
En el siguiente fragmento de las Empresas políticas de Diego de Saavedra Fajardo (Algezares, Murcia, 6 de mayo de 1584 – Madrid, 24 de agosto de 1648) se acredita la profundidad del pensamiento de este escritor y diplomático español.
"Los animales solamente atienden a la conservación de sus individuos; y si tal vez ofenden, es en orden a ella; llevados de la ferocidad natural, que no reconoce el imperio de la razón.
El hombre, al contrario, altivo con la llama celestial que le anima y hace señor de todo y de todas las cosas, suele persuadirse que no nació para solo vivir, sino para gozarlas fuera de aquellos límites que le prescribe la razón; y engaña su imaginación con falsas apariencias de bien, le busca en diversos objetos, constituyendo en ellos su felicidad.
Unos hombres piensan que consiste en las riquezas, y otros en las delicias; otros en dominar a los demás hombres; y cada uno en tan varias cosas como son los errores del apetito y de la fantasía; y para alcanzarlas y ser felices, aplican los medios que les dicta el discurso vago e inquieto, aunque sean injustos. De donde nacen los homicidios, los robos y las tiranías y el ser el hombre el más injusto de los animales: con que no estaban seguros unos hombres de otros, se inventaron las armas, para repeler la malicia con la fuerza, y conservar la inocencia y libertad, y se introdujo en el mundo la guerra.
Es la guerra una violencia opuesta a la razón, a la naturaleza y al fin del hombre, a quien creó Dios a su semejanza y sustituyó su poder sobre las cosas, no para que las destruyese con la guerra sino para que las conservase.
No le creó para la guerra, sino para la paz: no para el furor, sino para la mansedumbre: no para la injuria sino para la beneficencia; y así nació desnudo, sin armas con que herir ni piel dura para defenderse: tan necesitado de la asistencia, gobierno y enseñanza de otro, que aun ya crecido y adulto, no puede vivir por sí mismo sin la industria ajena.
Con esta necesidad le obligó a la compañía y amistad civil, donde se hallasen juntas con el trabajo todas las comodidades de la vida, y donde esta felicidad política los uniese con estrechos vínculos de amistad y buena correspondencia.
Y para que no fuesen soberbios lo habitantes de una provincia con sus bienes internos, ni despreciasen la comunicación de los demás, los repartió en diversas; el trigo en Sicilia, el vino en Creta, la púrpura en Tiro, la seda en Calabria, los aromas en Arabia, el oro y plata en España y en las Indias occidentales: en las orientales los diamantes, las perlas y las especias; procurando así que la codicia y necesidad de estas riquezas y regalos abriese el comercio, y comunicándose las naciones fuese el mundo una casa familiar y común a todos: y para que se entendiesen en esta comunicación, y se descubriesen los efectos internos de amor y benevolencia, le dio la voz articulada, blanda y suave, con que explicase su fe y liberalidad, y la rodilla, su obediencia; todas señales de un animal civil, benigno y pacífico."
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