
Filólogo de aquella manera, músico a medias, desordenado lector de filosofía, apasionado de sus gustos y disgustos, enemigo de todo sistema, Nietzsche se mete en diversos campos de la producción cultural sin ser profesional en ninguno de ellos.
Si no fuera otra cosa, serviría para marcar los contornos de un posible retrato del intelectual contemporáneo como residuo de una cultura organizada durante siglos, de modo que esa posición residual se convierta en una manera de saber, en una episteme.
Nietzsche, por si fuera poco lo anterior, vindicó el malestar psíquico, la locura, como una vía de acceso a los saberes.
Con ello, atacó el racionalismo ilustrado y positivista pero clamando por una Nueva Ilustración.
Sin apenas citarlo, Freud se permitió incidir en esa veta «enfermiza » y lúcida de la condición humana que consiste en seguir una lógica al margen de las costumbres y rutinas de la razón.
Este caleidoscopio del conocimiento hace de Nietzsche una suerte de sismógrafo del pensamiento contemporáneo. Allí donde las capas tectónicas se desplazan y las superficies se agrietan, asoman sus impulsivos mostachos.
Lo reclaman los totalitarios del nazismo y los libertarios de la acracia; los fundadores de nuevas religiones y los adversarios de todas las iglesias; los pensadores del arte y los estetas del pensamiento; los amantes del origen y los devotos del futuro; los cuestionadores del humanismo y los seguidores del Superhombre; etcétera.
Cien años sobran para instalar una historia. Y esto es lo que ha ocurrido con el habitante de Sils Maria: la historia lo ha hecho suyo, como a todos los hombres. De tal modo, la historia se convierte en el destino del pensamiento. El escritor se libera de sus fantasmas, obsesiones y complacencias, a la vez que el tiempo enajena su patrimonio y lo vuelve propiedad pública.
Nietzsche se dispersa en diversas identidades, todas válidas e inconcluyentes, como los Hijos del Tiempo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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