se me ha evidenciado– el pensar, el sentir, el percibir y el intuir”.

Pero volvamos a Oriente para comprobar cómo su articulación de la psique mantiene notables paralelismos con las intuiciones de Jung. Según la concepción védica y upanishádica resumida por Raimundo Panikker, ésta se divide en:

a) Yida o corporeidad viva individualizante.

b) Aham (yo): no individualizable, único e intransferible. No identificable como en Occidente con números o individualidades. Aquel sujeto en el que cuelgo ideas, virtudes... pero que en el fondo en manera alguna permite ser objeto de conciencia. Carece de origen, de concepto (no es “mí” es “yo”. No es conocerse es ser. No es manipulable).

c) Aatman (Sí mismo): Este “yo” al profundizar su misma identidad es un “yo” que no es posible distinguir. Yo soy más que yo, participo del “yo” universal, un yo del que yo no soy propietario sino partícipe y a un tiempo inmanente a él. Este aatman que descubro es al tiempo inseparable de Brahma (la Realidad total y absoluta).

Por su parte, Jung dividió así la geografía de la psique:

a) Yo: el sujeto de mi conciencia. Sí mismo: el sujeto de la psique íntegra.

b) Conciencia.

c) Inconsciente personal: todas las adquisiciones de la existencia personal bajo el umbral de la conciencia.

d) Inconsciente colectivo.

Jung coincide con Oriente y con los “orientales” de Europa, Kierkegaard entre ellos, en la idea de que la personalidad rebosa las fronteras de lo individual para nutrirse con el espíritu del mundo.

El premio Nobel Maurice Maeterlinck, notablemente influido por el pensamiento oriental, señalará que “el hombre llega a ser lo que piensa (...) En el desarrollo infinito de las eternidades, nunca encontrará más juez que él mismo”, precisamente porque en él mismo reside el eje de la Totalidad, Dios.

La ley del Karma observada por muchos orientales podría perfectamente sustituirse por las mareas del inconsciente colectivo. Si el Karma puede ser tiránico, los arquetipos no lo son menos; y de ambas tiranías se ve liberado el hombre gracias al autoconocimiento. Encontrar en la tradición occidental ecos de estas lecciones de otras latitudes y profundizar en nuestra propia concepción del hombre son dos de las pautas marcadas por Jung para superar la tensión vital del hombre moderno.

En la Escolástica ya se apuntaba el carácter especular del hombre. El hombre como espejo de toda la realidad –microcosmos/macrocosmos– y, a un tiempo, corporeidad y reflejo de la divinidad. Esta línea, que confluye en el siglo XX con el pensamiento de Jung, especifica que necesitamos una concepción menos individualizada del hombre más fecunda y menos superficial.

Pero el camino hacia el Sí mismo implica el superar las dependencias, la primera, aquella que nos liga a la Madre.

Decía un buen amigo de Jung, el escritor Hermann Hesse, que “la mayoría de las personas, todas las del rebaño, no han saboreado nunca la soledad. Se separaron un día del padre y la madre, pero sólo para acercarse a una mujer y sumergirse en seguida en un nuevo nido de calor y familiaridad. Nunca están solas, nunca hablan consigo mismas. Y al solitario que se cruza en su camino le temen y odian como a la peste, le arrojan piedras y no se tranquilizan hasta que se ven lejos de él. Porque al solitario le envuelve un aire que huele a estrellas y al frío de los espacios sidéreos, y le falta todo ese aroma encantador y cálido a hogar y nido”.


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