
Política para Amador. Fernando Savater. Ariel, Barcelona, 1992, 237 páginas
Después de la ética para el amateur, la política. Savater nos tranquiliza: no habrá estética ni metafísica.
Estamos ante un texto didáctico, pero donde la didáctica es un nivel del conocimiento más para el que enseña que para el que aprende («Simplifico y exagero a mansalva », se lee en p. 109).
¿Cómo es el animal político savateriano? Diría que un animal capaz de invertir la zoología del espíritu (la figura ha sido hurtada de Hegel); no querer porque se vive, para satisfacer el apetito, sino vivir porque se quiere, para insatisfacer el deseo.
De ahí, de ese plus o abuso humano del mundo, la cultura. Y la política como el intento más ambicioso de organizar esa cultura, sin perder nunca el plus deseante: la libertad.
En consecuencia, la política es una actividad dramática, en la cual la sociedad debe respetar el derecho de los individuos a excederla, lo que, en esencia, es antisocial.
Por eso, la política no es una fórmula, sino un quehacer, que varía según el estado de las relaciones entre la cultura del deseo y la cultura del orden. La política se alimenta de ideas y aún de ideales (las ideas en su zona extrema, en su límite) pero no de utopías, porque las sociedades utópicas son aquellas donde los sujetos han dejado de desear y viven en zoológica armonía consigo mismos y con los demás.
Este tratadito, me atrevería a decir, es un manifiesto de optimismo, en medio de una moda que más bien tiende a la jeremiada de lujo, que recuerda a esos predicadores del barroco que apostrofaban el placer envueltos en sedas bordadas de oro.
Optimismo porque reivindica el carácter creador del placer, el costado proliferante del deseo, y porque considera que la dicha (y la desdicha) son asuntos privados que no pueden resolver los poderes públicos.
Ni siquiera pueden empeorarlos. Ni, menos aún, mejorarlos. Optimismo porque advierte que ninguna sociedad como las democracias industriales contemporáneas (tan cínicas, ansiosas, competitivas y depredadoras, ellas) ha logrado un estatuto de libertades, o sea de respeto por el deseo, comparable. Lo cual es poco y es enorme.
Ello implica una doble promesa: conservar lo adquirido y ampliar lo adquirible. Mejor dicho (pág. 230): «Me llevo muy bien con lo que es la vida pero no con la vida como es».
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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