
La mirada de Dios. Estudio sobre la cultura del sufrimiento, Fernando Escalante Gonzalbo, Paidás, Barcelona, 2000, 351 pp.
A Fernando Escalante, profesor e investigador en el Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México, debemos un conjunto de libros que contribuyen al bagaje teórico de la política y las ciencias sociales desde una perspectiva crítica y multidisciplinaria.
Sus textos, ajenos a simplificaciones, guiños equívocos o fórmulas de impronta periodística, indican bastante del cuidado intelectual con que el ensayista los diseña, y vienen a demostrar, por un lado, su adopción de encuadres poco usuales ante lo social, y por otro, una encomiable disposición divulgativa.
En la obra que comentamos, Escalante acomete en primer lugar una reflexión histórica sobre el dolor, de la que concluye que hay dos modos básicos de explicar el sufrimiento: «Un modo trágico, que consiste en suponer que el infortunio resulta de la caprichosa voluntad de los dioses o el destino y que no hay más justicia ni otra explicación posible, y un modo mesiánico, que implica que todo dolor es un castigo o un medio de purificación, un mérito; es decir: que hay un orden moral del mundo, donde el sufrimiento es inseparable de la justicia, según la concibe una inteligencia humana».
Continúa el autor aduciendo que la cultura del sufrimiento en Occidente es, por su raíz cristiana, de inclinación mesiánica.
No obstante, el proceso de la civilización y la decadencia del pensamiento religioso han hecho surgir el sufrimiento como problema.
Desde un primer momento las cosas quedan bien claras.
Escalante sostiene que nuestra cultura del sufrimiento es el producto de una sedimentación de significados que proceden de diversas fuentes y de los cuales disponemos cuando ello es preciso.
Dicha cultura «incluye fragmentos del pensamiento de Rousseau, desde luego, y fragmentos de la teología protestante, fragmentos del ideal romántico, fragmentos de argumentación estoica, de ambiciones ilustradas, prejuicios científicos, filtrado todo ello –macerado– mediante los periódicos, las novelas populares, los refranes y las tonadillas, la retórica de los políticos ..., con lo cual cobra forma un lenguaje amplio, incoherente a veces, heterogéneo, que podemos utilizar en cualquier ocasión para hacer inteligible nuestra experiencia» .
La profundidad del estudio histórico y sociopolítico que trasluce en el recuento se nos revela ya, en sentido amplio, como un esfuerzo por dibujar las líneas de fuerza del dolor.
Atendiendo a este contexto, las exigencias de Escalante adquieren mayor rigor si tenemos en cuenta los jalones (las vías de acceso) de su línea de argumentación.
En primer lugar, se refiere al sentido cristiano del dolor, y unas páginas más adelante, introduce notas de pensamiento ilustrado, donde se advierte cómo el pecado original, despojado de trascendencia, empieza a circunscribirse a la sociedad.
Con el terremoto lisboeta de 1755 aumenta la ansiedad por la injusticia del padecimiento, y es entonces cuando Voltaire notifica esta nueva perspectiva en su Poema sobre el desastre de Lisboa.
A diferencia de la Ilustración, el romanticismo se sitúa frente al sufrimiento con el afán de transfigurarlo.
En los proyectos revolucionarios, quien ocupa el lugar de Job es el pueblo: atormentado injustamente, pide por ello una reparación.
Pero aún hay otros modos de acceder a ese mismo concepto.
En 1906, cuando William James mira el terremoto de San Francisco, no se conmueve ni desea conmover: el desastre puede ser tomado como un dato sin repercusión moral o religiosa .
En fecha próxima, un dandismo esteticista y sádico persigue una retórica embellecedora del horror.
Y ya en los límites del entramado, Dostoievski plantea su pregunta culminante en esa crónica de la justicia humana que llamó Los hermanos Karamazov.
Fuera de la solidez del compendio, otras líneas de interés podemos hallar en esta obra; líneas que aspiran a contestar de forma sistemática e interpretativa la secuencia dolorosa, tal como se va articulando en la historia y también, con otro enfoque, en su zona inefable.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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