
Biagini aborda el tema del reconocimiento identificatorio de la sociedad argentina, a partir de la primera promoción de intelectuales profesionales, la generación llamada de 1837.
Cabe, en materia tan profusa y, a veces, delirantemente abordada, señalar algunos rasgos que van perfilando la identidad histórica de los argentinos a partir de mediados del XIX: la escasa o nula incidencia de las raíces indígenas y la dominante situación y tarea organizativa de las ciudades sobre el conjunto social.
La meditación del tema va cambiando de tercio conforme pasan las épocas: entre los románticos, el desafío principal es desembarazarse de la tradición colonial, hispánica y retrógrada que simbolizan Femando VII y la restauración absolutista, pero que se remonta a la España negra del siglo XVI.
Luego, desde una perspectiva positivista, se trata de identificar al país como una sociedad europea, de raza blanca y dotada de las facultades de dominación y brío civilizador que se le atribuyen, frente a la herencia indolente del mestizo campesino, el gaucho.
En este momento, o sea a comienzos del siglo XX, cuando se impone en Europa el «mito argentino», del país próspero y con una población urbana refinada y europeizante, empiezan a florecer las opiniones de los «filósofos viajeros» acerca de la identidad argentina.
Generalmente, al asombro que produce la rápida y espectacular producción de riqueza, se unen observaciones solapadas acerca de cuánto es real y cuánto es aparente en el país sureño. Ortega, Keyserling y otros avanzan sobre la meditación metafísica que, en los años treinta, desarrollarán Martínez Estrada y Mallea.
Nace un mito opuesto y complementario: el país a la expectativa, al acecho, engolfado en su «bahía de silencio», depositario de una promesa que aún no tiene fecha ni lugar, y que es motivo de adviento para Mallea y de catástrofe bárbara para Martínez Estrada.
Los nacionalismos prosperan en esta encrucijada, la realización del destino nacional. Por fin, cabe preguntarse si el exceso de abstracción y de libertades literarias que caracterizan a los autores estudiados por Biagini no apuntan a una identidad fantasmática y desiderativa, algo que, por deseado e intocable, es materia de la divagación literaria más que de la precisión sociológica.
En todo caso, es útil recontar esta historia, porque de ella surgen pautas para pensar, históricamente, el imaginario argentino a partir de un sector socialmente muy recortado, como es el de sus intelectuales.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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