
En el moral, como en otros terrenos, la discrepancia entre los partidarios de la apuesta gnóstica o junguiana y los no partidarios –Piaget, Benjamin...– ha sido más que notable.
Los autores más críticos con Carl Gustav Jung apuntan un cierto relativismo moral en su visión de la conciencia, arraigada firmemente en los arquetipos. Jung opina a este respecto que las regiones donde habitan el bien y el mal son lo suficientemente sombrías como para no poder distinguirlas meridianamente; sólo desde la abstracción podemos plantear aproximaciones. Según Jung, en la conciencia moral operan dos elementos: un impulso a obrar no consciente y un juicio del sentimiento racional. El arquetipo actúa como patrón de conducta sobre esta conciencia, pero sólo en el Sí-mismo alcanza el hombre su dimensión ética.
Autores como Piaget no dudan en considerar el pensamiento simbólico como prelógico, viendo en los símbolos generales de Jung el desenlace de un proceso común de asimilación simbólica durante la infancia.
De cualquier modo, si se acepta alguno de sus posicionamientos más polémicos, lo cierto es que Jung salva cualquier posible reduccionismo moral apelando a la fuerza del inconsciente colectivo, aceptando la unidad del psiquismo humano. El autor suizo propone una ética en la que, cuando no existen normas establecidas, prime la espontaneidad personal y rechaza una ética represora que forme un muro ante los arquetipos; Jung sugiere un desarrollo de los sentimientos morales naturales. La senda hacia la totalidad incluye la aceptación de la sombra, jamás la huida de ella; antes bien, Jung advierte que es importante conocer en su esencia una cualidad posesiva.
Si el hombre reconoce este grado de servidumbre para con los impulsos del arquetipo, el símbolo le permite, en cierta medida, comprender sus contenidos. Precisamente vislumbrar alguno de los símbolos en que se traducen los arquetipos es la disculpa que, en el presente trabajo, permite anotar algunos apuntes éticos sobre varias facetas del pensamiento heterodoxo en Occidente.
Los arquetipos que estructuran el inconsciente colectivo crean en la marea del simbolismo onírico mitos que, al correr del tiempo, habrán de sedimentar sus esencias en religiones y filosofías de diversa índole. Pero la fuerza del arquetipo no alcanza sólo la esfera del sentimiento y el pensamiento, también, por extensión, penetra el comportamiento humano; el hombre mantiene un vínculo con la especie por obra del inconsciente, y de la naturaleza de este vinculo –disposición del yo– dependerá, pues, el resultado de la acción del arquetipo, ya sobre el individuo, ya sobre el entorno social.
Para Jung, el hombre sólo es verdadero hombre cuando la conciencia personal, sometida de continuo al vendaval del inconsciente, le permite situarse resueltamente en el mundo, asumiendo los aportes del inconsciente como tal hombre.
Aunque el proceso de autorrealización se desarrolla en el mundo interior, no siendo lo social definitivo en esta evolución, Jung vincula estrechamente en su teoría al hombre con los otros hombres a través de dos canales: el ya mencionado inconsciente colectivo y la conciencia colectiva o social. El proceso de individuación será tanto más completo en la medida en que el hombre asuma los contenidos arquetípicos de su dimensión inconsciente.
Desde un punto de vista puramente teórico, el concepto arquetípico ha prendido con fuerza no ya entre los sociólogos, los psicólogos o los historiadores de las religiones –ahí tenemos teorías tan sugestivas como la del holograma social o tan discutibles como la de los campos morfogenéticos, siempre más o menos enriquecidas por aportes junguianos–, sino entre las capas menos especializadas de la sociedad, para las cuales es bastante habitual el empleo del sustantivo “arquetipo” en su acepción de modelo ejemplar, al trasluz de una idea sólo sugerida de realidad suprahumana, atemporal, capaz de acumular determinadas esencias humanas.
Cuando en ámbitos no especializados se habla, por ejemplo, del “alemán arquetípico”, se da una idea de orden y rígida estructura social, pero también –y ahí reside la impregnación junguiana– se conjuga un sistema de valores entre los que resuenan todavía las voces de los Viejos Dioses.
Esta popularidad conlleva una contrapartida, y ésta no es otra que el nefasto uso que de las teorías de Jung se ha hecho, ora vulgarizando hasta extremos lamentables, ora malinterpretando a placer sus conclusiones. No resulta extraño que todavía algunos autores vean en Jung a un místico de filiaciones nacional-socialistas.
