
Dejó dicho Prosper Mérimée: «Hay un fantasma ante el cual huyo: soy yo mismo».
Comentario diferido y tal vez involuntario es el de André Gide: «No te busques a ti mismo. Corres el riesgo de encontrarte».
La norma que se esconde en estas palabras manda eludirse.
¿Adonde va a parar, entonces, el clásico apotegma de la búsqueda del sí mismo? Una respuesta posible es que no convergen, ni siquiera en cada ser humano, el ser y el devenir.
Llegar a ser lo que cada uno es podría plantearse como paradójica conciliación pues, en efecto, si cada uno es lo que es, ¿cómo va a devenirlo, a ser otro? ¿No será que siempre ser es ser otro, es estar por llegar a ser, no ser nunca del todo y, por lo mismo, ser es devenir?
Queda en pie la asociación que, con diversa retórica, Mérimée y Gide hacen entre el sí mismo y el peligro.
Podríamos formularla como la peligrosa mismidad. Los dos escritores han visto el riesgo de hacer coincidir de manera estática el ser y el devenir en lo que solemos denominar identidad. La fijeza mata lo que la vida tiene de vivo, valga la redundancia: cambiar para permanecer. Si alguien llega a ser plenamente quien es, aunque parezca un contrasentido, es que deja de ser.
Ya sabemos que el contrasentido en la dinámica que hace posible los significados, el movimiento semántico de la palabra viva.
Cuidado con el fantasma que eres tú mismo. Es tu fantasma favorito pero si lo encarnas te convertirá en un monumento.
Tu carne, trémula y mortal, se hará de piedra perdurable pero no vivirás en ella porque será entonces ella quien viva, fuera del tiempo, en ti mismo. ¿Quién será entonces ese sí mismo?
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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