
En los comienzos de la modernidad (fines del XIII y comienzos del XIV) llega a octogenario el mallorquín Ramón Llull, que se convirtió al aparecérsele el Cristo mientras escribía un poema de amor a una mujer que no era la suya.
Viajero por Europa y África, escritor trilingüe (en latín, árabe y catalán), traductor (como su contemporáneo Alfonso el Sabio), perteneció a ese complejo mundo del neoaristotelismo mezclado de sabiduría hermética y cortes de amor, del mundo provenzal–catalán cuyo centro institucional era Montpellier, pero que se extendía hasta Túnez pasando por las Baleares.
Por todo esto, Llull se nos aparece moderno. En él están los dramas intelectuales que mueven a los siglos posteriores: la controversia entre la autoridad y las necesidades de la razón; la fe como la impotencia del entendimiento, ante el cual debe renunciar; la iluminación como acceso al saber «por la forma y la manera»; el protagonismo del arte en el mundo de la sabiduría, porque el arte es don divino y su presencia prueba la aprobación de Dios a la obra. Llull prefería realizar su obra a ganar la vida eterna, o sea que prefería este mundoal otro, si se planteaba la opción extrema. Pero también conoció los límites en que la visión es razón y locura.
Ambas, el extravío y la cordura, son caminos del conocimiento. Quizá su metáfora mayor es la que lo sitúa en la línea de Aristóteles y San Francisco, junto al Aquinate: un sistema teocéntrico que sostiene la unidad del saber, síntesis de amor y conocimiento, de razón y fe.
Un mundo ordenado y jerárquico que puede ser explorado y dominado por la labor humana, el mundo concebido largamente por la modernidad, entre Cusa y Hegel, por ejemplo.
Un deslinde frente a los averroístas y agustinianos, con su perspectiva agónica del mundo dividido entre razón y fe, y su intento de dotar a la razón de autonomía frente a la revelación, de convertirla en especulación pura, autofundada.
A los 74 años, Llull fue metido en chirona por un obispo que no aceptó sus razonamientos «progresistas» sobre el carácter difusivo de la bondad, que explicaba por qué Dios había inventado o dejado inventar la historia, donde el bien se amplía y el mundo se mejora. Otro drama de la modernidad.
La obra de Llull es extensa, compleja y sembrada de oscuridades.
El lector no especializado puede perderse fácilmente en ella (salvo, quizás, en sus relatos alegóricos) y abandonarla en plena fatiga. Libros de introducción como el presente, a cargo de estudiosos (Bonner es uno de los editores de Llull) nos permiten llegar rápidamente hasta un mallorquín muy lejano y muy próximo, más moderno que tantos paisanos monolingües suyos, más europeo y más curioso del vario universo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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