
Además de un extraordinario filósofo y un gran tratadista político, Jaime Balmes (Vic, 28 de agosto de 1810 - Barcelona, 9 de julio de 1848) fue un teólogo de gran profundidad intelectual. Como muestra de la literatura balmesiana, traemos aquí un fragmento de La Religión demostrada en el que responde a una pregunta esencial para él: ¿existe Dios?
"La razón natural basta para conocer que hay un Dios, creador de cielo y tierra: porque si viésemos un palacio muy grande, muy hermoso, alhajado con magnífica riqueza y adornado con exquisito primor, ¿no diríamos que es un insensato el que afirmase que aquel palacio, aquellas alhajas, aquellos adornos nadie los ha fabricado ni ordenado?
Pues bien, el mundo es este soberbio palacio: el sol le ilumina de día, la luna por la noche; el cielo está poblado de estrellas; la tierra de hombres, de animales, de plantas; el mar y los ríos de peces; el aire de aves; las estaciones se suceden unas a otras con orden admirable; en las entrañas de la tierra se halla el oro, la plata, todos los metales, las piedras preciosas: ¿y un mundo de tanta riqueza, tanta hermosura y maravilla, no ha de tener un creador y ordenador?
El Señor que ha creado todas las cosas ha de ser todopoderoso; pues crear es sacar de la nada, hacer que de repente exista lo que antes no existía, y para esto es bien claro que se necesita un poder infinito, la omnipotencia.
Nuestras obras las fabricamos los hombres a costa de tiempo y de trabajo, y siempre teniendo antes la materia; porque el carpintero, por ejemplo, no construye la mesa sin que tenga a la mano la madera necesaria; pero no existiendo nada, decir hágase, y quedar hecho, supone un poder sin límites.
Esto hizo Dios, y no con objetos de poca monta, sino con el mundo entero.
Dios ha de ser infinitamente sabio, pues que su sabiduría resplandece en sus obras en el cielo y en la tierra; eterno, porque no habiendo sido creado no puede tener principio ni fin; infinito en perfección, porque existiendo por sí mismo nada le ha podido imitar y tiene en sí propio la plenitud del ser; y por consiguiente, inmenso, justo, santo, bondadoso, misericordioso premiador de los buenos, castigador de los malos: en una palabra, un Espíritu infinitamente perfecto, creador, conservador y ordenador de todas las cosas.
De aquí se sigue que Dios está viendo todo lo que pasa en el mundo, y todo lo que ha pasado y pasará, con tanta claridad como vemos nosotros las cosas que tenemos delante de nuestros ojos en medio del día: y no puede ser de otra manera, pues que nada acontece, ni bueno ni malo, sin que él lo quiera o lo permita.
Cuando hacemos una cosa, por mas en secreto que la hagamos, cuando tenemos un pensamiento o un deseo sin que exteriormente lo manifestemos, todo lo está viendo, todo lo está mirando, como un hombre que nos contemplase con mucha atención y muy de cerca. ¡Qué recuerdo tan a propósito para llevar arreglada nuestra conducta!"
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