
Las diferencias entre el 98 del siglo pasado y el que se acerca son notables, y sin embargo puede observarse una simetría inversa.
La pérdida de Cuba supuso para los escritores de la época -y no sólo para ellos sino para la conciencia histórica del momento- un replanteamiento de la identidad española y su destino; también: una mirada crítica y revisionista sobre qué habíamos sido.
En alguna medida fue la visión crítica e ilustrada que no tuvo nuestro siglo XVIII, pero fue algo más y que quizás caló más hondo: la pérdida de la guerra y la estricta delimitación geográfica de nuestro país como europeo provocó un estado de ánimo a un tiempo melancólico e iracundo.
Al pasar de algunos años, aquellos escritores letraheridos por España se definirían como francófilos o germanófilos, con sus correspondientes fobias en cada caso. Había que regenerar y revisar España: sacarla del anquilosamiento y acercarla a los avances científicos europeos. En cuanto a América, en el mejor de los casos fue vista como proyección de la hispanidad, herencia que recogería la generación de 27, que, aunque mucho más vinculada, por gusto y por accidente, a la cultura latinoamericana (y estadounidense) no salió, salvo excepción, de ver lo americano con la fascinación de encontrar que la lengua hacía familiar lo distinto.
Faltó lo que algunos vieron más tarde: ver la lengua como productora de diferencia o si se quiere de alteridad. Pero quizás no fue el momento: los exilios son generadores de obsesiones y paranoias que se diferencian de las patológicas en que son reales; no se puede suprimir la realidad. Los escritores y artistas del 98 eran herederos de un siglo pobre intelectualmente hablando, aunque muy rico en agitaciones y tentativas políticas.
Los actuales, apoyados en el pretil ya del siglo que se inicia, son herederos de un siglo de inusitada riqueza, que engloba a aquellos hombres y mujeres que se preguntaron por el qué, cómo y a dónde de los españoles y de España.
Los noventayochistas estaban ante un «desastre», ocasionado por una pérdida; nosotros, con la incorporación a la Europa comunitaria, ante una «restauración» y un proyecto: acentuamos con nuestra pertenencia formal y política lo que de una manera problemática nunca hemos dejado de ser: europeos. Sólo que esa aparente identidad (ser europeos) es en realidad un proyecto de convivencia y una crítica de los nacionalismos.
Una crítica y una respuesta. Ahora bien, los españoles, sin dejar de ser europeos, no podemos dar la espalda a América: no sólo forma parte de nuestro pasado desde 1492 sino que, gracias a la unidad de la lengua y a las instituciones vinculantes entre los países latinoamericanos y España, supone un desafío irrenunciable: no podemos dejar de pensar ni de pensarnos sin tener en cuenta lo que se siente y se piensa en la totalidad de nuestra lengua. El olvido de esta complejidad y su reducción a una parcela, especie de mónada que se satisface de una esencia cada vez más estéril, es una actitud practicada en algunos sectores de nuestras letras.
Pero tener como conciencia la amplitud de nuestra lengua no basta porque su radicalidad ha de ser translingüística: lo que dice es universal.
Es decir que ha de tener lo universal como horizonte de sus meditaciones y problemas concretos. Lo que nos puede aportar nuestra cada día mayor vinculación a una Europa crítica e ilustrada, democrática y abierta, es ver nuestra vinculación latinoamericana con otros ojos. No hemos podido hasta ahora verlos con los nuestros porque lo eran demasiado.
Quizás ahora comenzamos a comprender y a sentir que no hablamos solos sino que otros hablan cuando hablamos y que oír esa palabra (tan entrañable como extraña) es fundamental para el presente y el futuro de nuestra política y nuestras letras.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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