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Ortega y "Revista de Occidente". Entrevista con Ignacio Sánchez Cámara

revistadeoccidenteIgnacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho además de un conocido columnista. Entre sus libros, figuran La teoría de la minoría selecta en el pensamiento de Ortega y Gasset (1986), Derecho y lenguaje: La filosofía de Wittgenstein y la teoría jurídica de Hart (1996) y De la rebelión a la degradación de las masas (2003). Secretario de redacción de Revista de Occidente (2001–2002) y director del Centro de Estudios Orteguianos (2002), Sánchez Cámara es el interlocutor idóneo para hablar de Ortega y Gasset y la revista por él creada.

Existe la tentación de ubicar los contenidos de Revista de Occidente en el campo de las letras. Y sin embargo, eso no es lo más acertado.

Cuando se aplica a Revista de Occidente el rótulo revista de humanidades, tengo la impresión de que sólo se alcanza a definir su contenido de un modo parcial. Como es obvio, aludo a esa vieja convención que separa las ciencias de las humanidades, y que se sostuvo tradicionalmente durante un largo tiempo.

Pues bien, la revista no ha caído en ese equívoco en ninguna de sus etapas, y sus páginas nunca se han decantado exclusivamente por las letras.

De hecho, la ciencia y las nuevas tecnologías han encontrado siempre un espacio en esta cabecera, tanto en el periodo durante el cual fue regida por su fundador como en la etapa de dirección de José Ortega Spottorno.

Recuerdo, por ejemplo, el primer número de la segunda época, donde se incluía una colaboración del físico Robert J. Oppenheimer.

¿Siempre ha sido una publicación transdisciplinar?

Eso es algo se ha mantenido en etapas sucesivas de la revista, y desde luego, en lo que a mí concierne, ha de continuar.

Afortunadamente, ya se superó hace tiempo el modelo de oposición entre las ciencias exactas y las humanas. De hecho, incluso el propio Ortega procuró dejar atrás esta vieja querella entre letras y ciencias, tanto en su obra intelectual, publicada también en la revista, como en el Instituto de Humanidades, fundado en Madrid después de la guerra.

Así, por ejemplo, en Misión de la Universidad sostiene que hay que superar los problemas del especialismo (“Es preciso –señala– que el hombre de ciencia deje de ser lo que hoy es con deplorable frecuencia: un bárbaro que sabe mucho de una cosa”) y plantea que “haría de una «Facultad» de Cultura el núcleo de la Universidad y de toda la enseñanza superior”.

En las mismas páginas, indica que “el hombre pertenece consustancialmente a una generación, y toda generación se instala, no en cualquier parte, sino muy precisamente sobre la anterior.

Esto significa que es forzoso vivir a la altura de los tiempos, y muy especialmente a la altura de las ideas del tiempo”.

Construida en esa perspectiva, la propuesta de Ortega integra cinco grandes disciplinas culturales. Dos de ellas tienen carácter científico –la imagen física del mundo (Física) y los temas fundamentales de la vida orgánica (Biología)– y las tres restantes corresponden a las humanidades –el proceso histórico de la especie humana (Historia), la estructura y funcionamiento de la vida social (Sociología) y el plano del Universo (Filosofía)–. En suma, como queda de manifiesto en este ejemplo, Ortega consideraba que la ciencia ha de formar parte de la cultura superior e integral que un hombre debe conocer.

Frente a la importancia intelectual de las ciencias, hay quien recuerda la crisis de las humanidades.

Cuando a juicio de algunas personas la cultura humanística clásica corre peligro de extinción, reiterar los anteriores planteamientos puede parecer un tanto irresponsable. Y sin embargo, no está de más volver a subrayar, junto a la importancia de Shakespeare o Esquilo, cuán relevante es la biología molecular.

Quizá tiempo atrás pudiera sostenerse que quien desconocía la literatura universal era un ignorante, evitando ese apelativo a la hora de calificar a los desconocedores de la matemática. Sin duda, hoy hemos de revisar tan diversa valoración.

En definitiva, el problema de las humanidades también es responsabilidad de quienes las cultivamos.

Así, mientras que la ciencia mantiene ciertos controles de calidad, en las humanidades hemos desdeñado ese tipo de vigilancia –piénsese en el bajo nivel de las tesis doctorales–, y ello ha influido en el escaso respeto con el que muchas personas –las profanas– se fijan en nuestras disciplinas.

De acuerdo con ese diagnóstico, es cierto que debiéramos tener una sensata inquietud por una situación cultural que, en muchos sentidos, no es buena.

