
El fin de la inocencia. Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales, Stephen Koch, traducción de Marcelo Covián, prólogo de Franqois Furet, Tusquets, Barcelona, 1997, 451 páginas.
Alguna vez Hannah Arendt definió al totalitarismo soviético como una inmensa sociedad secreta.
Su secretismo, el disimulo de sus verdaderas consignas bajo consignas falsas, el uso de agentes igualmente secretos, el aislamiento real o supuesto de la URSS en el mundo y la promesa apocalíptica del final de los tiempos viejos y el comienzo mesiánico de los Nuevos, todo condujo al establecimiento de una compleja red sutil de captación de opiniones, seducción de personalidades y manejo de propaganda mimetizada.
Uno de los personajes prototípicos del aparato soviético fue Willi Münzenberg, cuya biografía se dispersa, en este libro, en la historia de la adhesión ganada por la URSS entre las conciencias «inocentes» de una civilización horrorizada de sí misma al término de la primera guerra mundial.
El asunto tiene mucho de novela de espionaje y Koch lo sabe, consiguiendo que la lectura de su libro resulte amena aunque su transfondo sea, a menudo, infame y repugnante.
Pero ese comunismo elegante de entreguerras, los secreteos y citas ocultas, la paralela acción sexual y sentimental, la sistemática eliminación de los hombres de confianza -en una sociedad secreta no hay confianza ninguna– rayan con el folletín de misterio. Koch muestra, una vez más, el oportunismo ideológico de los comunistas, que se bandeaban entre la alianza con Hitler, el Frente Popular y la defensa de la democracia contra el fascismo, a la vez que el substrato fascinador y conflictivo del comunismo para los intelectuales de Occidente.
La omnipotencia de la idea era la parte fascinante. Lo demás, la perplejidad ante un sistema que se mostraba como la realización de los ideales de las izquierdas a la vez que los negaba abruptamente: ningún debate, ningún vanguardismo, sino jerarquía, terror y maquiavelismo del duro.
No fue difícil que muchos perdieran la inocencia y el resto simulara conservarla.
La historia de los compañeros de ruta, entidades enmascaradas y tontos útiles es la historia de una inmensa paranoia, en cuyo ejercicio la URSS aparece amenazada por el mundo, el partido comunista por la URSS y, por fin, Stalín por el partido comunista, de modo que Stalin decide, en un supremo acto de autodefensa revolucionaria, acabar con el mundo.
Münzenberg será parte de ese mundo a destruir. Sabía demasiado y era infiable, como todo agente secreto. La historia del estalinismo no es una casualidad histórica.
Sin duda, respondió a una demanda. Un mundo decidido a buscar soluciones radicales al mal radical (el afloramiento de la barbarie en la más refinada civilización) las halló en ideologías extremas, como el fascismo y el comunismo. Ambas tenían -la una, explícita y la otra, disfrazada- una sola y fuerte convicción: el poder es siempre bueno, correcto y legítimo.
Koch se mueve en una selva de documentos, de primera y segunda mano, reiterando nociones conocidas e introduciendo información curiosa y válida.
A veces, llevado por la seducción que ataca, exagera sus sospechas y simplifica algún razonamiento, lo cual no quita mérito a esta robusta pesquisa en la cual aparece uno de los rostros fuertes de nuestro siglo: el asalto a los cielos con un dispositivo bélico modernísimo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
45 días atrás
45 días atrás
45 días atrás
164 días atrás
192 días atrás
3408 días atrás
3773 días atrás
5235 días atrás
1736 días atrás
647 días atrás
648 días atrás
804 días atrás












































