La vinculación del pensamiento junguiano con el ciclo histórico es un hecho bastante evidente. A este respecto señala una de sus colaboradoras más directas, Aniela Jaffé, que “el método de investigación de Jung era principalmente histórico. Consistía, en esencia, en comparar sus ideas e intuiciones y los esclarecimientos que había logrado del material empírico proporcionado por sus pacientes, con la evidencia histórica. Este método le permitía ver sus propias experiencias psíquicas y descubrimientos psicológicos en forma objetiva y establecer su validez general”.
No debe extrañar tampoco la simpatía del psicoanalista suizo por el pensamiento heterodoxo.
Alquimistas, místicos y visionarios diversos tuvieron una influencia de primera magnitud en los postulados junguianos. El propio autor no oculta esta circunstancia; él mismo introduce, por poner un ejemplo, su tipología humana partiendo de aquella establecida por los gnósticos: “la filosofía gnóstica establece tres tipos que acaso correspondan a las tres funciones fundamentales psicológicas del pensar, el sentir y el percibir. Al pensar correspondería el pneumático, al sentir el psíquico y al percibir el hílico”.
Pero, antes de avanzar más en algunas de las vertientes de su pensamiento, resulta de interés conocer un poco más de su personalidad. Dinamismo, intuición y apasionamiento son los tres caminos de conocimiento que llevaron a aquel joven que se atrevió a contradecir al maestro Freud a conocer su Sí-mismo, superando su propio laberinto y, de paso, estableciendo una nueva perspectiva de estudio para las ciencias del hombre, no por superable en algún aspecto, menos valiosa.
Un buen testimonio sobre la madurez del sabio es el que nos brinda el rumano Mircea Eliade, que conociera a Jung en el transcurso del ciclo de conferencias Eranos de Ascona: “Después de media hora de conversación, me parecía que estaba escuchando a un sabio chino o a un viejo aldeano de Europa oriental, todavía enraizado en la tierra madre, pero ya muy cerca del cielo”.
Jung es ya un anciano venerable en tanto que el historiador de las religiones está en el mediodía de su vida. Para Eliade, pese a alguna de sus críticas posteriores, Jung es una fuente inagotable de referencias.
Por cierto, una de las anécdotas que anota en su diario es bien ilustrativa respecto al carácter del psicoanalista suizo: “Veo hoy a Jung, instalado en una hamaca de la terraza, escuchando la conferencia de Scholem. Para un anciano de setenta y cinco años, tiene un aspecto excelente. Me entero por madame Corbin de ciertos rumores que corren sobre el gran hombre. (...) Jung decía a Corbin que estaba desolado por la existencia real de los platillos volantes. Había creído siempre en la importancia simbólica de lo redondo y del círculo; ahora que el círculo parece realizarse efectivamente, ya no le interesa. Le parecía infinitamente más real en los sueños y en los mitos”.
¿Alcanzó realmente Jung la armonía en el ocaso de su existencia? Desde luego, esa era una de sus metas y los que le conocieron señalan que lo logró...
Alcanzar el Sí-mismo, culminar de manera satisfactoria el proceso de individuación, es en el pensamiento junguiano una decisión moral. Una suerte de armonización de contrarios se produce en esta experiencia, que posee carácter de sacrificio –el Yo ya no es centro absoluto y autónomo de la personalidad, el Sí-mismo se doblega a la existencia terrenal–; conjunción de símbolos religiosos que transforman y apoyan la naciente personalidad.
Durante el proceso de individuación ha de integrarse asimismo el anima, capacidad de amar que se encarna en el Hombre-Mujer primero.
Jung recoge con este supuesto la llama de cierto pensamiento gnóstico. La superación del antiguo dualismo maniqueísta habrá de llegar –según la doctrina de los hijos de Zoroastro– cuando nazca el Andrógino Divino, encarnación de todos los pares de opuestos, horizonte de la Alquimia, Cristo gnóstico, esencia de los ángeles que columbró Swedenborg en sus obras y síntesis de contrarios espirituales que inspiró a Jung su idea del anima y el animus.
En síntesis, el objetivo es Sofía, como el faro emergente en el oleaje del inconsciente colectivo, aquella “serie de estructuras que preceden a la psique individual, y de las cuales no podemos decir que han sido olvidadas por cuanto no han sido constituidas por experiencias individuales”.
El laberinto defiende mágicamente el centro del Sí-mismo. El segundo nacimiento despoja al caminante de su corazón instintivo. Descubre los arquetipos de su herencia, la esencia del mundo. Como dice Eliade: “El mundo de los arquetipos de Jung se asemeja al mundo de las ideas platónicas: los arquetipos son impersonales y no participan del Tiempo histórico del individuo, sino del Tiempo del espacio, esto es, de la Vida orgánica”.
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