No obstante, quizá reivindicando la huella orteguiana, conviene añadir que la alta cultura es algo inevitablemente minoritario. Y, desde luego, ello no debe situarnos en posiciones apocalípticas, pues no creo que las nuevas tecnologías ni esa degradación que pueden provocar los medios audiovisuales entrañen, a la postre, la extinción de la cultura.

En lo que me concierne, evito esa postura extrema, pero soy realista y no me hago demasiadas ilusiones a la hora de valorar las posibilidades de difusión de un proyecto como Revista de Occidente, cuya naturaleza es minoritaria.

De todos modos, no viene al caso resignarse: la difusión de una revista depende muchas veces del esfuerzo de quienes la realizan, que deben lograr que sea clara y contenga materiales de interés general. Con ese entusiasmo, es indudable que aún hay un espacio en la sociedad para este tipo de publicaciones.

¿Qué misión tiene el intelectual en nuestra época?

Aunque mi planteamiento pueda resultar polémico para algunos lectores, sostengo que la misión de la inteligencia palabras grandilocuentes, pero orteguianas también– o, por mejor decir, la misión del intelectual es ver claro.

La transformación de la realidad podrá ser urgentísima, y sin duda lo es, pero es obra de otras personas, y en la medida de lo posible debería ir guiada por esa visión clara que menciono.

De ahí que Revista de Occidente se limite a defender los valores de la alta cultura y la búsqueda de la excelencia.

Naturalmente, es posible que ese propósito alcance luego a transformar la realidad, pero en principio no refleja una intención de influir en la marcha de los acontecimientos. Bien mirado, si el ejercicio crítico supone una suerte de denuncia o enmienda social, conviene insistir en un hecho cierto: la influencia que puedan ejercer las publicaciones de esta naturaleza es, en todo caso, indirecta, y llega a través de su entendimiento de la realidad.

Desde luego, no se puede esperar de Revista de Occidente el mismo tipo de controversia que muchas veces hallamos en los medios audiovisuales e incluso en la prensa escrita. Y entiéndase bien, no recurro aquí a un elitismo mal entendido, sino al hecho de que los grandes temas han de ser tratados en nuestras páginas de una determinada manera. Asimismo, no debemos perder de vista la jerarquía de los asuntos, discriminando lo relevante de todo aquello que no lo es.

¿Cómo se sitúa en el viejo debate entre divulgadores y especialistas?

Es lógico que cuando la divulgación degrada aquello que se pretende transmitir, esa actividad divulgadora tenga “mala prensa”.

Pero planteemos el modelo contrario: es muy de alabar que un gran investigador en oncología pueda explicar a un público culto los últimos avances en la lucha contra el cáncer.

En todo caso, la dificultad estriba en lograr que esa persona competente demuestre a la vez cualidades literarias para difundir sus conocimientos. Y es que ése es, sin lugar a dudas, el par de objetivos que precisa el divulgador: dos cualidades que no siempre se dan juntas y que atañen, por un lado, al rigor y la excelencia, y por otro, al estilo y a la capacidad de expresarse de forma clara y atractiva.

Con ese doble requisito, la idea de una alta divulgación es muy noble, dado que divulgar no significa hacer vulgar, pero sí hacer corriente y, en definitiva, extender el conocimiento.

¿Qué influencia ejerce la tradición en Revista de Occidente?

Mi idea es que, desde el punto de vista intelectual, el peso de la tradición ha sido en gran medida favorable para Revista de Occidente. Esa trayectoria repercute intensamente en lo que podemos llamar el reconocimiento social de nuestra publicación.

Es posible que ese prestigio de la cabecera en los ambientes de la cultura haya sido distinto en cada una de sus épocas.

Acaso sea preciso seguir las palabras que escribió Ortega para presentar el primer número. A su juicio, los imperativos de la revista debían ser la jerarquía y la claridad. Dicho de otro modo, la revista ha de servir para aclarar el panorama cultural y, siguiendo esa misma línea de alta divulgación que vengo defendiendo, cubrir el espacio que no cubren ni el trabajo estrictamente académico ni tampoco los suplementos culturales de la prensa.

Uno de los objetivos que defendemos es la proyección de Revista de Occidente en América Latina. En cierto sentido, es nuestro deseo que, sin dejar de ser una publicación española, sea también iberoamericana.

Hay una serie de contactos que propician ese fin, pues la Fundación Ortega y Gasset tiene sedes en algunos países hispanoamericanos, concretamente en Argentina y Colombia, y también se vincula a México a través del Colegio de México.

De manera que el acercamiento ya está hecho; tan sólo se trata de que el cauce funcione y surjan de él colaboradores y artículos. En este empeño, son substanciales las propuestas de las personas de la Fundación en estos países, e incluso cabe la posibilidad de incorporarlas al Consejo de Redacción.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

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