
Hace años, Francis Fukuyama anunció, en un artículo amenazado por la fama, el fin de la historia.
Contrariamente a sus previsiones, el texto ha hecho historia. Desde luego, no es la primera vez que se proclama tal ultimidad. A veces con un tono sombrío: el Buen Dios, cabreado por la deriva maligna de su Creación, decide destruirla y organiza un Apocalipsis.
En otros casos, el fin de la historia emana una luz de optimismo: hemos llegado al estado óptimo y en él nos quedamos. La filosofía de Fukuyama resulta sencilla: la naturaleza es una, Dios es uno y, en consecuencia, una es la ley que rige el desarrollo de las sociedades humanas.
Progresistas y positivistas se le adelantaron. Y cierto Marx (y cierto Hegel releído por cierto Marx) que pensó la historia como la realización de una necesidad determinada, la sucesión de los modos de producción que desagua en el comunismo a escala mundial. Sólo que Fukuyama sustituye el comunismo por la democracia liberal y la economía de mercado. Hegeliana es también la idea de que los cambios históricos son, en sustancia, cambios culturales generados por alteraciones en las técnicas de vida social. De modo que volvemos, con Fukuyama, a la historia como un aparato lineal y progresivo, encargado de cumplir una misión, de alcanzar una meta prefijada por la naturaleza y, en ese sentido, inevitable. Cuanto se le oponga será desbaratado por impertinente a la teleología natural que se va revelando en el tiempo.
A ello añade ahora Fukuyama otra profecía: la desaparición de la humanidad como tal, en virtud de las novedades que aportará la biotecnología. Con lo que ingresaremos en una nueva era, la posthumana. Aquí, el razonamiento de Fukuyama entra en crisis. En efecto, si hay un después, hay historia, con lo que Fukuyama profetiza no el fin sino la continuidad de la historia.
Todo esto, aunque contradice a la moderna historiografía, es respetable, salvo su pretendido sustento en un supuesto liberalismo. Los maestros del liberalismo (por citar algunos cercanos y notorios: Popper y Berlin) nos han enseñado que en la historia nada es previsible, que se trata de un proceso abierto donde si algo rige es la libertad, o sea la indeterminación. Fukuyama, por el contrario, piensa desde la más cerrada necesidad y, en consecuencia, profetiza. La profecía es lo menos compatible con una mentalidad liberal.
¿Por qué creer que un cambio tecnológico acabará con la humanidad? ¿Acaso no es el cambio tecnológico uno de los rasgos característicos de la humanidad? Asimismo ¿por qué negar las crisis del sistema capitalista, como la descrita por George Soros, uno de sus más ardientes paladines?
El capitalismo -lo explicó Karl Marx, que admiraba el capitalismo como pocos- se nutre de sus propias crisis, es esencialmente crítico. En rigor, a pesar de sus proclamas liberales, Fukuyama es un pensador autoritario que podría ingresar en la lista de los defensores de la sociedad cerrada, como ía llama Popper.
Si en la historia todo está determinado por leyes naturales, la libertad nada tiene que hacer en ella. La libertad requiere contradicción y apertura porque no es el cumplimiento de la necesidad, sino la consciencia de la necesidad que permite convertirla en opción. Mientras los seres humanos busquemos nuevas fórmulas de liberación ante la necesidad, existirá la historia. Incluida la historia del profesor Fukuyama.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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