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Michel Foucault. Claves de un filósofo

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¿Fue Foucault un filósofo porque no pudo ser otra cosa? ¿Qué suerte de filosofía asumió para serlo? Estas preguntas implícitas movieron a José Luis Moreno Pestaña (Sociogénesis de un filósofo, Montesinos, 2006) a bucear en lo que denomina indefinición fucoltiana: respecto a los mercados intelectuales, a su posición en ellos, a las tensiones de las ideas, a las instituciones.

Hijo de un médico importante que lo quiso también médico sin conseguirlo, feo, culposamente homosexual, con fantasías de suicidio, el joven Foucault que estudia Moreno Pestaña se alimenta y se embrolla en un ambiente brillante de entreguerras: la fenomenología que orienta al objetivismo epistemológico y al existencialismo, el Hegel de Kojève e Hyppolite, una tóxica mezcolanza de Marx y Nietzsche, todo ello impregnado por la tradición moralista del ensayismo francés y vagamente animado por un enésimo romanticismo anarcoide, devoto de lo irracional y lo onírico. Bataille y Bachelard, digamos.

Foucault intentó orientarse hacia un futuro donde lo aguardaban sus obsesiones (la locura, la medicina, la prisión, la sexualidad) a través del psicoanálisis de Binswanger, que le sirvió para criticar la psicología desde la filosofía.

Echó en falta una antropología del signo: si hay psicología es porque existe la experiencia negativa del hombre asumida por él mismo. En este cruce acaba su prehistoria y se esboza su derrotero más característico, que lo lleva a una negación de la historia y a su consecuencia radical: la desaparición del hombre, mera creencia de cierta época, traída y llevada por el tiempo.

Fuera del circuito institucional, Foucault se incluyó en la institución francesa por excelencia: el libertario de cátedra. En este examen de su juventud, su constante alejamiento de la instancia paterna y su búsqueda del maestro sustituto y de la casa acogedora, están señalando un perfil de jacobino curiosa y lógicamente institucional.Lo que en su tiempo se llamó ideólogo.

El trabajo de José Luis Moreno Pestaña es probo y ordenado. Trasluce una labor de tesis. El lector de ensayo prefiere pasar de tantas apoyaturas en citas y fichas, y aligerar lo suyo el bagaje de tecnicismos para uso interno de la academia. En cualquier caso, no sobra pispar en la prehistoria de un negador de la historia.

Los restos de Foucault

Tres entrevistas celebradas por Roger-Pol Droit y Michel Foucault en 1975 (Paidós, 2006), con el añadido de cronologías y bibliografías, son un buen resumen del pensamiento fucoltiano, más allá de la lectura de una obra rica en erudición de libros raros y curiosos, difícil de transitar con fluidez.

En efecto, se advierte que Foucault fue un pensador de contradicciones pero no de lo contradictorio. Se proclamó anarquista y ejerció la cátedra pagada por el Estado, sacralizando un Poder místico, cuya omnipresencia y omnipotencia lo asemejaba a Dios.

Repitió, con Bacon, que la sapiencia es potencia y se concentró en estudiar a inquisidores, carceleros, verdugos, enfermeros de manicomios y médicos de hospitales. Una enmascarada devoción lo llevó hacia ellos, como hacia la revolución que el proletariado haría, con inobjetable derecho dictatorial a la sangre y la violencia.

Él mismo soñó con escribir libros que fueran -oh manes surrealistas- bellos y explosivos, tracas y bombas al mismo tiempo. Pensar, para Foucault, es una tarea impersonal del lenguaje, autónomo y organizador de la escritura, experiencia de Nadie.

¿Para qué firmar los libros, entonces? ¿Con qué lógica responsabilizar al Poder de los males de la historia si no hay responsabilidad en el escritor, supuesto e inexistente? Ciertamente, la verdad no existe, sino discursos verosímiles que cada época hace funcionar como verdaderos y el tiempo reduce e meras opiniones. Lo sabemos desde Hegel.

Pero, ¿es un mero producto de fuerzas, como quiere Nietzsche, en un paisaje de la historia como guerra, según lo diseña Carl Schmitt? ¿Sólo establece la verosimilitud quien gana la batalla? Hay que reírse del origen, ese disparate ridículo, aconseja Foucault siguiendo una vez más a Nietzsche. ¿No advertía que en «su» origen estaba el lenguaje, acaso también disparatado y ridículo? ¿Y que su proclamada muerte del hombre daba paso a la llegada del Ultrahombre, Superhombre, el más-allá-de-lo-humano, el Übermensch?

Mallarmé, antes que Foucault, postuló la autonomía de la literatura, intransitiva, ocupada sólo de sí misma. Advirtió que no existía una Lengua Central que la alimentase. Fuera de ella, fatalmente, quedaba la lengua babélica y su activador, quien lee. Nos libera de la filosofía, porque siempre es subversiva, sostiene Foucault, mas, como siempre la ley abre las fisuras de lo ilegal, la subversión acaba siendo instituida y el Estado le otorga un capítulo de sus presupuestos.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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